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" ...como si fuera esta noche la
última vez...", entonaba una
vez más la bella Rosanna desde
el escenario del bar Indochina, en la
noche de Singapur. El novelista español,
recostado en un sofá de la terraza,
entrecerrados los ojos, con expresión
soñadora, acompañaba sin
voz los versos de la canción; Ana
María y Diego daban una lección
de baile agarrao -con un toque porteño-
al compás de la música;
y yo, sin dejar de atender a todo eso,
y entre sorbo y sorbo a mi dry
martini,
ponderaba la desproporcionada estratificación
de la vista que ofrecía la orilla
contraria del río Singapur: primero,
en los muelles, la línea baja de
restaurantitos para turistas, resguardada
mucho más arriba por las moles
ciclópeas de los rascacielos sombríos
que apenas dejaban sitio para la tercera
banda, aún más oscura, la
del propio cielo, por donde viajaban ahora
gruesos nubarrones, presagio de una nueva
tormenta tropical.
"Vamos
a cantar algo en español",
había anunciado en esta misma lengua
Rosanna, la joven artista china; los hispanohablantes
presentes habíamos dejado las copas
en la mesa para agradecer la sorpresa
con un aplauso inicial, y enseguida
habían sonado los primeros acordes
-piano y contrabajo- de Bésame
mucho. "Así que la
noche de Singapur", pensé,
"también guarda un lugarcito
para la lengua española".
Porque durante el día sí,
durante el día ya me había
dado cuenta de que el español ocupaba
un espacio -modesto, pero creciente- en
la vida de la vibrante ciudad-estado asiática
de cinco millones de habitantes, cuatro
idiomas oficiales (chino, malayo, tamil
e inglés) y un dialecto local,
el Singlish.
Había bastado para ello la entrevista,
esa misma mañana, con la
persona con la que hay que hablar para
saber algo sobre la enseñanza de
nuestra lengua en Singapur: Colin Lau.
Antes de mi viaje a la isla, había
encontrado en Internet el interesante
relato de su experiencia de estudiante
y profesor singapurense de español.
En él, Colin explicaba que desde
pequeño, sin motivo aparente, le
había fascinado México,
y contaba cómo, tras un primer
curso decepcionante en Singapur, se había
ido a aprender español a Estados
Unidos, a la Universidad del Norte de
Tejas, donde durante tres años
había estudiado bajo la tutela
de una profesora estadounidense muy experimentada.
Después de un semestre en una universidad
privada de Ciudad de México, regresó
a Singapur y empezó a enseñar
español, primero en el YMCA local
y después en una academia de negocios
e idiomas, el Coleman Commercial &
Language Centre, donde casi muere de éxito:
al cabo de poco tiempo, era responsable
de seis profesores y de cien estudiantes,
y el trabajó acabó desbordándole.
Ahora, Colin, de treinta y pocos años,
se centra en su trabajo en la International
School of Singapore, un instituto de educación
secundaria en el que enseña español
e inglés como lengua extranjera
a chicos de diecisiete y dieciocho años.
"En Singapur, el nivel de enseñanza
del español en la Universidad es
ahora más bajo que en algunos centros
de secundaria", me aseguró
mientras almorzábamos en uno de
los restaurantes a la orilla del río,
en Clarke Quay. Cuando le pregunté
por el interés que existe en Singapur
hacia el español, me explicó
que es muy grande, similar al que suscita
el alemán, pero todavía
menor del que despiertan el japonés
y el francés. Eso sí, en
su centro -precisó orgulloso- la
lengua extranjera preferida es el español,
que los alumnos eligen conscientes de
su creciente importancia internacional,
pero también porque piensan que
les resultará más fácil
de aprender que otros idiomas.
"Pero dime, ¿cómo
puedo enseñar una lengua si sus
propios hablantes no se ponen de acuerdo
y se critican entre sí?",
me preguntaba Colin, indignado con la
actitud de rechazo que decía encontrar
en muchos hispanohablantes hacia las variedades
del español ajenas a la propia:
"El colombiano se burla de cómo
habla el chileno, el argentino se ríe
de la pronunciación del panameño...
En el mundo anglosajón sucede todo
lo contrario", me explicaba, expresivo,
con energía, "apreciamos también
las formas del inglés diferentes
de las nuestras. Cuando otro habla mi
lengua, yo me alegro, la hable como la
hable. Lo que hay que enfatizar es siempre
lo que nos une, porque lo importante es
comunicarse".
