Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 33, 22 de noviembre de 2004. Majadahonda (Madrid)

Bésame mucho... en Singapur

(noticia de la lengua española en un rincón de Asia)


Victoriano Colodrón Denis
 
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" ...como si fuera esta noche la última vez...", entonaba una vez más la bella Rosanna desde el escenario del bar Indochina, en la noche de Singapur. El novelista español, recostado en un sofá de la terraza, entrecerrados los ojos, con expresión soñadora, acompañaba sin voz los versos de la canción; Ana María y Diego daban una lección de baile agarrao -con un toque porteño- al compás de la música; y yo, sin dejar de atender a todo eso, y entre sorbo y sorbo a mi
dry martini, ponderaba la desproporcionada estratificación de la vista que ofrecía la orilla contraria del río Singapur: primero, en los muelles, la línea baja de restaurantitos para turistas, resguardada mucho más arriba por las moles ciclópeas de los rascacielos sombríos que apenas dejaban sitio para la tercera banda, aún más oscura, la del propio cielo, por donde viajaban ahora gruesos nubarrones, presagio de una nueva tormenta tropical.

"Vamos a cantar algo en español", había anunciado en esta misma lengua Rosanna, la joven artista china; los hispanohablantes presentes habíamos dejado las copas en la mesa para agradecer la sorpresa con un aplauso inicial, y enseguida habían sonado los primeros acordes -piano y contrabajo- de Bésame mucho. "Así que la noche de Singapur", pensé, "también guarda un lugarcito para la lengua española". Porque durante el día sí, durante el día ya me había dado cuenta de que el español ocupaba un espacio -modesto, pero creciente- en la vida de la vibrante ciudad-estado asiática de cinco millones de habitantes, cuatro idiomas oficiales (chino, malayo, tamil e inglés) y un dialecto local, el Singlish. Había bastado para ello la entrevista, esa misma mañana, con la persona con la que hay que hablar para saber algo sobre la enseñanza de nuestra lengua en Singapur: Colin Lau.

Antes de mi viaje a la isla, había encontrado en Internet el interesante relato de su experiencia de estudiante y profesor singapurense de español. En él, Colin explicaba que desde pequeño, sin motivo aparente, le había fascinado México, y contaba cómo, tras un primer curso decepcionante en Singapur, se había ido a aprender español a Estados Unidos, a la Universidad del Norte de Tejas, donde durante tres años había estudiado bajo la tutela de una profesora estadounidense muy experimentada. Después de un semestre en una universidad privada de Ciudad de México, regresó a Singapur y empezó a enseñar español, primero en el YMCA local y después en una academia de negocios e idiomas, el Coleman Commercial & Language Centre, donde casi muere de éxito: al cabo de poco tiempo, era responsable de seis profesores y de cien estudiantes, y el trabajó acabó desbordándole.

Ahora, Colin, de treinta y pocos años, se centra en su trabajo en la International School of Singapore, un instituto de educación secundaria en el que enseña español e inglés como lengua extranjera a chicos de diecisiete y dieciocho años. "En Singapur, el nivel de enseñanza del español en la Universidad es ahora más bajo que en algunos centros de secundaria", me aseguró mientras almorzábamos en uno de los restaurantes a la orilla del río, en Clarke Quay. Cuando le pregunté por el interés que existe en Singapur hacia el español, me explicó que es muy grande, similar al que suscita el alemán, pero todavía menor del que despiertan el japonés y el francés. Eso sí, en su centro -precisó orgulloso- la lengua extranjera preferida es el español, que los alumnos eligen conscientes de su creciente importancia internacional, pero también porque piensan que les resultará más fácil de aprender que otros idiomas.

