Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n.º 37, 26 de marzo de 2005. Majadahonda (Madrid)

Cornucopia verbal de México

(diario lingüístico de un viaje al DF)


Victoriano Colodrón Denis
 
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jueves 3 de marzo, Majadahonda

El sábado, por fin, salgo de viaje... Claro que me da pereza la idea de las doce horas de vuelo, pero regresar a México, cuatro años después de mi primera visita, me hace mucha ilusión. Esta tarde, al pasar por la librería del Fondo de Cultura Económica, en Moncloa, se me ha ocurrido entrar a ver si tenían las Instrucciones para vivir en México de Jorge Ibargüengoitia, por ir leyéndolas en el avión. En los últimos años he ido encontrándome en varios sitios con distintas referencias elogiosas a este libro; la última fue hace un par de semanas, en la columna dominical de Javier Rioyo en El País. En fin, no tenían el libro en la librería (lo buscaré allí, en México), pero me he llevado otro regalo de sorpresa: cuando ya estaba yéndome, ha empezado a sonar en la radio esa emocionante versión en directo de Lucha de gigantes, de Antonio Vega, que me parece que no es la misma que se oye en Amores perros, pero que me ha hecho acordarme de la inolvidable secuencia de esa película que la tiene como fondo musical. Qué raro: esta canción, que siempre he sentido tan de Madrid (tan mía), como la propia voz de Antonio Vega, ahora resulta que ya forma parte también de mi banda sonora personal de México, junto con las canciones de José Alfredo Jiménez cantadas por... ¡Enrique Urquijo, otro músico madrileño!


viernes 4 de marzo, Majadahonda

Tal vez alguien pudiera pensar que es una actitud mía frívola, tacharme de diletante sin rigor o de coleccionista de falsos exotismos, o incluso, malinterpretándome completamente, acusarme de falta de respeto (¿?), pero cuando se trata de mexicanismos, o del español hablado en México, me veo como un gastrónomo de la lengua, un goloso degustador de palabras, un sibarita del idioma. Allí, no cabe duda, el banquete está asegurado, la mesa siempre bien abastecida de giros, manjares, voces, gollerías, expresiones, exquisiteces, maneras de decir... Y el convite empieza, para mí, mañana mismo.


sábado 5 de marzo, volando a México

Cita de una carta de Hernán Cortés a Carlos V, en la guía de la ciudad de México que vengo leyendo: “Porque para dar cuenta de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas desta gran ciudad, sería menester mucho tiempo y ser muchos relatores y muy expertos; mas como pudiere, diré algunas cosas que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos no las podemos con el entendimiento comprehender”. Pues eso: aunque soy un solo relator, y no muy experimentado, intentaré ir contando aquí, de todo lo que vaya viendo, oyendo y saboreando (sobre todo, en materia de lengua), algo de interés...

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En la voz de la compañera de vuelo que me ha deparado el azar, la maravilla de la lengua española en una de sus encarnaciones más dulces y melodiosas: la canaria. Montse, de veintiocho años, viene de La Palma y trae la risa fácil y la mirada limpia, con la ilusión de su primer viaje a América (que me hace recordar el mío, a Cartagena de Indias, hace siete años). Luego, ya en el aeropuerto de México, un poco antes de las cabinas de control de pasaportes, el funcionario que dirigía hacia ellas el tráfico de viajeros nos ha tomado por nacionales a Montse y a mí: “¿Mexicanos?”, nos ha preguntado. No es mala señal. Ahora, ya en el hotel, voy a intentar dormir todo lo posible...


domingo 6 de marzo, México D.F.

Cinco y media de la mañana. He tenido que llamar a recepción para saber qué hora era. No recuerdo cuándo me quedé dormido ni cuántas veces me he despertado durante la noche. Hay ahora un silencio maravilloso..., no sé por qué motivo imaginaba que en esta ciudad, agobiada y agobiante de ruidos, no habría espacio para él (aunque tal vez sólo se encuentre en las madrugadas de los domingos). Anoche, antes de acostarme, pedí que me trajeran a la habitación unos tacos de camarón con chile guajillo, aderezados con cilantro, cebolla picada y guacamole. Festín de palabras, de mexicanismos, y también de mera comida: ¡qué cocina más deliciosa, la mexicana! Ojalá pudiera probar en este viaje todas las modalidades de tortillas de las que habla mi guía... Pero no habrá tiempo ni ocasión, así que las copio aquí por puro gusto, y con regusto: chilaquiles, enchiladas, enfrijoladas, flautas, garnachas, gorditas, huaraches, memelas, picadas, tostadas... Me parece que voy teniendo hambre, pero todavía no debe de estar abierto el comedor del hotel.

