Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 7, 18 de mayo de 2002. Majadahonda (Madrid)

São Paulo: un libro y un viaje

(la lengua española en Brasil)


Victoriano Colodrón Denis
 
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Vuelvo de São Paulo y sigo en São Paulo. Hace ya unos días que regresé de São Paulo, pero todavía no he salido de São Paulo. ¿Cómo es posible? No hay misterio: la novela que empecé a leer en el viaje de vuelta, y que terminé ayer, está ambientada en la misma ciudad. Su lectura ha estado reforzando y prolongando durante toda la semana la impresión que me causó esa metrópoli impresionante, el mayor laberinto urbano de Brasil, una aglomeración humana de dimensiones y densidad incomprensibles, como aquejada de una elefantiasis que una imaginación normal nunca habría podido concebir...

¿Se habla español en Brasil? En mi brevísima estancia en São Paulo no he tenido más remedio que hablarlo, pero sólo porque la reunión en la que he participado era de ámbito iberoamericano. La prensa española lleva algún tiempo informando sobre los avatares parlamentarios del proyecto de establecer como obligatoria la enseñanza del español en los colegios brasileños. Y al hacerlo a veces con entusiasmo excesivo, contagiada de la euforia que en torno a nuestro idioma se ha extendido por España en los últimos años, tal vez haya contribuido a que se interprete mal la situación y a que se magnifiquen las expectativas. Hasta el punto de que hace poco leí, en una gacetilla de no recuerdo qué periódico, que el español es la segunda lengua de Brasil.

Esta idea de que en Brasil se habla español es una de las falsas creencias descritas por Francisco Moreno sobre la situación de la lengua de Cervantes en ese país [1]. ¿Cuáles son las restantes?: Brasil es el paraíso de los profesores de español (es cierto que “Brasil tiene muchos lugares paradisíacos, pero su ángel expulsó de allí a los profesores”), el español es de estudio obligatorio y, por último, el español es casi igual que el portugués...

Así que mientras los recuerdos del viaje, cuando aún estaba tan cercano, se iban asentando, experimentaban su primera decantación, se perfilaban con mayor nitidez o iba difuminándose su contorno (sin que eso pueda interpretarse como signo de su suerte futura en el teatro impredecible de la memoria), yo seguía en São Paulo gracias a la lectura de El puente roto, la primera, y excelente, novela de la española Sonia Mollá [2].

De esa manera, en un mismo día podía evocar la hospitalidad y la simpatía de Alfredo, anfitrión en São Paulo, y la llana cordialidad de los brasileños, y también asistir, línea tras línea, a la angustia del protagonista del relato, Thales de Menezes, atrapado en el atasco descomunal que causó en la ciudad, la madrugada del tres de junio de 1997, la rotura del puente de Los Remedios. Acompañaba a Thales en el lento pero seguro deshilachamiento de su “mansa misantropía”, ayudado por el entrañable Moraes y por el torbellino de entusiasmo de Marcia, y sucedía que la lectura se entreveraba con imágenes, sensaciones y episodios muy recientes, el fragor insomne del tráfico, la dulzura insospechada de la piña abacaxí y la sorpresa y el agradecimiento renovado a cada trago de caipirinha (tan gostosa...: un “regalo de los dioses”, como había dicho Moraes), las reuniones de trabajo y las conversaciones gratísimas con Ana María y Mónica, con Jorge y Mario, con Carlos y Jaime, con Priscila, Martín, Boris, Ira, Cristina y Neire...

¿En qué ha quedado la proyectada obligatoriedad de estudiar español en los colegios de Brasil? Cuando, minutos antes de la inauguración de la Bienal Internacional del Libro de São Paulo, se lo preguntamos a Emiliano Martínez, presidente de la Federación de Gremios de Editores de España y del grupo editorial Santillana, nos dijo que al final el asunto se había resuelto de una forma más razonable: la de español no será asignatura obligada, pero todos los centros escolares deberán ofrecerla como optativa. Eso en el conjunto del país, porque en algunos estados y municipios sí se ha establecido como materia prescriptiva.

