Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n.º 36, 25 de febrero de 2005. Majadahonda (Madrid)

Autorretrato de un pedante

(la manía de la corrección lingüística)


Victoriano Colodrón Denis
 
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Algunas de nuestras actitudes y reacciones nos retratan sin remedio ni compasión. Por ejemplo, les cuento: hace unos días iba yo en el tren de cercanías, de vuelta a casa, cuando sonó el timbre de un teléfono móvil en el asiento de atrás. Y esa fue la primera de las sorpresas que me llevé: no era la melodía de El señor de los anillos ni la de Antes muerta que sencilla, sino un discreto y evocador cri-cri de grillo que fue creciendo hasta que...

- ¿Diga?, ¿diga? –oí con gran admiración que decía el receptor de la llamada, un muchacho de pelo largo encanutado en rastas rígidas y como pegajosas. La sorpresa fue grande (ni más ni menos que “¿Diga?” en lugar del ahora omnipresente “¿Sí?”), pero lo mejor estaba por llegar:

- ¿Diga...? ¡Ah!, hola, Javi... En el tren, saliendo de Atocha; llegaré dentro de veinte minutos...

¡Dentro de veinte minutos! ¿Se dan cuenta?: dentro de veinte minutos, como ya no lo dice casi nadie (ahora todo el mundo ha abandonado el “dentro de” para pasarse al “en”: “Llegaré en veinte minutos”, habría dicho cualquier otra persona). En fin, sencillamente genial, yo no me lo podía creer. Y para rematar:

- ¡¡Te digo que llego dentro de...!! ¿Oye...?, ¿me oyes?, estoy quedándome sin cobertura, ¿me oyes ahora? Vaya...

La comunicación telefónica había concluido con ese uso correcto y ya inusual del verbo oír (lo normal habría sido: “¿Me escuchas?”), y yo es que no daba crédito, impresionado, muy gratamente sorprendido por la conversación. Ya se imaginarán ustedes por qué: en efecto, si disfruté tanto con ese intercambio de palabras banal y sin interés alguno, fue porque yo pertenezco al pintoresco club de los amigos de la corrección lingüística... ¿Les suena, verdad? Ya saben, me refiero a esa panda de pedantes pelmas y puntillosos que disfrutan –que disfrutamos- cazando gazapos verbales, subrayando solecismos, pleonasmos y anacolutos, persiguiendo extranjerismos innecesarios y traducciones mal aconsejadas por falsos amigos, descubriendo -¡¡¡ajá!!!- faltas de ortografía y corrigiendo todo tipo de errores... Maniáticos impenitentes cuyo mayor placer consiste en enfrentarnos a uno de esos textos –un informe, una carta, un artículo- en el que se han sembrado las comas al buen tuntún, esparcidas aquí y allá sin criterio alguno. ¡Qué gusto!, bien armados de un rotulador rojo (esto forma parte de nuestra imagen tópica, pero en realidad –créanme- no es imprescindible), qué gusto, decía, disponernos a poner las comas en su sitio...

¿Pero será posible que no tengamos nada más importante ni divertido que hacer? ¿De verdad que no? Quienes nos preguntan estas cosas, o las piensan pero se las callan (tal vez ustedes mismos), es que no nos conocen bien, ni son conscientes de que en realidad no se trata de una mera afición -o mejor dicho, un vicio- que nos proporciona buenos ratos de inocente disfrute. En realidad es una cruz, nuestra pequeña cruz: la de tener que sufrir que nos vean como unos pedantes de tomo y lomo pero no poder hacer nada por remediarlo, es decir, no poder reprimirnos antes de señalar un fallo: “Eso está mal escrito”, “no se dice así”, “ahí falta una tilde”... Una cruz que muchos cargamos con paciencia y un resignado encogimiento de hombros (aunque es verdad que también hay quienes la exhiben absurdamente con orgullo, como una medalla o una virtud). Y que además llevamos durante toda la vida, porque hay quien dice que la pedantería se cura con la edad, pero los de mi especie me temo que somos enfermos crónicos. Bueno, bien pensado..., tal vez sí, puede que la cosa sí se vaya dulcificando un poco con el paso de los años, que se le vayan atemperando a uno los ardores, los fervores y furores gramaticales, pero en el fondo...

Yo, no se vayan a pensar ustedes, es que lo tengo muy claro y no me quiero engañar: soy muy consciente de la importancia de las normas y de la necesidad de hablar y escribir bien, es decir, que veo muy justificada mi actitud, pero no por ello dejo de reconocer que me comporto a veces como un pesado y un pedante... Vamos, que una cosa no quita la otra, me parece a mí. Y para qué vamos a engañarnos: todo el que señala un error resulta antipático, ¿no? Porque, sean sinceros conmigo, ¿a ustedes no les ha fastidiado nunca que les corrigieran un texto, que les señalaran una falta de ortografía, que les hicieran ver que lo que querían decir estaba mejor dicho de otra manera? Sí, reconozcámoslo: a todos nos ha fastidiado, nos ha repateado, nos ha escocido. Pero sin razón: porque hemos pensado, equivocándonos, que quien de esa manera nos amonestaba, se colocaba al hacerlo en una posición de superioridad respecto a nosotros, y eso siempre es irritante. ¿No somos capaces de aceptar la crítica sin escozor? Porque en muchos casos tal vez el censor lingüístico, pobre de él, lejos de tener ínfulas de superioridad ni pizca alguna de arrogancia, es que no pueda dejar de actuar como lo hace...