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Esta mañana, cuando volvía a mi habitación después de desayunar (jugo de papaya, huevos a la mexicana y un taco de pollo en mole), me he cruzado en el comedor con José Antonio Millán, que ha venido a México a participar en un congreso sobre edición electrónica organizado por la UNAM. ¡¡¡Qué casualidad!!!, ha sido toda una sorpresa y una alegría. Lástima que se vaya hoy mismo, después de una semana ya en la ciudad. Parece que ha aprovechado su estancia para promocionar un poco su próximo libro, de inminente aparición, que van a publicar RBA y Círculo de Lectores: Perdón imposible: guía para una puntuación más rica y consciente. Me ha dicho que ha notado aquí cierto interés por el libro. Cuando lo vi anunciado en su página web, hace unos días, yo también pensé que podía tener su éxito. Estoy seguro de que en cualquier caso será de lectura instructiva y amena, como todo lo de José Antonio, y así se lo he dicho, y que estoy deseando leerlo. Nos hemos despedido me parece a mí que todavía un poco pasmados por la casualidad del encuentro, y, al menos en mi caso, lamentando que no hubiera ocasión para alargar la conversación, porque yo tenía enseguida la cita para ir a Teotihuacán con Franziska, María Fernanda, su cuñado y más gente, y él, José Antonio, se iba por ahí de tianguis.

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Unidad y diversidad de la lengua española: el problema, si lo es, no reside tanto en que en diferentes países o regiones se usen palabras distintas para designar las mismas cosas, sino en que las mismas palabras tengan significados diversos. Y la cosa se complica cuando lo que hay no es una diferencia neta de sentido, sino una gradación desigual de alcances, de matices. O cuando el asunto tiene más que ver con los usos de las palabras; con los niveles, contextos o circunstancias sociales en las que se emplean; con las sutiles relaciones de todo tipo que establece cada una de ellas con los términos cercanos o no tan cercanos, es decir, con el sitio que ocupan en las redes léxicas; en fin, cuando se trata de sus dimensiones sociolingüística y pragmática. Por ellas, la palabra que en un país es perfectamente normal o neutra, un hablante que viene de otro punto de la comunidad lingüística quizá la perciba como extraña o anticuada o cortante o vulgar o... “¿Me regala aquí su firma?”, me han preguntado en la recepción del hotel. Me imagino las confusiones que puede causarles este uso del verbo regalar a quienes no vengan avisados. Como la que he sufrido yo en la comida: me han servido una botella de agua con gas cuando lo que había pedido era "agua mineral”...

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De la visita a las pirámides de Teotihuacán, me limito aquí a anotar la simpatía de Manuel, que nos ha ido explicando todo. Con palabras, a veces, tan hermosas como 'alfardas', con la que ha llamado a los muretes de piedra a los lados de la escalinata, en una de las pirámides. Una palabra de origen árabe, españolizada, y ahora utilizada aquí para referirse a un elemento arquitectónico de una antiquísima cultura indígena. Y quiero registrar también los nombres de los manjares del banquete de después, que ha empezado con michelada (cerveza con limón) para la sed y la sequedad de las gargantas, y ha continuado con una sabrosísima sopa de tortilla, un molcajete azteca y otras viandas, todas ellas igual de deliciosas. Ahora vengo de la Torre Latinoamericana, adonde hemos subido después de beber un jugo de siete frutas en la cafetería Sanborns del insólito y bellísimo Palacio de los Azulejos.


lunes 7 de marzo, México D.F.