En cualquier caso, cabe recordar que en los últimos años, y al hilo de ese proceso, altos magistrados de la lengua y la cultura en España se apresuraron a interpretar el interés del Estado brasileño por el español como un triunfo de nuestro idioma. Pero, ¿puede incluirse sin más ese hecho entre sus éxitos o conquistas internacionales? Si se trata de un reconocimiento de la importancia del español, ¿es del mismo tipo que el acatamiento del inglés como la lengua del país más poderoso del planeta (acatamiento que se sobrelleva o se profesa, valga la paradoja, tanto en Brasil como en el resto del mundo no anglohablante)? Yo creo que no: dejando de lado la simpatía que puedan sentir los brasileños hacia lo español, si su gobierno y su parlamento promueven la enseñanza de esta lengua, no es sino para que a Brasil le resulte más fácil y rápido el camino hacia la posición hegemónica que, piensan, le corresponde ocupar en el subcontinente, por razones demográficas, geográficas y de potencial económico. Y es que este país “parece haber entendido que para alcanzar el tan ansiado objetivo de liderazgo suramericano, no basta con ser más grande que sus vecinos. Ha percibido que aprender español es una necesidad dictada por la nueva geografía económica” [3].

Lo cual no significa que, de paso, el interés brasileño por el español no pueda resultar beneficioso para muchas empresas de países hispanos, y también, en otro orden de cosas, para la consolidación y la importancia en el mundo de la comunidad iberoamericana.

Cenas con editores y libreros. El extenso comedor al aire libre de A Figueira se cobija bajo las ramas recias de un enorme árbol de leyenda, capaz por sí solo de crear una atmósfera mágica, muy propicia para la fantasía gastronómica y la conversación.

Al restaurante Andrade [4] nos llevó el inefable Cortez: especialidades nordestinas y forró, el baile popular de esa zona (¡¡“baile de gente ordinaria”!!, según mi diccionario de portugués), que sólo Boris no quiso bailar. Sí lo hizo, dejando a salvo el honor patrio, el también uruguayo Jorge, con quien el día anterior había descubierto nuestro gusto común por su compatriota y tocayo Drexler [5]. A Ana María le sorprendió verme bailar: ¿seguro que yo era el mismo –serio, solitario, un punto retraído- que había compartido con ella el congreso de la lengua de Valladolid [6]? Mónica fue la que primero salió a la pista, invitada por uno de los libreros de la mesa vecina, y pronto lo hizo también Priscilla, campeona de salsa en Panamá. Pero ninguna de las dos fue capaz de emular a la risueña librera-peluquera local que, al ritmo exacto que marcaban triángulo y tambor, y sin desperdiciar un compás, meneaba el rotundo pandero, haciendo gala de un inverosímil control muscular, con rapidísimas sacudidas, precisas y eléctricas. De nuestro grupo, sólo Carlos se atrevió a bailar con ella, y aunque mantuvo el tipo, diríase que le produjo el efecto de descargarle la pila, porque ya no andaba como antes... "Tienes que escribirlo en una de tus crónicas”, me decía Ana María, riendo.

Cenas en Roanne, con artistas, y en Le Coq Hardy, con enólogos y enófilos, y el denominador común de la muy proustiana Zazi Pimenta, miembro destacado de “la meilleure société paulistaine” y “musa de los círculos culturales y del mundo artístico” de la ciudad. Pero qué distinta la primera de la segunda, porque en Roanne Thales conoció a Marcia y en Le Coq Hardy...

