Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 4, 12 de enero de 2002. Majadahonda (Madrid)

Paisaje verbal


Victoriano Colodrón Denis
 
(ver este artículo en formato .doc / en formato .pdf)

 

. Teclados sin eñe
. ‘Aqua’ y jabón
. Toponimia comercial
. Ultramarinos hispánico



Teclados sin eñe

El cronista decide abandonar por un día las anchas avenidas que conducen a los asuntos importantes del español (su presencia y su expansión internacional, el debate sobre unidad y fragmentación, sus raquíticas relaciones con las tecnologías...), para internarse por los senderos y las trochas de su mínima realidad diaria, no menos atractivos y seguramente más tranquilos. Piensa que la observación cuidadosa y cercana de la cotidianidad del idioma, si es capaz de ella, quizá le depare algún hallazgo de valor, tal vez incluso la materia de una de sus crónicas.

Así que se propone fijar la mirada en lo de todos los días, en los modestos objetos de uso diario, en los mínimos textos que saltan a nuestra vista continuamente desde letreros y carteles, y cuya lectura no podemos evitar, en los nombres de los sitios que conforman nuestro espacio vital, que es en gran medida un territorio lingüístico. Sólo pretende tomar algunas muestras de esa constelación de palabras en la que estamos inmersos, y que junto con las que decimos y oímos decir, las que leemos y escribimos, configuran nuestro paisaje verbal cotidiano.

¿Qué otro artilugio tecnológico más felizmente instalado en nuestro día a día que el teléfono móvil? Dejemos de lado la curiosa denominación española del chisme, que en otros países hispanohablantes llaman, con más tino, teléfono portátil o celular. Lo que parece claro es que ni siquiera en España prosperará ya el nombre que hace unos años proponía para este aparato Juan Cueto. Me refiero al malogrado mancontro, nacido de boca de sus primeros usuarios: los guardias civiles del medio rural de Galicia, que lo utilizaban sobre todo para comunicar su ubicación a los superiores que habían quedado en el cuartel: “Sargento, mancontro aquí, no Coto do Castro, caminho da ria...”. Nombre válido aún porque el uso principal de estos teléfonos parece ser todavía, según la apreciación de Cueto, la de explicarles a nuestros interlocutores dónde estamos en un momento determinado.

Recibe el cronista un mensaje escrito en el teléfono móvil y se pone a responderlo. Cuando, a modo de despedida, está componiendo trabajosamente un “hasta mañana”, cae en la cuenta de que la letra eñe no está en el teclado. Había reparado en ello otras veces, pero sin prestarle mayor atención: la eñe se escribe en su móvil con una pulsación adicional en la tecla en la que están representadas la eme, la ene y la o.

Pero entonces se acuerda de una vieja historia. Cuando hace unos diez años la Comisión Europea intentó dejar sin efecto la exigencia española de que los teclados de ordenador incluyeran la eñe, la movilización unánime de ciertas instituciones, medios y personas contagió al Gobierno la determinación necesaria -que quizá no habría tenido por sí solo- para oponerse a esa pretensión, y nuestro dígrafo característico no perdió su sitio entre las demás teclas de las computadoras [1].

Entonces, ¿por qué nadie ha señalado, o incluso denunciado, la ausencia de la eñe entre los signos de los minúsculos teclados de los teléfonos portátiles? Es verdad que en sus pantallas se ve sin problemas esta letra y que para escribirla basta realizar la sencilla operación antes citada, pero el caso es que la eñe no está en el teclado. (Por el contrario, sí se ha escrito mucho en la prensa sobre las características lingüísticas de los mensajes de texto que se envían con los móviles, y el riesgo de empobrecimiento verbal que para los adolescentes puede comportar su uso masivo).