Me interesaba saber si Colin contaba
con algún tipo de ayuda de los
países hispanohablantes en su labor
como profesor de español. "La
verdad es que tengo contactos con algunas
embajadas hispanoamericanas, sobre todo
con la de México", me contó,
"pero recibo muy poco apoyo, sólo
alguna referencia, algunos folletos...,
por ejemplo, los que me da la oficina
de turismo de España, que por cierto
todavía no tiene embajada en Singapur".
¿Le gustaría a Colin que
el Instituto Cervantes se instalara en
la ciudad? "No sé si hace
mucha falta. Es verdad que para examinarse
del Diploma de Español como Lengua
Extranjera, el DELE, hay que viajar a
Kuala Lumpur, pero no está lejos,
son sólo unas horas en autobús.
¿Sabes?, el Instituto Cervantes
me ha propuesto alguna vez crear en la
International School un Aula Cervantes,
y me lo estoy pensando, aunque creo que
me daría mucho trabajo y ¡tengo
ya tanto!".
Estudiantes
de español en Singapur
"¡Bésame
mucho!", exclamó el
novelista, aprovechando que Rosanna acababa
de terminar la canción que había
estado cantando. Era nuestra segunda noche
en el bar Indochina, a la orilla del río
Singapur, y el novelista no se había
resistido a lanzar la petición.
Rosanna sonrió, mirando al bullicioso
grupo de hispanohablantes, y accedió
enseguida: "Sí, claro, ahora
una bonita canción en español
para estos amigos".
¿Tal vez Rosanna había
aprendido español en Singapur con
Colin, quizá había sido
alumna suya?, me pregunté. Y mientras
apuraba el daiquiri, y la bonita voz de
la cantante ("quiero sentirte muy
cerca, mirarme en tus ojos, verte junto
a mí...") dejaba fluir las
palabras en un español desde luego
mejor pronunciado que el de Diana Krall
en su versión del mismo bolero,
empecé a pensar en el esfuerzo
que debía de suponer, en este minúsculo
país oriental, interesarse por
una lengua y una cultura tan lejanas,
enseñarlas o estudiarlas. Y recordé
lo que me había contado Colin sobre
el escaso apoyo oficial de los países
hispanohablantes, y que eso mismo habían
denunciado hacía sólo unos
meses algunos hispanistas asiáticos
en Monterrey, en el congreso mundial de
hispanistas: "España no comprende
la importancia de Asia", había
afirmado allí el coreano Park Chul.
Paseando por Singapur, en Chinatown, yo
tuve la impresión de que en el
futuro la situación internacional
del español puede depender, tanto
o más que de Brasil o Estados Unidos,
de Asia: de Singapur, Tailandia, Indonesia,
Corea, China, India, Japón... ¡Si
en estos países se pusieran a estudiar
la lengua española...! ¡Si
pudieran...! (Parece que el Instituto
Cervantes es ahora consciente de que se
trata de un "continente estratégico"
-lo decía hace poco su director,
César Antonio Molina-, y planea
intensificar allí sus acciones
de expansión).
Solas, alejadas, sin apenas medios ni
recursos en muchas ocasiones, para estas
personas el aprendizaje del español
y el estudio de las culturas que en él
se expresan debe de ser una tarea difícil
y esforzada -pensaba yo-, muestra de un
interés y una determinación
auténticos, en cualquier caso mayores
de los que requiere la misma actividad
en entornos más propicios. Y eso
que en Singapur la cosa no está
del todo mal: siempre puede uno ir a la
librería Borders, en Orchard Road
(la palpitante, frenética, desaforada
avenida comercial de la ciudad) y encontrar
algo útil en la sección
de lenguas extranjeras. Este es un indicio
tal vez menor, pero significativo, del
interés que hay en un país
determinado por una lengua extranjera:
el espacio que ocupan en sus librerías
los libros para aprenderla. Y en Borders
el español -los manuales, las gramáticas,
los diccionarios de español, en
su mayoría editados en Estados
Unidos- ocupaba unos catorce estantes,
los mismos que el francés, el doble
que el alemán y que el japonés,
muchísimos más que el italiano,
el portugués o cualquier otro idioma.
¿Qué otros recursos tienen
los estudiantes singapurenses de español
para practicar nuestra lengua, para estar
en contacto con ella? Por ejemplo, las
fiestas latinas que se montan en muchos
bares y discotecas de la ciudad (la salsa
hace aquí furor, como en otros
muchos países asiáticos),
las reuniones y las celebraciones del
Círculo Latino, compuesto principalmente
por hispanoamericanos residentes en la
isla, o las que convoca la Asociación
de Mujeres de Habla Española, Nosotras.
Claro que también se puede recurrir
a Internet cuando no se tienen otros recursos
al alcance para aprender español.
