Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 9, 7 de agosto de 2002. Málaga

Una mañana en la Real Academia


Victoriano Colodrón Denis
 
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La Real Academia Española resplandece, inmaculada, reluciente de puro limpia: los entarimados y los pisos de mármol, los cuadros y los tapices, los zócalos de madera, las butacas del salón de actos, las mesas y las vitrinas de la biblioteca, la alfombra de la escalera principal, tan mullida que impresiona... La Academia no sé si “limpia, fija y da esplendor”, pero desde luego todo en ella luce esplendoroso y brilla de pulcritud.

Visité la Real Academia de la lengua hace unas semanas, invitado por dos buenos amigos que trabajan allí, y una de las cosas que más me llamaron la atención fue lo impoluto y bien cuidado que se veía todo. Habrá a quienes éste les parezca un comentario irrelevante o trivial. No lo es, en mi opinión. Parece que la Academia ha dispuesto en los últimos años de recursos acrecentados, que le han permitido remozar y mejorar sus instalaciones (con muy buenos resultados, según lo que yo pude ver). Pero el mantenimiento diligente y esmerado de un edificio no es siempre un mero reflejo de la abundancia del dinero con que se cuenta para atenderlo, sino que resulta, en muchas ocasiones, un signo claro de buena gestión de la institución que lo ocupa.

En nuestro recorrido por el caserón de la calle de Felipe IV, lo primero que nos mostraron fue el gran salón de actos donde se celebran las ceremonias de toma de posesión de los académicos. Todo allí, tan en orden y lustroso, parecía dispuesto para una inminente celebración de ese tipo. Tan sólo un detalle desmentía la colocación armónica y aun simétrica de la estancia: el retrato de Cervantes de la pared del fondo, tras la mesa presidencial, estaba un poco inclinado. “Siempre que se limpia esta sala, se descoloca el cuadro”, nos contaron.

¿Un gesto de disconformidad irónica y discreta de Cervantes hacia el solemne escenario, el buen orden académico o el personaje del retrato que cuelga de la misma pared, encima del suyo (el rey Felipe V, creador de la Academia)? El hecho, en cualquier caso, dicen que ofrece motivo de pugna bienhumorada a los académicos Luis María Anson y Juan Luis Cebrián cada vez que asisten a la toma de posesión de un compañero: ¿se tuerce el cuadro más veces hacia la izquierda o hacia la derecha? Para zanjar la cuestión, han elaborado la teoría de que el sentido de la inclinación no es casual, sino que tiene un significado preciso: si el académico electo es de derechas, los responsables del mantenimiento de la Academia, buscando una especie de compensación, inclinan el cuadro hacia la izquierda, y viceversa.

Después de visitar la biblioteca general y la de Rodríguez Moñino, donde reinaban, como en el resto del edificio, silencio y pulcritud, accedimos al sanctasanctórum de la casa: la sala donde se celebran las sesiones plenarias de los jueves, en las que se decide la incorporación al diccionario de nuevas voces y acepciones. En ella, una enorme lámpara fantástica de múltiples brazos y luces cubre casi por completo la gran mesa ovalada central. “Esto me recuerda siempre a la sala de mandos del Nautilus”, dijo uno de mis amigos, y es verdad que hay allí algo del ambiente submarino de los gabinetes de estudio y lectura del siglo diecinueve.

Vimos luego las dependencias informáticas, y atendimos a las explicaciones sobre algunos de los proyectos tecnológicos en curso, entre ellos la versión electrónica de la última edición del DRAE y el desarrollo de un programa para la redacción de diccionarios. Del cuarto de máquinas, que alberga los ordenadores centrales de la Academia, pasamos sin apenas solución de continuidad al que sigue siendo su auténtico núcleo: el fichero que recoge en sus cerca de 35.000 cajetines, dispuestos en varias habitaciones, la memoria léxica de la corporación. Es muy difícil estar en otro lugar en el que, como aquí, uno perciba tal condensación de historia, de información y, por qué no, de saber.

Mi mañana en la Real Academia, densa de sugerencias y enseñanzas, me hizo reflexionar sobre el gran esfuerzo de modernización que ha realizado esta institución en los últimos años y sobre las críticas y acusaciones que con tanta frecuencia se vierten contra ella. Tratándose de una entidad de tanta relevancia cultural, es lógico y deseable un grado de exigencia elevado. A la Academia se la criticará siempre, pero no es razonable que, cuando no haga, se la critique por no hacer; y cuando haga, por hacer, o por hacer así y no asá, por hacer en colaboración con unos y no con otros, por hacer ahora y no haber hecho antes o no haber dejado de hacer para otro momento... Y es que muchas de las críticas que se le dirigen –lo de menos es su grado de tino o desacierto- parecen provenir más de la inquina que algunos sienten, diríase que de manera irreprimible, hacia la Academia (o quizá hacia todo organismo oficial, preferiblemente si es emblemático en su sector), que de un legítimo propósito de análisis, indagación o esclarecimiento de la verdad.

Cegados por su furor antiacadémico –que lejos de constituir una gala intelectual de la que enorgullecerse, a veces puede resultar tan dañino como el furor purista o academicista-, algunos críticos no quieren reconocer las innegables mejoras y avances que se han producido en la Academia en los últimos años. Las silencian y hasta las desprecian sin más consideración, como cosa de poca monta y mérito dudoso o desdeñable. Son actitudes que en no pocos casos se sustentan en una enmarañada base de prejuicios, desinformación y mixtificaciones...