Sigue el festín de palabras y delicias gastronómicas (con los manjares, degusto también sus nombres): esta mañana, en el desayuno, huevos a la ranchera, una quesadilla de flor de calabaza y otra de 'tinga' (fibras de carne de pollo condimentadas con chile y no sé qué más). De camino al Zócalo, hemos entrado en un mercado y he entablado conversación con la dueña de un puesto de chiles y verduras, una señora mayor muy salada, muy graciosa. Me ha contado que los puestos próximos son de sus tres hermanos, con los que, me ha dicho, se lleva muy bien, aunque ha acabado confesando que de vez en cuando tienen sus diferencias. Sólo por oírla hablar, por oírla expresarse con esa propiedad y esa fluidez, ya merecía la pena. Además me ha dado una receta para cocinar los “chiles anchos” que le he comprado: rellenos de pechugas aplanadas y aderezadas con sal de ajo por los dos lados, más jamón y queso, con salsa de tomate y chile...

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Hoy he cambiado de periódico, he leído Milenio. “Corremos el riesgo de quedarnos sólo con el cascarrón”, ha declarado un experto en patrimonio monumental de Zacatecas, refiriéndose al peligro de grave deterioro de sus edificios históricos. Otro artículo contaba la exitosa carrera como cocinera de doña Chayito, que empezó vendiendo comida en un puesto callejero instalado en el 'tejabán' que hizo ella misma con su hermana. Palabras reconocibles, sólo ligeramente alteradas si se toma como referencia el término español equivalente, 'cascarón', 'tejavana'. Otros términos son más difícilmente interpretables para un hispanohablante europeo, menos reconducibles a significados conocidos: ¿qué serán los 'enmicados' y los 'engargolados' que ofrecía la modesta tiendita de refrescos y artículos escolares que he visto en el paseo de esta mañana?

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“Por tus pujidos nos cacharon”, rezaba en letras blancas la leyenda de una camiseta de color negro que llevaba una chica. Algo así como “Por tus gemidos nos pillaron”, creo. La he visto esta mañana camino de la plaza de Santo Domingo, después de haber visitado el Zócalo, el Palacio Nacional y la Catedral. Y ayer, en las pirámides, vi otra camiseta del mismo estilo (“playeras”, las llaman en México) que vestía un muchacho: “Busco novia con coche”, decía por delante, y en la espalda aclaraba: “Interesadas, mandar foto... del coche”. Deben de estar de moda. Me da la impresión de que en España los jóvenes prefieren las camisetas con leyendas en inglés, tal vez porque las encuentren más modernas, más fashion, y piensen que con ellas están más atractivos. Luego, llegando a la plaza, el reclamo de un restaurante utilizaba una de esas expresiones que podrían confundir al españolito desavisado: “Exquisita birria”, anunciaba, y me imagino el asombro de aquellos para quienes una birria es sólo algo de poco valor o importancia, y que no saben que en México recibe este nombre un guiso de carne de chivo. (Deliciosa birria la que comí en Guadalajara hace cuatro años). Lo que más me ha gustado del paseo mañanero ha sido la plaza de Santo Domingo, con los soportales bajo los que se instalaban los “evangelistas”: los escribidores de misivas, instancias e impresos varios para el público analfabeto que requería sus servicios. Todavía hoy están allí, aunque parece que su negocio va languideciendo. Si la ha visto, a José Antonio Millán le habrá gustado esta escena de los impresores imprimiendo a mano tarjetitas blancas o amarillas (probablemente invitaciones): una a una, iban metiendo cada tarjeta en la prensa, jalaban de un tirador para imprimirla (¿no es bonito este uso conjunto de ‘jalar' y ‘tirar'?), la retiraban y metían la siguiente, todo ello a gran velocidad.

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Hemos almorzado en el Sanborns de los azulejos: una magnífica sopa de verduras, tacos de pollo y fajitas de res. No me extraña que por la noche no hayamos sido capaces de cenar, a pesar de los tentadores restaurantitos que hemos visto cuando paseábamos por la Zona Rosa. Ha sido una jornada agotadora, también por la falta de sueño, que me ha hecho estar un poco atontado todo el día.


martes 8 de marzo, México D.F.