Así que lo que con tanto ardor y santa indignación se rechazó cuando se trataba de los ordenadores, es decir, la posibilidad de escribir la letra aunque no estuviera representada gráficamente en el teclado (en aquel caso se trataba de pulsar al mismo tiempo dos teclas, la de la ene y no recuerdo cuál otra, tal vez la de AltGr), ahora está más extendido de lo que entonces habría podido imaginarse. ¿Es que la normativa válida en este punto para las computadoras no es aplicable a otros dispositivos electrónicos? ¿Está legalmente prohibido que falte la eñe en los teclados de ordenador que se fabriquen, se vendan o se importen a España, pero sí se permite su ausencia en los teclados de otros aparatos, como los teléfonos? ¿Y qué pasa con las agendas electrónicas y tantos otros artilugios? Quizá sea eso, un vacío de la regulación legal, pero también podría ser que el celo y el arrebatamiento de hace dos lustros se hayan esfumado sin más, disueltos en... la globalización.

‘Aqua’ y jabón

Entre las cosas que utilizamos a diario se encuentran también los productos para el aseo y el acicalamiento personal: jabones y geles, cremas y champús, colonias y perfumes. Al cronista le ha asaltado a veces esta curiosidad ingenua: ¿de qué estarán hechos la pasta de dientes, la crema hidratante, el suavizante del pelo? ¡Qué raro! Resulta que todos ellos, aunque sean de marcas distintas, llevan entre sus ingredientes una curiosa sustancia: aqua. No agua, no, sino aqua, como en latín. ¿Por qué?

La lectura completa de la composición de estos productos depara otras sorpresas del mismo tipo. Para empezar, no pocas veces la lista está encabezada por una palabra que no dudamos en tomar por inglesa: ingredients, en lugar del esperable ingredientes. Además, el resto de sustancias también suele estar escrito en inglés –magnesium sulfate, sodium bicarbonate, citric acid, zinc citrate, almond glycerides-, aunque con términos de indudable progenie griega o latina.

Tal vez el aqua inicial no sea más que una mínima concesión de los fabricantes, por lo general grandes empresas multinacionales, a la obligación de que la composición de estos productos figure en su envase en el idioma local u oficial correspondiente. Puede que los fabricantes intenten que la misma lista de ingredientes de un producto sea válida en los distintos países en donde éste se comercializa, ahorrándose así los costes de adaptación. En esos países, claro está, todas las palabras de las listas tienen que ser comprensibles y hasta considerarse propias de sus respectivas lenguas. Por ejemplo, aqua pueden entenderlo sin problemas portugueses, españoles e italianos, aunque la grafía no sea correcta ni en portugués (água), ni en italiano (acqua), ni en español. ¡Menudo hallazgo para el etiquetador el encontrar términos que, aunque mal escritos, puedan ser aceptados por todas las autoridades y hasta por los clientes! Conociendo el inexistente interés de la gente (y en particular de la gente con responsabilidades políticas y administrativas) por su lengua, los fabricantes han de contar con que estos errorcillos lingüísticos les serán perdonados sin más, y que su propósito de ahorrarse la traducción estará logrado.

Pero, ¿cómo encaja en esta hipótesis el hecho de que casi todos los ingredientes se enumeren en inglés? Tal vez por la confianza de que, al ser términos de raíz grecolatina, el lector pensará que están en latín (así se explicaría también lo del aqua) o los tomará como propios; o quizá porque se espere que, tratándose de vocabulario técnico, resultará tan comprensible (o incomprensible) en inglés como en el idioma del usuario. Ahora bien, todavía puede rizarse más el rizo de estas curiosas y un poco marrulleras prácticas lingüísticas empresariales: en una pasta de dientes etiquetada para el mercado español y el francés (el nombre y las frases publicitarias figuran en ambas lenguas), la relación de ingredients, que va escrita en inglés e incluye Sodium Fluoride, va precedida de la siguiente leyenda: Contient du fluorure de sodium / Contiene fluoruro sódico.

Le parece a uno que todo esto no necesita el más mínimo comentario, aparte de la impresión de que nos toman por tontos... Es lamentable que no pueda uno leer en español el contenido o la composición de lo que compra, pero además puede que ello se deba al incumplimiento de una obligación legal, tal vez establecida para proteger el derecho de los ciudadanos a la información.

