Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 6, 29 de marzo de 2002. Majadahonda (Madrid)

Por la calle de don Quijote


Victoriano Colodrón Denis
 
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La calle de don Quijote, en Madrid, es una calle silenciosa y solitaria, recoleta, un poco a espaldas del mundo. Sin comercios ni tráfico apenas, no ofrece los estímulos ni los atractivos que suelen considerarse propios del paisaje urbano, y eso, estando tan cerca de la comercial y bulliciosa Bravo Murillo, hace que resalte aún más su sosiego y su apartamiento. Una calle, además, que resulta más bien tristona, destartalada y poco luminosa.

Iba yo por don Quijote hace unos días, preguntándome si sería la calle más adecuada para llevar ese nombre. Pensaba que tanto el caballero de la triste figura como Cervantes ostentan la condición de símbolos de las culturas que se expresan en español, y aun del propio idioma. Entonces me acordé de un anuncio que había visto en el periódico días atrás. Debió de ser porque en él se utilizaba como reclamo visual otro de los iconos emblemáticos de la lengua española: la letra eñe.

Se trataba de uno de los anuncios de la campaña publicitaria con la que la compañía aérea Iberia está celebrando su 75º aniversario. Latinoamérica. Más de 500 años unidos por una lengua. Los últimos 75, por una línea aérea, decía el texto, y la imagen mostraba a un bebé desnudo, plácidamente dormido sobre la tilde de una gran eñe minúscula. Es natural, continuaba Iberia, que seamos la línea aérea que mejor se entiende con el nuevo mundo y la que más conexiones tenga entre Europa y Latinoamérica: 300 vuelos semanales a 22 destinos. Y es natural, también, que el servicio, la cordialidad, la puntualidad y la atención la entendamos como nuestros clientes. Es que nos une el mismo idioma... desde hace 500 años. Y desde hace 75, nos une más la misma línea aérea, una de las mayores del mundo: Iberia.

Calle de don Quijote adelante, recordé que leyendo el anuncio me había divertido reparar en sus dos anacolutos, por haberlos encontrado en un texto cuyo razonamiento publicitario se basaba precisamente en la lengua. “Es natural que seamos la línea aérea que mejor se entiende ... y la que más conexiones tenga...”, rezaba el anuncio, en lugar de “la que más conexiones tiene”. Y también decía: “es natural ... que el servicio, la cordialidad, la puntualidad y la atención la entendamos...”, cuando habría debido decir “los entendamos”.

Pero al margen de eso, se imponía una pregunta: ¿500 años unidos por una lengua? Me acordé de lo que afirmaba Juan Ramón Lodares en una entrevista reciente: cuando se produjo la independencia de América, dos de cada tres hispanoamericanos no hablaban español. En su último ensayo -Lengua y patria-, que yo había leído hacía poco, el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid explicaba que la extensión del español en América fue obra de las repúblicas independientes y de la emigración masiva de los siglos XIX y XX, porque antes el Imperio colonial, con su afán evangelizador y su particular sistema de explotación económica, no había tenido mucho interés –más bien todo lo contrario- en promover una comunidad lingüística en español [1].

Bajando por la calle de don Quijote, recordé que esa era una tesis que ya había desarrollado Lodares por extenso en su libro anterior, Gente de Cervantes: Historia humana del idioma español, en cuya cubierta, por cierto, también se recurría a la letra emblemática: una composición fotográfica mostraba en ella a una multitud de personas sonrientes, y de muy variados rasgos y colores de piel, agrupadas de manera que conformaban una inmensa eñe mayúscula [2].