Mañana en Coyoacán, adonde he llegado con una combinación de 'pesero' más metro más 'pesero'. (Los peseros son los autobusitos que recorren Ciudad de México). En la librería “El Parnaso”, en la plaza, he comprado un ejemplar de la edición de FCE de Cornucopia de México y Nueva cornucopia mexicana, del escritor y pintor malagueño José Moreno Villa, quien se exilió en México en 1937, huyendo de la Guerra Civil. Cornucopia..., publicado en 1940, es la crónica del descubrimiento de su nuevo país por un transterrado. Sorpresas, intuiciones, perplejidades, reconocimientos; percepciones agudas y penetrantes, guiadas del deseo de entender y conducidas por una sensibilidad aguda y refinada. Y entre las primeras notas de sus primeros dos años en México, destacan las de tipo lingüístico. Ya en su primer capítulo recuerda que al cruzar la frontera (venía de Estados Unidos, en tren) encontró que el español se hablaba en tierras mexicanas “con ternura, con suavidad y cortesía”, y poco después descubre: “Son las palabras españolas, mías, las que llegan a mis oídos, pero con qué otro son. No suenan lo mismo”. Manifiesta entonces su intención de llegar a lo hondo del alma mexicana a través de su forma de hablar, propósito tal vez demasiado ambicioso, con riesgos evidentes: “En el tono acusan los mexicanos, por lo pronto, su bondad, y acaso un velado sentimiento de lejana servidumbre; y en el ritmo, tan lento, la dificultad de una lengua que no es la vernácula”. ¡¡¡...!!! Poeta al fin y al cabo, Moreno Villa no puede dejar de apreciar el cuerpo que hay en el lenguaje: “Porque a mí, haciendo estos paralelos del habla española, me parece que estoy manejando carne en vez de palabras, o palabras hechas carne. Y que hay que acercarse al idioma español transoceánico como se acerca uno a un ser caliente y animado, no a un producto gramatical”.

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Cita en el Sanborns de Coyoacán con mi amiga Sofía, profesora de comunicación social en la Universidad Autónoma de México, en Xochimilco. Le he preguntado por los diarios mexicanos, buscando un poco de orientación en un panorama que al extranjero siempre le resulta confuso al principio. Me ha recomendado La Jornada, su periódico favorito, y también me ha hablado bien, aunque matizando, de El Universal (interesante su sección de cultura) y de Milenio (muy buenos periodistas, pero a veces mucha palabrería...). ¿Reforma? Más comercial, más televisivo, más superficial, muy buenos columnistas... De eso no cabe duda: hoy he disfrutado en él con el divertido artículo de Germán Dehesa, de quien recuerdo que Álex Grijelmo me habló una vez como uno de los periodistas que mejor escriben en español. Después de pasear un rato y visitar la casa museo de Frida Kahlo (lo mejor, el color “azul Coyoacán” de los muros y la colección de exvotos populares, en las paredes de la escalera), hemos comido ligerito en el mercado: quesadillas sin queso y tostadas sin aceite, rellenas de champiñones, de papa con nopal y de delicioso huitlacoche (que son unos hongos negros, con aspecto de chipirones en su tinta...).

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“Copisterías”, había dicho y repetido yo varias veces en mi charla, esta tarde, y José Ángel, buen amigo mexicano, cuando tomó la palabra aprovechó para meterme una pullita de pasada: “Copisterías”, dijo, “es palabra que no existe en buen español; lo que hay que decir es centros de copiado”. Y no entré al trapo, claro, pero el comentario me pareció muy interesante. No por lo que respecta a la palabra en cuestión –eso sería discutible-, sino por la actitud lingüística que dejaba traslucir: ahora ya el español no es cosa de los españoles, no son sólo ellos los que marcan la norma. Pero, por otra parte, el nuevo pacto panhispánico ¿no se basa en que todos los hispanohablantes aceptemos las formas dialectales de los demás? Así que si yo no cuestiono “reservación” o “transportación”, aunque me suenen raras, y peores, en cualquier caso, que las más sencillas “reserva” y “transporte”, pues... pido humildemente que transijan con mis “copisterías”...

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Cena con Franziska en... (¡cómo no!) Sanborns, el de al lado del hotel. Nos hemos vuelto a contener: para empezar, sopa de verduras y sopa de tortilla, mi gran descubrimiento de este viaje, y luego un tamalito cada uno.


miércoles 9 de marzo, México D.F.

Más camisetas, por la calle, siempre de color negro y con la leyenda escrita en blanco. Una chica: “Diario amanesco bonita pero hoy exageré”. Y un chico: “Cada mujer es un mundo: haz turismo”. Curioso deseo, en la ciudad densísima de signos, de imágenes y palabras, de llamadas, de solicitaciones de todo tipo, curioso deseo, digo, el de lanzar el propio mensaje, querer que nos escuchen aunque sea sólo un segundo, al pasar, en el metro o por la calle.