Toponimia comercial

Nuestro espacio vital, el conjunto de lugares que conforman el escenario de nuestra vida diaria, constituye un determinado ecosistema lingüístico. ¿Cómo es el paisaje de palabras que vemos a nuestro alrededor todos los días, en el que nos movemos habitualmente, lo que podríamos llamar nuestro hábitat verbal? ¿Qué decir de ese territorio del día a día a partir de las marcas o señales lingüísticas que lo delimitan? Para intentar dar a estas preguntas, sin duda un tanto ampulosas, alguna mínima respuesta (no es cuestión de proponerse ideas profundas ni teorías generales), nada mejor que... un buen paseo. O una mañana entera de recados, con los ojos y los oídos bien dispuestos.

Primero nos dirigimos hacia la zona comercial de Las Rozas Village, cerca del centro comercial Factory. De camino pasamos por Big Bowl y otros lugares de ocio y esparcimiento similares. Más allá están los cines del Heron City, adonde nunca hemos ido; solemos ver los estrenos de la temporada en Warner Lusomundo. De vuelta al centro, jugamos a identificar los letreros más grandes y llamativos: Burger King, VIPS, Hollywood Foster... Todavía no sabemos si el cumpleaños de nuestro sobrino se celebrará en el Planeta Welby o en el Buffalo Grill, tal vez a última hora se elija el McDonalds. En cualquier caso, vamos a Toys”r”us a comprarle el regalo...

No cabe duda: buena parte de la toponimia comercial que nos salta a la vista en la ciudad es inglesa. Así, en las conversaciones ordinarias entre los hispanohablantes de muchas zonas, será habitual que al contar a dónde han ido o explicar a dónde tienen que ir, utilicen esos términos y expresiones inglesas. Para muchos debe de ser un placer el hecho de que esos nombres, que doran a sus oídos la charla con un prestigio indudable, marquen las coordenadas básicas de su mundo cotidiano: el placer de sentirse parte del Imperio y de pensar que, aunque tan alejados de su centro, su entorno vital se le asemeja cada vez más.

Pero con todo esto no conviene obsesionarse. También es verdad que no falta algún que otro nombre con origen en lenguas distintas del inglés (la óptica Lunettes, la heladería Haagen Dazs, la cafetería Sorrento) y que gracias a ello disfrutamos de un feliz simulacro comercial de cosmopolitismo multilingüe. La mayoría de los comercios, sin embargo, ha optado por el español para bautizarse. A veces con aciertos singulares, cuando para los nombres se han escogido palabras de sonoridad inconfundible y sentido acorde con el negocio, como sucede con dos de origen árabe que riman en consonante, la cervecería El aladroque (“boquerón”) y la tienda de regalos Alboroque (“agasajo que hacen el comprador, el vendedor, o ambos, a los que intervienen en una venta”, y “regalo o convite que se hace para recompensar un servicio o por cualquier motivo de alegría”).

También es verdad que los nombres genéricos de los sitios de la geografía local que transitamos a diario siguen siendo españoles: auditorio, piscina, colegio, centro comercial (y no shopping, como en otros países hispanohablantes), biblioteca, mercadillo; y que en muchas ocasiones se acompañan de nombres propios que suenan y saben cercanos, por un motivo u otro: el almacén de frutas Labranderos, el polideportivo de Huerta Vieja, el colegio Rosalía de Castro, la zona comercial del Carralero (carralero es el que hace carrales, que son barriles o toneles para acarrear vino), el horno Santa Mónica, el parque de Colón o el monte del Pilar.

Ultramarinos hispánico

Más allá de los hitos verbales registrados en la cartografía de su cotidianidad, la vida diaria del hablante del español –cuanto más de su degustador- tiene garantizada, gracias a la extensión y la variedad del idioma, una anchura, una densidad y una profundidad extraordinarias. El español configura un vasto espacio cultural, por donde pueden circular las obras intelectuales y artísticas de los creadores de los muchos países en que se habla. Es cierto que la densidad de la circulación por ese condominio cultural asentado en el condominio lingüístico, resulta aún insuficiente, y que el tráfico de obras es mucho más intenso en unas direcciones que en otras, pero no deja de brindar oportunidades para disfrutar con la riqueza y la diversidad de tonos y acentos de los distintos “españoles”.