Así que el anuncio de Iberia exageraba un poco, al hablar de forma tan rotunda de una unión lingüística supuestamente lograda ya desde la misma llegada de las primeras carabelas a América. “Ahora bien, el tópico del español como idioma común de España y los países hispanoamericanos responde a una realidad”, pensaba yo mientras caminaba, “y no creo que se le pueda negar a Iberia el haber contribuido y seguir contribuyendo a que lo sea, aunque no resultaría fácil precisar en qué medida”. Porque una comunidad lingüística supongo que se afianza, entre otras cosas, en unas comunicaciones intensas y fluidas que difundan y den a conocer las variedades de la lengua, que faciliten el movimiento de sus hablantes, que permitan el tráfico de palabras y el intercambio de ideas, el cultivo y el desarrollo de los vínculos y los intereses comunes, que son los que hacen necesario un código lingüístico compartido.

Y entonces me acordé también de mi amiga Paula, que además de paisajista es azafata de Iberia, y que en los últimos meses había volado, que yo recordase al menos, a Buenos Aires, a Caracas, a Miami, a México y a La Habana, es decir, a varios de los destinos principales en América de la compañía aérea.

Luego, volviendo a lo de antes, se me vino a la cabeza la última reseña que había firmado Lodares en El Cultural: la del libro póstumo del lingüista Manuel Alvar, una recopilación de artículos titulada Español en dos mundos. Porque ahí también se dice que “1810, fecha inicial de las independencias hispanoamericanas ... es el comienzo de una difusión del español como nunca se había supuesto” [3].

Así, absorto en estas cosas, llegué al cruce con la calle Jaén. Y allí me sorprendió, por el curso americano que iban siguiendo mis pensamientos, y en medio del Madrid que venía atravesando, tan... madrileño (es decir, más bien feúcho, pobretón y sin mucho carácter), allí me sorprendió, decía, el nombre del bar que ocupaba una de las esquinas, escrito con letras bien grandotas: Mi Huanchaco querido. De modo que en el corazón del castizo barrio de Cuatro Caminos, donde desde hace años viven muchísimos inmigrantes latinoamericanos, justo en el cruce de don Quijote con Jaén tenía instalado su negocio un hijo de los totorales de la costa peruana, que no se había resistido a proclamar de esa manera, a quien quisiera darse por enterado, su amor y su nostalgia por el suelo nativo...[4] Y no sé por qué aquello me pareció algo muy cervantino, quizá como son cervantinos siempre de algún modo el silencio, la modestia, la pobreza y las historias de emigrantes.

Pero mi paseo por la calle de don Quijote, hace unos días, iba a terminar con otra sorpresa, también muy cervantina, y que le agradecí mentalmente a la fantasía literaria de no sé qué alcalde pasado de la ciudad. Porque después de tomarme un café en Mi Huanchaco querido, evocando algún que otro viaje imaginario al Perú, seguí por Jaén camino de Bravo Murillo, y a los pocos pasos me encontré cruzando la calle de... ¡Dulcinea!

 


Notas

[1] Lodares, Juan Ramón, Lengua y Patria, Taurus, Madrid, 2002. ISBN 84-306-0453-7.

[2] Lodares, Juan Ramón, Gente de Cervantes: historia humana del idioma español, Taurus, Madrid, 2001. ISBN 84-306-0423-5. Puede verse la ilustración de esa cubierta en la página web que le dedica al libro la editorial (http://www.taurus.santillana.es/scripts/taurus/obras/obras.asp?COD_SQ_OBRA=761&sctn=nove) y también, por ejemplo, en la reseña que de él escribió el periodista mexicano Germán de la Dehesa en Esmas, con el título de “La suerte del español”: http://www.esmas.com/germandehesa/indice/in_biblio/historial/libro56.html

[3] Alvar, Manuel, Español en dos mundos, Temas de Hoy, Madrid, 2002, p. 113. ISBN 84-8460-1772-2. Un mínimo homenaje personal a Alvar, poco después de su muerte el pasado mes de julio, puede verse en “Verano del español”, en Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español, n.º 2, 10 de septiembre de 2001. En http://cuadernodelengua.com/cuaderno2.htm

[4] Información sobre Huanchaco en http://www.huanchaco.net

 
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