Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 8, 15 de junio de 2002. Majadahonda (Madrid)

Lengua y periodismo

(en la presentación del Libro de Estilo de El País)


Victoriano Colodrón Denis
 
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“Está con nosotros uno de los más importantes periodistas en lengua española, que además es novelista: Mario Vargas Llosa”. Así se refirió Juan Cruz al gran escritor en el acto de presentación de la nueva edición del Libro de estilo del diario El País, que tuvo lugar el domingo pasado en Madrid, en la Feria del Libro del Retiro.

Acompañaban a Vargas Llosa el director de El País, Jesús Ceberio, y dos de los autores del Libro de estilo, la filóloga Clara Lázaro y el periodista Álex Grijelmo. Sobre la mesa, de pie ante cada uno de los micrófonos, mostraban su tapa al público otros tantos ejemplares de la obra presentada: un auténtico “mamotreto” –así la llamó Juan Cruz- de casi setecientas páginas. Desde mi asiento en el patio de butacas, me pareció que la visión de la atractiva ilustración de cubierta del libro (una hilera compacta de afilados lápices de colores) quedaba afeada por la de los vasos de cartón de cocacola, dispuestos allí para los ponentes.

El Libro de estilo, dijo Grijelmo en su primera intervención, es como la Constitución de un periódico. Incluye normas éticas y profesionales, y también lingüísticas, pero éstas no deben confundirse con una gramática ni con un diccionario: se trata de normas de estilo, es decir, de la elección de determinadas palabras u opciones entre las varias posibles en cada caso. Luego, para ilustrar los cambios y rectificaciones que en cada edición de esta obra se han ido realizando, el periodista contó que al principio el Libro establecía la obligación de escribir las horas con números, a la manera anglosajona, y no con palabras: “las 13 horas”, y no “la una”. En una ocasión, Joaquín Vidal, el gran cronista taurino de El País, tituló uno de sus artículos “Una gran faena a las cinco de la tarde”. Cuando el corrector devolvió el texto, lo había encabezado así: “Una gran faena a las 17 horas”. Hubo que cambiar la regla.

Vargas Llosa alabó la claridad y la sencillez del Libro de estilo, pero pronto se centró en el análisis de lo que llamó una “contradicción secreta” en el título de la obra: y es que el estilo, aseguró, es lo más personal que existe, y surge en la medida en que una voz se aparta de la norma. Por eso, la sola idea de un libro de estilo institucional puede resultar chocante, y desde luego choca con la tendencia a que cada periodista tenga su estilo propio.

“El gran periodista es aquel que renuncia a tener un estilo”, continuó diciendo el escritor, y yo pensé que tal vez incurría él mismo en una contradicción con lo que acababa de defender, “el que renuncia a tener una presencia visible, para desaparecer detrás de una información o de un comentario. Cuando yo escribo novela o ensayo literario, procuro tener un estilo, una voz que se singularice dentro del riquísimo contexto del español, pero mi actitud hacia el lenguaje es distinta cuando escribo un texto periodístico: en ese caso se trata de desaparecer detrás de aquello que uno quiere decir”.

Ahí reside –apuntó Vargas Llosa- una diferencia sustancial entre la literatura y el periodismo: en ambos el lenguaje es esencial, pero en la literatura puede ser creado y recreado, operación que está vedada a un periodista, ya que un periódico no es escenario adecuado para ese tipo de exhibicionismo que la literatura sí permite y estimula.

Álex Grijelmo le dio la réplica: la gramática y las normas de estilo, dijo, no son corsés que atenazan a los periodistas en su trabajo diario, como afirman muchos de ellos. Ningún músico diría que el solfeo es un corsé que merma su libertad. La gramática es como ese solfeo, y con él se pueden componer boleros, canciones protesta o marchas militares. De la misma manera que el músico tiene que cumplir las leyes del solfeo, un periodista debe respetar las normas gramaticales para no desafinar. Luego, dentro de un estilo o un género dado, cada periodista puede ser diferente: Joaquín Vidal cumplía siempre las reglas del Libro de estilo y era un grandísimo escritor. A lo que ayuda el Libro es a que los estilos personales no desafinen del conjunto del periódico y a que no sean malos (quizá no tanto a que sean buenos). En otro momento de la tarde, el autor de Defensa apasionada del idioma español aseguró que sólo se puede ser transgresor cuando se conoce la norma que se vulnera; si uno se salta una norma sin saber que existe, no es un transgresor, sino un ignorante.