En mi opinión, basta visitar la página en Internet de la RAE para apreciar el esfuerzo realizado y conocer algunos de sus frutos, que se cuentan como otros tantos servicios a la comunidad de los hispanohablantes y de los interesados por el español: el diccionario, claro, pero también el Nuevo Tesoro Lexicográfico, la ortografía, el incipiente repertorio de dudas, el servicio de consultas lexicográficas, el sistema de conjugación verbal, los corpus lingüísticos... Ahora bien, constatar esos logros no significa renunciar a valorarlos con precisión, para descubrir tal vez, en algunos casos, errores o defectos de mayor o menor alcance y gravedad (un buen ejemplo de ello lo dio hace unos meses Álex Grijelmo, con su agudo análisis de la última edición del DRAE, en el que le formulaba una acusación radical y no poco preocupante: la de no tener ningún criterio [1]. Por cierto, ante el calado de esa imputación, ¿no habría debido responder a ella, por escrito y con detalle, el director de la Academia?).

Pero dejando a un lado resultados y deficiencias específicas, pueden apuntarse otros logros y problemas de la Real Academia más genéricos pero no menos importantes. Entre los segundos, hay uno que se deriva de una confusión intrínseca a la condición de académico: quien la obtiene, recibe al mismo tiempo un nombramiento -es decir, una encomienda, una responsabilidad- y una distinción honorífica. La elección no sólo premia y distingue, también obliga... Y tal vez sería bueno que hiciera sólo una de esas cosas, no las dos. Que la elección de alguien como académico, todo lo honrosa y dignificante que fuera, supusiera nada más que su designación para la tarea de contribuir al desarrollo de los trabajos de la Academia. Porque para premiar o reconocer oficialmente los méritos en el campo de las letras o la cultura en general, hay ya muchas opciones distintas, y nunca faltarán imaginativos gestores que vayan inventando otras nuevas, en lo que ellos creerán trascendentes ejercicios de alta política cultural...

Tal vez de esa manera podría reducirse la heterogeneidad esencial de los miembros de la Academia (donde conviven lingüistas y filólogos con poetas y novelistas de éxito (¡?) y profesionales de sectores variopintos: médicos, militares, ingenieros...) y se ganaría en eficacia y rigor. Aunque es verdad que para alcanzar esas cualidades no bastaría esta reforma, sino que harían falta además medidas de otro tipo.

(Por cierto, ¿no resultan enternecedoras las declaraciones de quienes, sin noción alguna de lingüística y a veces sin destacar ni mucho ni poco en el conocimiento o el manejo del idioma, resultan agraciados con el premio de ser elegidos como académicos? Honrados por la distinción, se confiesan todos ignorantes de cuál podrá ser a partir de entonces su aportación a la Academia, y manifiestan su firme intención de poner todo su empeño en aplicarse con humilde constancia (pausa) a la que prevén será su principal actividad académica, por la que no dejan de declararse muy (pero que muy) ilusionados: no perderse ni una sola de las reuniones plenarias de los jueves, con el fin de... aprender).

Otro punto débil de la Academia, que, como el anterior, suele ofrecer motivo para su descrédito y su cuestionamiento, es el hecho de que sea una institución española, con sede en España, la que se quiere centro rector de un idioma cuyos hablantes son americanos en una proporción de 9 a 1. ¿Es lógico esperar que los hispanohablantes de América acepten esa pretensión? Si la principal misión de la Academia en la actualidad, más allá de su famoso lema original, es la de trabajar en pro de la unidad idiomática, según han declarado en repetidas ocasiones Lázaro Carreter y García de la Concha, ¿cómo se puede cumplir esa misión desde España?

Para ello, no puede bastar -aunque sin duda es imprescindible- que la Real Academia Española se “americanice”, adquiriendo plena conciencia del carácter eminentemente americano del español y traduciendo en hechos esa conciencia. Hay quienes hablan incluso de la necesidad de crear un nuevo organismo, un gran Instituto de la lengua de carácter panhispánico, pero la respuesta más realista puede que se encuentre en la cooperación. El cauce existe y ha dado ya resultados importantes, pero tal vez habría que impulsarlo y darle más protagonismo. Me refiero, claro, a la asociación de Academias del español, con su comisión permanente y sus mecanismos para el desarrollo de proyectos conjuntos, como las últimas ediciones de la ortografía y del diccionario (en el que destaca la incorporación de miles de americanismos [2]).

Ahora bien, las iniciativas de cooperación requieren, de todos los que participan en ellas, dos comportamientos básicos: ceder y aportar. En el primero tal vez tenga la Academia española una gran asignatura pendiente, y respecto al segundo, supongo que otras muchas Academias deberán ganar en solidez, en capacidad de acción, en eficacia, para asumir su responsabilidad de contribuir plenamente al trabajo cooperativo, aunque parezca inevitable que en proyectos de colaboración multinacional los países con más recursos sean los que tiren del carro...

Hace unas semanas visité la Real Academia. Aquella mañana vi una casa aseada y silenciosa, decorada con un buen gusto impecable y en perfecto orden, y habitada por un silencio fértil y laborioso, poblado de palabras. Silencio y pulcritud. Me parecieron buenas condiciones para el trabajo, la memoria y el diálogo de la lengua.

 


Notas

[1] Grijelmo, Álex, “Un diccionario más rico y más pobre”, en El País, 1 de mayo de 2002.

[2] Entre ellos, achicopalarse y engentarse, términos cuya ausencia del diccionario académico señalaba hace unos años el citado Álex Grijelmo en su Defensa apasionada del idioma español, en un texto que se ha reproducido recientemente en La página del idioma español de Ricardo Soca (http://www.el-castellano.org/grijel07.html). Según el DRAE, achicopalar significa en El Salvador, Honduras y México, achicarse, acobardarse, y engentar, que puede usarse en forma pronominal, es un mexicanismo que significa, ‘dicho del movimiento de la gente en una ciudad grande: Causar aturdimiento’.

 
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