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Cuando participo en estas reuniones de ámbito iberoamericano, acabo siempre teniendo la impresión de que el problema no es que haya diferencias dialectales entre los distintos países en que se habla español, sino el espantoso lenguaje burocrático, impropio e impreciso, perifrástico, enrevesado y eufemístico, que se maneja en determinadas esferas de todos ellos. Escucharlo sólo un rato resulta profundamente desalentador: nos entendemos, sí, en nuestros distintos españoles, pero de repente dice alguien “... sostuvimos una reunión” (¡¿sostener una reunión?!) y claro que lo importante es comunicarse, comprenderse -pensamos entonces-, pero también nos damos cuenta de que en el camino van quedando otras cosas que también son importantes, ¿no?

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Acabamos de volver del Palacio de Bellas Artes, donde hemos escuchado una sinfonía de Bizet y luego el Concierto de Aranjuez, siempre hermoso, tocado por el guitarrista malagueño Ángel Romero. Segunda presencia de Málaga en estos días mexicanos, después del libro de José Moreno Villa, su Cornucopia de México, que, por cierto, he estado leyendo esta tarde un rato. Hay un bonito capítulo que dedica a las tlapalerías, mezcla de ferreterías y de lo que en España, cuando era yo niño, llamábamos droguerías, en las que se vendían artículos de limpieza para la casa y cosas así. Pura cornucopia, alegre abundancia de objetos, la de las tlapalerías: “...cordeles, papeles, brea, focos eléctricos, cera para los pisos, cubetas, bacinillas, jarras, pocillos de peltre, alambre, cemento, vidrios, mastique para tapar agujeros y útiles de cocina”. La palabra ‘tlapalería', que al parecer procede del nahua tlapalli, "color", "pintura", dice Moreno Villa que no acabará pasando a España ni otros países de lengua española por lo impreciso de su significado. Y por otras razones tampoco piensa que guajolote sea palabra “de exportación”: “estos vocablos terminados en ote, tan mexicanos, tan aztecas, son desconcertantes para los españoles, porque con tal terminación significamos desdén hacia lo basto, desproporcionado y desmañado”. Y termina: “Confieso que los nombres terminados en ote siguen siendo confusos para mí. Ejote, elote, camote, chapote, zapote, chayote. Intrincada selva para un recién llegado”. No sé si será por una mayor exposición al español de México u otro motivo, pero a mí no me ocurre lo mismo: cuando oigo o leo ‘zopilote', me suena a mexicano, sí, pero veo ahí una palabra de una sola pieza, no identifico el sufijo despectivo.

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Pasan los días y no acabo de acostumbrarme al cambio horario, que me pasa factura todas las noches (me despierto a las tres, tres y media, cuatro; cada noche media horita más tarde, algo es algo), y luego, durante el día, ando como zombi.


jueves 10 de marzo, México D.F.

“Marzo se vive como una sucesión de confusiones moradas”, escribe hoy Jorge F. Hernández en Milenio. En recuerdo y homenaje a Manolito, me he sacado una foto debajo de una jacaranda en flor, alfombrado el suelo de pétalos violeta.

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Entre reunión y reunión he podido escaparme un par de horas. Han sido suficientes para comprar unos regalos y, ¡por fin!, ir de librerías. Antes de llegar a ellas (me encaminaba a la Gandhi de Bellas Artes), he pasado por la zona de Balderas, calles llenas de chiringuitos y tenderetes de comida, bolígrafos, pilas, chucherías, discos y libros pirata, gente comiendo en la calle, arracimada en torno a los changarros de sopas, quesadillas, tortas (bocadillos), tacos, tamales, una zona realmente animada, vibrante. En la librería Gandhi me ha atendido una chamaca jovencita, no más de veinte años, tal vez menos. Huitzil Nigeria Senegal era el nombre escrito en su gafete (hermoso mexicanismo, que tanto nos gusta a Alberto Gómez Font y a mí), y no me he resistido a preguntarle: resulta que era su nombre de verdad. ‘Huitzil', me ha explicado, significa “colibrí” en náhuatl, y los otros dos nombres se los debía al interés de sus padres por África. He comprado sólo una antología mínima de Alfonso Reyes, en Fondo de Cultura Económica, que incluye entre otros textos su clásico Visión de Anáhuac y un diálogo acerca De la lengua vulgar en el que el narrador conversa con su maestro, don Fulgencio Planciades (quien de pasada le explica que “para Platón, la filología era el gusto por las conversaciones”. Me ha gustado leerlo). Y en la librería de al lado, la del Sótano, he encontrado un ejemplar de las Instrucciones para vivir en México de Ibargüengoitia, la colección de artículos que publicó en Excélsior entre 1969 y 1976 , agrupados en epígrafes como “Teoría y práctica de la mexicanidad”, “Con siete copias” (sobre burocracias varias) y “Las madres y otras mujeres”.