Rasgos para un autorretrato

¿Que cómo somos los quisquillosos de la lengua? Pues hay quienes nos despachan con un despectivo: “¡Puristas!”. Y haberlos, haylos, no voy a negárselo -los puristas, quiero decir-, pero en realidad muchos de nosotros transigimos con la extensión de palabras o expresiones que consideramos incorrectas si eso sirve para que no se produzcan fracturas en la comunidad lingüística: es decir, pensamos que vale más una forma errónea compartida, común, que la convivencia desconcertante de formas distintas, las cabales con las equivocadas. Tenemos en esto ilustres predecesores. Por ejemplo, Dámaso Alonso, quien –según recordaba hace poco Víctor García de la Concha- ya en el año 56 proponía a las academias de la lengua: “Tranquilicemos a los puristas, porque es preferible aceptar determinadas formas incorrectas con tal de preservar la unidad de la lengua”. En el fondo (¿ingenuos de nosotros?) lo que nos importa es entendernos, y pensamos que este objetivo es más fácil cuando la expresión es correcta. Que los errores son concesiones, puertas abiertas al malentendido y la incomunicación.

También dice el tópico que en nuestro gremio, el de los viciosos de la gramática, son más frecuentes que en cualquier otro los humores atrabiliarios, los genios destemplados, los bufidos, los refunfuños y los sermones. Si son ustedes de este parecer, no digo yo que no tengan su mijita de razón, pero deben tener en cuenta que entre los obsesos de las palabras también hay muchas gentes pacíficas, tolerantes y bienintencionadas, incapaces de hacerle mal a nadie, y con tendencia, más que al exabrupto crítico, a la sonrisa, a la humorada pacífica y a las pullas de fuegos artificiales (ya saben, mucho espectáculo de luz y sonido y poca pólvora). Y si no me creen, ahí tienen los ejemplos sobresalientes de don Fernando Lázaro Carreter, del Marqués de Tamarón (¿recuerdan sus artículos de El guirigay nacional?), de Álex Grijelmo, de Alberto Gómez Font y tantos otros contertulios del foro Apuntes... Maniáticos entrañables, infatigables coleccionistas de minucias, candorosos perseguidores de quimeras (ese ideal inalcanzable de un texto sin tacha, perfecto...), afables amigos de matices y sutilezas dominados por un prurito de propiedad y precisión verbal que muchos consideran inofensivo, innecesario y hasta absurdo, pero de cuya importancia no se tendrá duda alguna si se piensa en lo barato que sale poner las palabras al servicio de la manipulación y la mentira...

Gentes, en fin, que –al menos es mi caso, no se lo escondo- nos sabemos in preda ad astratti furori, como decía el protagonista de una novela de Elio Vittorini: dominados por inocuos furores abstractos y también por sentimientos muchas veces encontrados. Sabemos, por ejemplo, que no sirve de mucho oponerse a los cambios lingüísticos, pero no podemos dejar de hacerlo cuando pensamos que esos cambios esconden en realidad degeneraciones producto de la ignorancia, la desidia o el acomplejamiento ante la supuesta superioridad de culturas foráneas. Actitudes que nos sublevan y nos encorajinan, y ante las que nos rebelamos, no sin dosis variadas de escepticismo y descreimiento hacia nuestra propia actitud. A la postre, ecologistas de la lengua, en lugar de meros ecólogos, como alguna vez ha explicado el propio Grijelmo: inclinados no sólo a constatar o estudiar los cambios (que no pensamos que sean buenos por el mero hecho de producirse), sino también a denunciarlos y enfrentarnos a ellos si se tercia.

Así que también somos un poco quijotes, la verdad, con todo lo que tienen los quijotes de ilusos y de patéticos. Porque, vamos a ver, empeñarse contra la corriente del uso en decir y escribir Ceilán en lugar de Sri Lanka, en utilizar el verbo “ignorar” sólo en su acepción correcta de “desconocer”, o en no “jugar un papel” o “mandar un e-mail” cuando se habla en español, ¿no es todo esto un poco quijotesco? Si es que lo sabemos nosotros mismos, no hace falta que nos lo vengan a restregar ustedes. Porque además tenemos siempre presente el ejemplo milenario del Appendix Probi, ¿no lo conocen?, ese viejísimo texto tan querido para latinistas y romanistas en el que un gramático de hace unos quince siglos corregía formas y pronunciaciones del habla vulgar y descuidada (“speculum non speclum”, “columna non colomna”, “calida non calda”). Y casi todo lo que allí se censuraba... ¡acabó imponiéndose!, o tal vez ya era de uso general y por eso hubo quien se dedicó a atacarlo. (Por cierto, aquel sí debía de ser un pedante de verdad: “maestro que enseñaba a los niños la gramática yendo a las casas”). De forma que al leer El dardo en la palabra y obras similares, no puede uno evitar pensar que todos esos modos de hablar acabarán extendiéndose, y que sus lectores de dentro de cien años (¡qué digo cien años!, dentro de nada, ya verán ustedes, a la vuelta de la esquina) se sorprenderán de que palabras y expresiones tan normales para ellos fueran un día incorrectas.