No había una sola silla vacía en la gran carpa de actos culturales de la Feria, esa tarde calurosa de junio. El aire acondicionado hacía ondular el techo de tela blanca de la jaima, y su rumor acallaba los ruidos de fuera: el gentío que avanzaba a duras penas de caseta en caseta, las risas y los gritos de los niños (¡Papá, cómprame éste!, ¡Yo quiero un polo!), los altavoces con su interminable retahíla de nombres de escritores -Antonio Gala, Boris Izaguirre...- que firmaban sus obras en ese momento.

A una pregunta de Juan Cruz, Clara Lázaro abogó por la elaboración de un libro de estilo del periodismo en lengua española, un manual de mínimos que podría coexistir con los libros de estilo propios de cada periódico. Una obra, no dudó en asegurar, que resultaría de gran utilidad para la unidad del español. Aludía así a un viejo proyecto: ella misma lo planteó en el Congreso de la Lengua del año 92, en Sevilla, y cinco años después, en Zacatecas, en el primer Congreso Internacional de la Lengua Española, la idea pareció tomar cuerpo e impulso, pero nunca más se supo, y en Valladolid, el año pasado, nadie parecía acordarse del proyecto.

¿Qué opinaba de esa propuesta Vargas Llosa, en su condición de académico de la lengua? Que una obra así sería sin duda útil, como marco que aceptara las variantes del español, que tanto lo enriquecen. “Gracias a la globalización de las comunicaciones”, añadió, “el denominador común del español se ha fortalecido muchísimo, de tal manera que hoy día nadie puede pensar seriamente en el riesgo de una fragmentación del idioma, algo que hace cuarenta o cincuenta años era un temor justificado en el mundo del español”.

En el último turno de palabra, Álex Grijelmo explicó que uno de los valores del Libro de estilo es su invitación a rectificar cuando se comete un error. En muchos periódicos, por el contrario, existe el vicio de no enmendar los fallos. Hace muchos años, llegó un lector a la redacción de La Voz de Castilla, el diario de Burgos en el que Grijelmo empezó a trabajar: “Oigan, que en la lista de fallecidos del periódico de hoy, aparezco yo. Imagínense las molestias, las llamadas a mi familia, el susto que se pueden llevar quienes me vean por la calle...”. En el diario le tranquilizaron: “No se preocupe usted, que mañana mismo publicamos una rectificación”. Pero el lector volvió al día siguiente para recordar su caso, porque no había encontrado la corrección prometida. “¿Cómo que no hemos rectificado? Mire usted, mire usted aquí: Natalicios”.

En toda conversación, en cualquier intercambio de palabras –pensaba yo mientras atravesaba el Retiro, de vuelta a casa-, no participan sólo quienes hablan y escuchan, sino también aquellos, ausentes, a los que se menciona. Pronunciar sus nombres equivale a invocarlos o convocarlos, a procurarles una forma de presencia, todo lo espuria o virtual que se quiera, pero innegable. Así, en la mesa redonda, además de los invitados, habían participado igualmente, aunque de otra manera, Joaquín Vidal, Azorín y Ortega y Gasset. “Debería ser un modelo para todos los que escribimos en los periódicos”, había dicho de éste Vargas Llosa: “comentar la actualidad y escribir con la urgencia y la inmediatez que exige la prensa, no le impidió ser riguroso e incluso profundo, ni tener un idioma rico, original y creador”.

Pero la “ausencia presente”, o la “presencia ausente”, que más me había emocionado había sido la de Carmen Martín Gaite: como el pabellón de actos culturales de la Feria lleva su nombre, un pequeño retrato suyo había presidido con discreción el discreto y ameno coloquio de esa tarde en torno a la lengua, el periodismo y la literatura. Por eso me gustó pensar que el acto se había celebrado a la sombra amiga de la autora de ese libro imprescindible, El cuento de nunca acabar, con el que yo me había encontrado por primera vez en la misma Feria del Libro, en aquella primera edición de la exquisita editorial Trieste, otra tarde de junio de hacía casi veinte años.

 

 
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