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El taxista que me ha llevado al hotel en su escarabajo verde, después de mis compras, tenía un ejemplar de Milenio en el suelo de al lado de su asiento, que en esos taxis va vacío. Le he preguntado si era el diario que solía leer y me ha respondido que lo hacía como complemento y contraste de La Jornada, su favorito en realidad. Le he contado que eran los dos que me había recomendado una profesora de la UAM y los que yo había comprado esa mañana. Reforma lo ha tildado de “ultraderechista”. “Ese comentario no me lo ha hecho mi amiga, la profesora”, le he explicado, y él ha respondido, sonriendo: “Es que yo debo de estar más ideologizado que ella”. Era un hombre de unos cincuenta años, moreno, bien rasurado, con un llamativo parecido con Juan Rulfo. También lee libros, me ha contado. Le he mencionado los que yo acababa de comprar, y al llegar al de Ibargüengoitia, ha saltado, riendo: “¡Pero ese hombre no nos quiere, a los mexicanos!”. Y me ha preguntado por qué no había comprado nada más moderno. “Bueno, uno de José Emilio Pacheco”, le he respondido, y él ha dictaminado: “Muy bien, todo lo suyo está muy bien”. Al despedirnos me ha tendido la mano, sonriente, y me ha expresado sus buenos deseos, muy cordial.

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Lecturas. Antes de dormirme, repaso en la cama la prensa de los últimos días (se me ha ido acumulando, pero si la tiro a la basura sin leerla, ¿qué me estaré perdiendo?, ¿qué artículos, qué noticias, qué palabras? Es superior a mis fuerzas, así que ordenada y disciplinadamente, voy pasando las páginas, arrancando las que quiero leer con calma, tomando notas). En el Milenio de hoy: “La IDN está dispuesta a transparentizar sus gastos”. Y una nota que habla de “un acuerdo político que viabilizará en el Congreso la aprobación de la nueva legislación” sobre no sé qué. De hace unos días, en Reforma: “Estelariza y produce [la actriz Kirstie] Alley serie en la que se interpreta a sí misma”. ‘Transparentizar', ‘viabilizar', ‘estelarizar'... ¿muestras de la rica inventiva verbal mexicana o engendros deleznables de la jerga periodística, que a veces, por ignorancia o desprecio del habla común, retuerce el lenguaje y obliga a las palabras a dolorosas torsiones? En el primer caso, yo habría escrito “publicar” o “hacer públicos”; en el segundo, “permitirá”; y en el último, “protagoniza”. Pero no me atrevo a considerarlas soluciones preferibles en general, porque me queda la duda de si no serán sólo más propias del español de España. Por otra parte, también aquí la lengua va ocupando su espacio en la prensa. “Hablar inglés estimula la vida sexual de los hispanos en Estados Unidos”, titula Milenio: resulta que los jóvenes hispanos que prefieren el inglés al español tienen más relaciones sexuales que aquellos que hablan sobre todo español. Por si a alguno le hacía falta que le animaran a pasarse al inglés. (Quod erat demonstrandum?, se preguntaría un malpensado). Otra noticia: hoy ingresa en la Academia Mexicana de la Lengua el poeta, ensayista y editor Adolfo Castañón: el español, ha declarado, es una enorme casa, pintada de muchos colores y con muchas puertas, y también ha dicho que la Ciudad de México es la más grande de este universo del habla hispana, “un espacio de gran oportunidad para la lengua y para el reconocimiento de la identidad hispánica”.