Francisco Moreno ha escrito que en nuestro país “existe una falsa imagen [...] de la realidad del español en Brasil” [7]. Uno de los errores más comunes consiste en pensar que el español es casi igual que el portugués. Por ello, a veces “es preferible que el hispanohablante hable español y el brasileño portugués para [...] evitar la impresión de que se ha entendido lo que no se ha entendido por creer que se habla una lengua que no se habla”. Está claro. En cualquier caso, sabido es el riesgo que entrañan los falsos amigos entre lenguas cercanas. Mi profesora de portugués –de esto hace ya casi quince años- nos contaba la anécdota de una comida de negocios entre empresarios portugueses y españoles. Hacia el final, uno de estos propuso a los lusitanos disfrutar de “un rato de sobremesa”, y se sorprendió al obtener como respuesta expresiones de sorpresa y hasta muecas de disgusto: no era para menos ante tan inusual oferta gastronómica al final de un almuerzo (rato, en portugués, significa “ratón”, y sobremessa, “postre”).

Como consecuencia de la semejanza entre las dos lenguas, resulta “frecuente encontrar brasileños que se consideran hablantes de español por el simple hecho de sentirse dominadores de unos pocos rasgos fonéticos o unidades léxicas” [8]. Debe de ser algo común entre hablantes de lenguas próximas: ¿cuántos españoles hay que no se declaren perfectamente capaces de hablar y entender el italiano? Pero existe otra situación originada por la similitud del español y el portugués de la que no he oído hablar a nadie: muchas veces el lusohablante no aprecia el esfuerzo que hace el español cuando se dirige a él en portugués. Le entiende, sí, pero no piensa que sea porque el otro le hable en portugués, sino precisamente por lo parecidas que son las dos lenguas y por su capacidad de entender el español.

A finales del siglo XIX, de la metrópoli de un imperio, como lo era Londres, se podía pensar que era el lugar de la narración por excelencia. La condensación humana llevada a tales extremos producía la circunstancia de que en cada momento coincidiesen miles de cosas sucediéndoles a miles de personas: el buscador o el degustador de historias podían encontrar ahí su paraíso particular, zambullirse a placer en ese ambiente de especial efervescencia narrativa.

De ahí el optimismo de Mr. Dyson, protagonista de una novela de Machen, al referirse a esa ciudad: “ante nosotros se desarrolla el más grande de los espectáculos que el mundo haya visto nunca: el misterio de las calles innumerables e interminables, las extrañas aventuras que deben surgir de una acumulación tan compleja de intereses” [9]. Pero ¿cómo será la literatura que intente pescar en el río narrativo -monstruosamente caudaloso- de São Paulo? ¿A qué combinaciones no dará lugar el azar en una ciudad tan colosal, en la que, si bien se reduce al mínimo la probabilidad de un encuentro fortuito entre dos personas, también se expone a cada una de ellas a un número elevadísimo de avatares y vicisitudes?

Mare historiarum. Eso es la vida, un mar de historias, y El puente roto es una una gavilla de esas historias, además de una muestra sobresaliente de minería narrativa en el riquísimo filón de cuentos que debe de ser la megaurbe paulista. En esa novela hay que degustar el brillo fresco y limpio de las imágenes, el tino y la precisión de las observaciones, el dibujo afinado de los personajes (a veces sombras... de cuerpo entero, como Guiomar, atónito pez abisal, que desde profundidades de miseria sube a la superficie a base de resignación), y las palabras, la belleza sola de aneurisma, con la misma hermosura terrible de úlcera o cáncer, palabras que a veces hay que escribir, aunque a nadie le guste pronunciar...

Español de España y español de América (una simplificación, claro); portugués de Portugal y portugués de Brasil. En los dos espacios lingüísticos pasa algo parecido: es cierto que hay diferencias, sobre todo fonéticas y léxicas, pero la unidad también es indudable. Lo que pasa es que, malinterpretando tal vez las disparidades en palabras de uso común, “los hablantes brasileños y portugueses piensan erróneamente que existe una gran divergencia entre las dos variedades del portugués”, y lo mismo hacen hispanohablantes de las dos orillas, cuando en realidad “el núcleo léxico de las variedades del español europeas y latinoamericanas, así como de las dos variedades del portugués (el portugués europeo y el brasileño) es muy semejante y equivalente”. Lo dice Maria Tereza Camargo Biderman, catedrática de la Universidade Estadual Paulista [10].