Tolerancia y comprensión entre los maniáticos del lenguaje

En suma, que hay errores que –lo sabemos- pueden dejar pronto de serlo. Tan pronto como vayan desapareciendo quienes los identifican como tales. Estoy seguro de que ya no hay muchas personas que se extrañen o sonrían cuando leen en la prensa que un político de la oposición declara, como sucedió hace unos días, que “la diplomacia española hace aguas” en lugar de “hace agua”. Pero vayan, vayan ustedes a Internet, a un buscador de noticias, y pregunten por esa expresión: la encontrarán mal utilizada en muy distintos textos, en boca de personas públicas de pelaje variado, y reproducidas en medios de todo el mundo hispánico. No, si va a resultar que tenía razón el académico Gregorio Salvador cuando aducía como una prueba más de la unidad del español el hecho de que en los periódicos de todos los países hispanohablantes se cometieran las mismas barbaridades.

Por cierto, ahí precisamente, en los periódicos, es donde los maniáticos del lenguaje vamos con más frecuencia a saciar la sed de nuestro triste vicio. No sólo porque se publican y los leemos todos los días –esa es la razón obvia-, sino también porque los periodistas, ya saben ustedes: tienen que escribir mucho y muy rápido, los pobres, y claro, es normal que se les escapen más a menudo los errores. Y aunque la lista de los que cometen no es demasiado larga (“evidencia”, mal traducido del inglés evidence, en lugar de “prueba”; catástrofe “humanitaria” por catástrofe “humana”; y otro par de docenas), insisten en ellos sin desmayo, con lo que parece una fe inquebrantable... Pero, hombre, si bastaría con que se leyeran un poco despacio dos o tres libros, ¿no les parece?, mismamente El dardo en la palabra de Lázaro Carreter, El estilo del periodista o La punta de la lengua de Grijelmo, el Manual de Español Urgente de Gómez Font para la Agencia EFE..., y así se les quedarían grabados los errores más comunes y las fórmulas para evitarlos.

En cualquier caso, como les decía antes, los fervores de este tipo, al igual que los demás, también se van calmando con el tiempo, y van dejando paso a una forma particular de tolerancia o incluso a muestras de abierta indiferencia, alternadas, eso sí, con el fuego racheado de una pasión que nunca llega a apagarse del todo, ya saben, un rescoldo que al menor soplo se vuelve a encender... Yo mismo, por ejemplo, he empezado a darme cuenta –y a no amargarme mucho por ello- de que, bien mirado, lo normal es la incorrección, y lo correcto es minoritario, excepcional, extraordinario: es decir, anormal. ¿Quién dice o escribe hoy bimestral para referirse a una publicación o a una actividad que se repite cada dos meses? Nadie, o casi nadie, ni siquiera muchos de los que trabajan en el sector de la edición o de los que se ocupan de organizar jornadas y reuniones: bimensual, dirán todos ellos, probablemente. Y además hay que contar con esos fenómenos de atracción irresistible que se producen en las lenguas, en las que también existen los imanes. Por ejemplo, el magnetismo que ejerce una palabra sobre las que riman con ella, para así crear feos ecos internos en las frases que uno escribe. Seguro que la ley de Murphy interviene también aquí, porque si existe la posibilidad de caer en un error, una incorrección o un anacoluto, parece siempre más fácil y más probable cometerlos que no incurrir en ellos.

Por todo lo que llevo dicho, me entenderán si les cuento que cuando leo un libro como los que les he citado o conozco a alguien que sufre de mi mismo mal, no puedo dejar de reconocerlo como a un hermano, como a un alma gemela. Y entonces suele haber entre nosotros una sonrisa triste y una mirada comprensiva pero, la verdad, tampoco muy entusiasta, aunque en el fondo cordial. Algo parecido a: “Mira qué bien, otro pobre hombre”. Y es que ver reflejada en un espejo humano nuestra propia deformidad no da para mucho más, háganse ustedes cargo, si acaso para eso, para un guiño cómplice y una íntima comezón: “¿Seré así yo también, como este monstruito...?”.

En fin, no les aburro más. Aunque pienso que si han llegado ustedes hasta aquí, hasta el final de este autorretrato, tal vez sea porque se han sentido identificados, quizá hasta pertenezcan a mi mismo club. Si es así, no pierdan más tiempo, no se priven: impriman este artículo, elijan su lápiz rojo favorito y... adelante, sin piedad, ¡a disfrutar!

 

 
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