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¡Increíble: un día entero sin entrar en ningún Sanborns! Casi lo echo de menos... Para compensar, el privilegio de cenar en el Castillo de Chapultepec, abierto para nuestro grupo. La comida estaba deliciosa, sí, pero lo mejor han sido los floreros que adornaban las mesas, enormes cornucopias de cristal, de al menos metro y medio de alto, desbordantes de colores y texturas vegetales.


viernes 11 de marzo, México D.F.

Aunque sólo sea un minuto, tan lejos de Madrid, en el primer aniversario. Un minuto de recuerdo y de silencio, sin palabras, para limpiar el lenguaje, para hablar mejor y más claro después.

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La extraordinaria utilidad de algunos mexicanismos, y su hermosura. 'Cabildear', por ejemplo, que no sé si es mexicanismo, pero sí que se utiliza aquí. Y es una alternativa elegante, auténtica y precisa, a esa perífrasis anglicada que usamos en España, “hacer lobby”. Así, en El Universal de hoy: “En México no se ha aprobado una ley federal de protección de datos porque compañías estadounidenses han cabildeado para que se frene dicha iniciativa”. 'Abarrotería' es otra de mis palabras favoritas del español mexicano. Hace unos días la vimos en la calle, escrita en una tienda, y Franziska me preguntó qué significaba. A algunos españoles nos encantan las palabras como ésta. Otros, sin embargo, sé que le tienen antipatía al español que se habla en México, o lo desprecian, les suenan mal su entonación y sus expresiones. Personas a las que sí les gustan el acento y los modismos argentinos, cubanos o de otros países. Acerca de esto no sé si habrá estadísticas o estudios, y sería interesante tenerlos, tener datos y explicaciones. Me refiero a la percepción que los hablantes del español de un país tienen de la forma en que se habla en el resto de países de nuestra comunidad lingüística.

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En el aeropuerto, esperando a que salga mi vuelo de vuelta a casa. He comprado en un quiosco el último número de la revista Chilango. En realidad el título completo de la publicación es Haz patria: ama a un chilango, pero en la mancheta las primeras palabras están impresas en un cuerpo de letra diminuto en comparación con el de la última. Es una alteración de un dicho popular en las provincias mexicanas, donde parece que les tienen bastante manía a los habitantes de la capital: “Haz patria: mata a un chilango”. Una revista muy buena, me parece, para enterarse de qué pasa en la ciudad, incluso de cómo se habla en ella. Por ejemplo, Mónica Braun, que reconoce haber sido ‘fresa' (en España diríamos ‘pija'), confiesa también que a los catorce años tuvo un novio morenito y ‘naco' (“indio”, “indígena”). Por otra parte, en la columna “Chilangoño!”, firmada por la “Irreal Epidemia de la Lengua”, se repasan los usos y significados de ‘onda' en el español de México. Así me entero de que “el lenguaje de onda está cada día más en desuso”, aunque aún se pueden oír en las calles “sus variantes más retro”, como “agarrar la onda”, “buena onda”, “onda así”, “qué onda”, “sacarse de onda”, “tirar la onda”... ¡Ah!, y una breve nota, titulada “Albures portátiles”, me confirma la impresión de que las dichosas camisetas con leyendas que se pretenden ingeniosas están a la última: “Cunde en los puestos de la piratería chilanga una moda que se pensaba extinta... Los siempre innovadores zares de la piratería venden camisetas con estampados ocurrentes –unos menos que otros”. Y reproduce unas cuantas de estas frases, como por ejemplo (copio tal cual, sin corrección alguna: a su autor no le vendría mal el libro de Millán sobre la puntuación...): “Si te caigo bien / que padre / sino chinga tu madre”. La mejor: una con el escudo de la República, alrededor del cual las palabras “Estados Unidos Mexicanos ” se han sustituido por “Estamos Jodidos Mexicanos ”.