En un somero recuento de las obras degustadas durante el pasado otoño en ese abigarrado ultramarinos de la creación hispanoamericana, el cronista encuentra, para empezar, dos magníficas películas argentinas, Nueve reinas y El hijo de la novia, que nos han descubierto a un gran actor, Ricardo Darín. A la salida de la segunda, emocionante y muy divertida, una mujer nos preguntó, con acento porteño: “¿Les gustó?”, y luego: “¿Pero ustedes entendieron todo?, ¿comprendían todas las palabras?”. La verdad es que no todas, tuvimos que responder, pero se nos han escapado muy pocas, y no hemos tenido ningún problema en entender la película y disfrutar muchísimo con ella.

De Argentina a Colombia y del cine y a la literatura sin salir del español: en la última novela de Fernando Vallejo, El desbarrancadero [2], el narrador parece gastar sus últimas fuerzas, mientras cuida de un hermano moribundo, en descargar agudas estocadas o contundentes trallazos verbales contra su madre, contra Colombia y los colombianos y el papa Juan Pablo II, en una diatriba de energía incontrolada, dicha, más que escrita, en un español ágil y vigoroso, a un tiempo coloquial y elegante, hermosísimo. El discurso, fluido y bien trabado, nos instala desde el inicio en el horror. Pero su ironía, su sarcasmo, sus excesos, nos arrancan a veces la sonrisa o incluso la risa, por no mencionar las concesiones pasajeras, de fina sensibilidad, a la ternura... Una auténtica “perorata del apestado”, dura e impresionante, protagonizada por la muerte pero con el trasfondo evidente del gusto y el goce por la vida y la belleza.

¿Qué más? Semanas enteras con el sabor denso y fino de la música tradicional mexicana recopilada por la discográfica Putumayo [3], de Estados Unidos. Un disco excelente que reúne, entre otras piezas, interpretadas por distintos artistas, un son jarocho, Flor de huevo, primera canción compuesta por Los Lobos; la simpática ranchera norteña Andan diciendo, cantada por Ramón Ayala y Los Bravos del Norte (“nada me importa lo que critiquen, / yo seguiré con mi proceder”); y un bellísimo son istmeño, Ranchu Gubiña, cantado en zapoteco por Claudia Martínez. Y más música mexicana en el último disco de Lila Downs [4], hija de madre mixteca y padre estadounidense, y poseedora de una voz portentosa de múltiples registros: historias de espaldas mojadas y de maquiladoras, y excelentes versiones, de instrumentación muy cuidada, de canciones clásicas o tradicionales (“Yo soy un feo, / un feo que sabe que amar / con todo su corazón, / que te quiere de verdad”).

Al cabo de una jornada, haber dicho, oído, leído y escrito unas palabras y no otras, tiene su importancia. Porque las palabras con las que convivimos marcan nuestros días con una impronta particular de signo lingüístico, les confieren una determinada personalidad verbal, definen el ritmo y la calidad de sus horas, y cómo es el poso que dejan en el recuerdo.

 

Notas

[1] Sobre lo que ocurrió –fue en 1991- puede leerse lo que cuentan Gregorio Salvador y Juan Ramón Lodares en el capítulo dedicado a la eñe de su Historia de las letras, Espasa Calpe, Madrid, 2001. ISBN 84-239-6494-9 (1.ª edición de bolsillo, en la colección Espasa Minor; la edición original es de 1996)

[2] Vallejo, Fernando, El desbarrancadero, Alfaguara, Madrid, 2001. ISBN 84-204-4292-5.

[3] El sitio web de Putumayo: http://www.putumayo.com. Información sobre el disco en http://www.putumayo.com/cd/mexico/mexico.htm

[4] Se titula Border / La Línea y está editado por Narada, una disquera de los EE.UU. Es muy recomendable el sitio web de Lila Downs, http://www.liladowns.com, donde pueden escucharse fragmentos de algunos de sus temas.

 


 
citas / enlaces / palabras
http://cuadernodelengua.com - © Victoriano Colodrón Denis