Ahora bien, una diferencia crítica entre los casos del español y del portugués la marca la ortografía: según el lingüista brasilero Ataliba T. de Castilho, “si hablamos diferente –los portugueses y los brasileños se acusan mutuamente de falar com sotaque, “hablar con dejo”-, también escribimos un poco diferente. A pesar de los esfuerzos para su unificación, Portugal y Brasil no comparten la misma norma ortográfica” [11]. Y aunque a mí siempre me ha parecido exagerada la consideración de la ortografía común como baluarte principal de la unidad del español, no dejo de reconocerle un peso cierto en ese asunto.

Lectura y memoria, recuerdos y páginas: calles, sabores, rostros, palabras... La semana pasada, yo había regresado ya de São Paulo, pero seguía en São Paulo: viajando en tren al trabajo, por la mañana, cerraba los ojos y asistía de nuevo al espectáculo aturdidor que se ofrecía a la vista desde la azotea del hotel (una extensión infinita de rascacielos, y aquel helicóptero despegando desde un edificio cercano, contra el telón de fondo de un inquietante crepúsculo que desaguaba en cuestión de minutos), y por la noche, al retomar la novela, escuchaba con Thales “el silabeo de los dioses” de João Gilberto, la belleza de su voz mate, y me quedaba dormido recordando unos versos, acunado por su melodía: “A madrugada ja rompeu,/você vai me abandonar...

 



Notas

[1] Moreno Fernández, Francisco, “El español en Brasil: logros, dificultades y falsas creencias”, en Revista de Occidente, n.º 240, abril de 2001, pp. 82-99.

[2] Mollá, Sonia, El puente roto, KRK ediciones, Oviedo, 2001. ISBN 84-95401-66-5. Información en Internet: http://www.krkediciones.com/elpuenteroto.html, y una entrevista con la autora en http://www.krkediciones.com/soniamollaelcomercio24022002.html

[3] Lo dijo Francisco Rubio Figueroa en su interesantísima comunicación al II Congreso Internacional de la Lengua Española (Valladolid, 16-19 de octubre de 2001), titulada “El español florece en la tierra fértil brasilera”. Disponible en Internet en:http://cvc.cervantes.es/obref/congresos/valladolid/ponencias/unidad_diversidad_del_espanol/5_espanol_y_portugues/rubio_f.htm

[4] Restaurante Andrade: http://www.restauranteandrade.com.br

[5] Sobre el español de Jorge Drexler, puede encontrarse un brevísimo comentario en “Verano del español”, en Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español, n.º 2, 10 de septiembre de 2001. En http://cuadernodelengua.galeon.com/cuaderno2.htm

[6] Ana María en Valladolid: “Diario de Valladolid”, en Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español, n.º 3, 11 de noviembre de 2001. En http://cuadernodelengua.galeon.com/cuaderno3.htm

[7] Moreno Fernández, Francisco, artículo citado, pp. 97-98.

[8] Moreno Fernández, Francisco, “El español en Brasil”, en El español en el mundo: Anuario del Instituto Cervantes 2000, Plaza & Janés y Círculo de Lectores, Barcelona; Instituto Cervantes, Alcalá de Henares, 2000. ISBN (Plaza & Janés) 84-01-37688-2, ISBN (Círculo de Lectores) 84-226-8396-2. Disponible en Internet en http://cvc.cervantes.es/obref/anuario/anuario_00/moreno/

[9] Machen, Arthur, Los tres impostores, Hyspamérica, Barcelona, 1987, ISBN 84-85471-72-5.

[10] Biderman, Maria Tereza Camargo, “Diversidad y unidad”, en ABC Cultural, n.º 502, 8 de septiembre de 2001, p.5. Disponible en Internet en http://www.abc.es/cultural/dossier/dossier62/fijas/dossier_003.asp

[11] Castilho, Ataliba T. de, “El portugués americano”, en ABC Cultural, n.º 502, 8 de septiembre de 2001, p. 7. Disponible en Internet en http://www.abc.es/cultural/dossier/dossier62/fijas/dossier_005.asp

 
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