Y debe de ser algo habitual en Singapur,
uno de los países del mundo con
mayor nivel de uso de las tecnologías
de la información y de acceso a
la Red. En ella los habitantes de la ciudad
encontrarán sitios como spanish.theasian.net,
creado por Michael, un joven estudiante
de español, o podrán unirse
al Spanish Meetup Group, un grupo de personas
interesadas en nuestra lengua que se mantienen
en contacto mediante un popular servicio
de creación de comunidades virtuales
y se citan al menos una vez al mes para
charlar en español. En el café
Olio Dome, de Park Mall, yo participé
en una de esas reuniones, y allí,
mientras me tomaba una cerveza Tiger,
conocí a Zeng, Justin, Laurence
y Seline.
Zeng, un muchacho de catorce años
cuyo alias en la Red es Uzzy, me contó
que había aprendido un poco de
español charlando por Internet
con chicos españoles, argentinos,
mexicanos, colombianos... En el colegio
no lo estudiaba, pero con la ayuda de
sus amigos cibernautas y de un diccionario
que había comprado, parecía
haber aprendido bastante. ¿Y la
pronunciación?, ¿cómo
era posible que Uzzy fuera capaz de pronunciar
tan bien? Gracias a la música,
aclaró, y nos confesó riendo
su afición por ¡Luis Miguel
y Ricky Martin! Por su parte, Justin hablaba
español con una gran fluidez adquirida
en Oklahoma, donde había estudiado
publicidad. Ahora, en Singapur, intentaba
no perder lo que había aprendido,
pero se lamentaba -y todos los compañeros
del Spanish Meetup Group lo secundaban-
de que en el país no se pudiera
captar ningún canal de televisión
en español. En cuanto a Selina,
me pareció que daba un poco de
envidia a los demás cuando habló
de sus dos estancias en España
para estudiar el idioma, la primera en
Granada y la segunda en Salamanca. Y por
último, Laurence, un joven irlandés
que llevaba casi un año trabajando
en Singapur, asistía por primera
vez a una reunión del grupo deseando
preguntar por una buena escuela de español
en la ciudad: "Como aquí no
hay un Instituto Cervantes..."
Singapore
Sling y sorpresa en el hotel Raffles
No quería irme de Singapur sin
acercarme al mítico hotel Raffles
a beberme un Singapore
Sling,
su cóctel más famoso. A
las seis de la tarde de mi último
día en la ciudad, antes de salir
para el aeropuerto, me acomodé
en un taburete de la barra del Long Bar,
en una de las terrazas ajardinadas del
viejo hotel de estilo colonial, para sorber
de una pajita el frío combinado
de ginebra, aguardiente de cereza, zumo
de lima y piña, Cointreau, Dom
Benedictine, granadina y unas gotas de
angostura (al parecer, cuando fue creado
a principios del siglo veinte por el barman
chino Ngiam Tong Boon, era una bebida
para mujeres, lo que explicaría
sus ingredientes, su color anaranjado
y su dulzor). Acababa de descargar un
aguacero y quizá por eso la terraza
estaba vacía, todavía mojada,
y sólo me acompañaban en
la barra del bar una familia australiana
-los padres y sus dos hijas adolescentes-
y una pareja.
Y entonces, de repente, cuando estaba
apurando mi cóctel, me llevé
la enorme sorpresa de ver llegar a...
¡¡Rosanna!!, la joven cantante
del bar Indochina.... Era ella, sí,
la que se sentó en una de las mesas,
sacó un libro del bolso, habló
con el camarero y empezó a beber
lo que parecía ser un Singapore
Sling de color más pálido
de lo normal. "I know that girl",
le dije al camarero cuando volvió
a la barra después de haber servido
a Rosanna, y le expliqué la casualidad,
y él entonces me contó que
de vez en cuando la cantante iba allí
a tomarse un Singapore
Sling, pero que lo pedía
siempre sin granadina y con triple ración
de angostura. Al pasar al lado de su mesa
para salir, no pude evitar la tentación
de curiosear el título del libro
que leía, y así supe que
estaba practicando su español:
¡era un ejemplar de la edición
de bolsillo de Oscura
en la belleza!, tal vez la mejor
novela del mismo novelista que unas noches
atrás, orilla del Singapur, había
entrecerrado los ojos con expresión
soñadora escuchándola cantar
Bésame
mucho. Me alejé de allí
estupefacto, sin dar crédito a
la coincidencia, y empezando a preguntarme
si lo sería en realidad, si ese
libro no llevaría una dedicatoria
en la primera página...
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