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Ya sólo queda media hora para embarcar. ¡Qué sueño, qué agotamiento! Estos días, padeciendo los efectos del cambio de horario (siete horas de diferencia), me preguntaba: “¿Cómo será América Latina estando normal, con las facultades más o menos en su sitio, sin tener sueño todo el día?”. Y es que mis ya siete viajes a estos países, siempre por trabajo (y los recontaba ayer: Cartagena, Buenos Aires, Guadalajara, San Pablo, Antigua, Montevideo y ahora el DF), han durado cada uno menos de una semana. De manera que cuando empezaba a acostumbrarme al cambio horario, tenía que volver a España.


sábado 12 de marzo, sobrevolando el Atlántico

Hojeo las Instrucciones para vivir en México, a ver si se me hacen más cortas las dos horas de vuelo que quedan. Hay varios textos de asunto más o menos lingüístico, como uno sobre las “Conversaciones rituales”, que se desarrollan con la edad, dice Ibargüengoitia, “como la arterioesclerosis”. Porque “mientras más viejo es uno mentalmente, más conversaciones rituales tiene. La prueba es que, cuando uno es niño las percibe con una vividez tremenda y gran desesperación.” Ahora bien, mucho peor es la “conversación plana”, definida por un conocido del autor como “una conversación ritual, nomás que más aburrida”. Como también son aburridos los insultos de siempre, tradicionales, que se diseccionan en otro artículo dedicado a ese arte en decadencia que es el de insultar: insultos “que no tienen nada que ver con la realidad, que son automáticos, que conducen a un impasse, que no hacen mella y que no dan autoridad, deben ser desechados y sustituidos por nuevos insultos [...] que aunque resulten más laboriosos sean más eficaces”.

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¿El español de México es más creativo, los hispanohablantes mexicanos tienen más inventiva verbal que los de otros países? Hay quienes así lo afirman, pero no sé si la cosa tiene mucho sentido ni fundamento científico. Pero me gusta pensar que es cierto (aunque sólo sea por motivos demográficos), y como idea para soltar en una conversación no está mal, además de que los hallazgos verbales de esta tierra son incontables, claro: desde ‘ningunear' hasta ‘apapachar' pasando por ‘engentarse', ‘achicopalarse' o ‘mi pioresnada', para referirse al novio. Palabras todas ellas que hacen las delicias de Álex Grijelmo, quien una vez me dijo que los mexicanos tienen una gracia especial, que “son los sevillanos de Latinoamérica”. Sí, el español de México es puro arte. Será tal vez por lo que alguna vez ha escrito Elena Poniatowska: “Nosotros, la gente del maíz, somos más creativos que otros”.

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Ya en casa, antes de acostarme (¡a las nueve de la noche!). Me ha venido muy bien el paseíto por la Gran Vía de Majadahonda para oxigenarme un poco, después del largo encierro del vuelo y de la semana en la hipercontaminada ciudad de México. También aquí ha llegado la primavera, tras las cuatro olas de frío, hielo y nieve del invierno. Y con el buen tiempo, las chicas han sacado a la calle sus camisetas con mensaje. En español (“Come y calla”, le dice Eva a Adán, tendiéndole una manzana) y en inglés (“I know what boys want”). No me extraña que los chicos anden asustados..., desde luego, en mi paseo no les he visto en la ropa ninguna frase que pueda dar la réplica a las de ellas.

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Un último apunte. El martes, en Coyoacán, compré el último número de una revista muy bonita, muy bien hecha, Algarabía, que acabo de leer. Con el subtítulo de Divertimento, cultura y lenguaje, reúne artículos sobre las ‘crudas' (borracheras) y sus remedios, los kleingärten berlineses, las supersticiones populares o el tío Óscar (Wilde), junto con otros de tema lingüístico, siempre en tono ligero y bienhumorado: hay uno sobre la omisión de los signos iniciales de interrogación y exclamación; otro acerca de la lengua de las mujeres en Hunan, China; y un tercero que recopila ejemplos de etimologías populares (“Son los gases del oficio”, “De tanto subir y bajar, me va a dar un parto cardíaco”, “Me lo contaron con lujuria de detalles”). En otro texto que habla sobre la letra te, vuelvo a encontrar, y a degustar, la cornucopia verbal mexicana, otro festín de sabores y sonidos: en toda “fiesta religiosa que lo amerite –es decir, todas-”, dice el artículo, “la «vitamina t» entra en acción: tamales, tortas, tlayudas, teleras, torundas, tinga, tasajo, totopos, tamarindos..., además de las combinaciones como la tostada de tinga, el taco de tripas, la tlayuda de tasajo y hasta el típico desayuno de terminal de Transporte: torta de tamal con «tuatole»”. ¡Viva México!
 
 
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