"Pero dime, ¿cómo puedo enseñar una lengua si sus propios hablantes no se ponen de acuerdo y se critican entre sí?", me preguntaba Colin, indignado con la actitud de rechazo que decía encontrar en muchos hispanohablantes hacia las variedades del español ajenas a la propia: "El colombiano se burla de cómo habla el chileno, el argentino se ríe de la pronunciación del panameño... En el mundo anglosajón sucede todo lo contrario", me explicaba, expresivo, con energía, "apreciamos también las formas del inglés diferentes de las nuestras. Cuando otro habla mi lengua, yo me alegro, la hable como la hable. Lo que hay que enfatizar es siempre lo que nos une, porque lo importante es comunicarse".

Me interesaba saber si Colin contaba con algún tipo de ayuda de los países hispanohablantes en su labor como profesor de español. "La verdad es que tengo contactos con algunas embajadas hispanoamericanas, sobre todo con la de México", me contó, "pero recibo muy poco apoyo, sólo alguna referencia, algunos folletos..., por ejemplo, los que me da la oficina de turismo de España, que por cierto todavía no tiene embajada en Singapur". ¿Le gustaría a Colin que el Instituto Cervantes se instalara en la ciudad? "No sé si hace mucha falta. Es verdad que para examinarse del Diploma de Español como Lengua Extranjera, el DELE, hay que viajar a Kuala Lumpur, pero no está lejos, son sólo unas horas en autobús. ¿Sabes?, el Instituto Cervantes me ha propuesto alguna vez crear en la International School un Aula Cervantes, y me lo estoy pensando, aunque creo que me daría mucho trabajo y ¡tengo ya tanto!".

Estudiantes de español en Singapur

Bésame mucho!", exclamó el novelista, aprovechando que Rosanna acababa de terminar la canción que había estado cantando. Era nuestra segunda noche en el bar Indochina, a la orilla del río Singapur, y el novelista no se había resistido a lanzar la petición. Rosanna sonrió, mirando al bullicioso grupo de hispanohablantes, y accedió enseguida: "Sí, claro, ahora una bonita canción en español para estos amigos".

¿Tal vez Rosanna había aprendido español en Singapur con Colin, quizá había sido alumna suya?, me pregunté. Y mientras apuraba el daiquiri, y la bonita voz de la cantante ("quiero sentirte muy cerca, mirarme en tus ojos, verte junto a mí...") dejaba fluir las palabras en un español desde luego mejor pronunciado que el de Diana Krall en su versión del mismo bolero, empecé a pensar en el esfuerzo que debía de suponer, en este minúsculo país oriental, interesarse por una lengua y una cultura tan lejanas, enseñarlas o estudiarlas. Y recordé lo que me había contado Colin sobre el escaso apoyo oficial de los países hispanohablantes, y que eso mismo habían denunciado hacía sólo unos meses algunos hispanistas asiáticos en Monterrey, en el congreso mundial de hispanistas: "España no comprende la importancia de Asia", había afirmado allí el coreano Park Chul. Paseando por Singapur, en Chinatown, yo tuve la impresión de que en el futuro la situación internacional del español puede depender, tanto o más que de Brasil o Estados Unidos, de Asia: de Singapur, Tailandia, Indonesia, Corea, China, India, Japón... ¡Si en estos países se pusieran a estudiar la lengua española...! ¡Si pudieran...! (Parece que el Instituto Cervantes es ahora consciente de que se trata de un "continente estratégico" -lo decía hace poco su director, César Antonio Molina-, y planea intensificar allí sus acciones de expansión).

Solas, alejadas, sin apenas medios ni recursos en muchas ocasiones, para estas personas el aprendizaje del español y el estudio de las culturas que en él se expresan debe de ser una tarea difícil y esforzada -pensaba yo-, muestra de un interés y una determinación auténticos, en cualquier caso mayores de los que requiere la misma actividad en entornos más propicios. Y eso que en Singapur la cosa no está del todo mal: siempre puede uno ir a la librería Borders, en Orchard Road (la palpitante, frenética, desaforada avenida comercial de la ciudad) y encontrar algo útil en la sección de lenguas extranjeras. Este es un indicio tal vez menor, pero significativo, del interés que hay en un país determinado por una lengua extranjera: el espacio que ocupan en sus librerías los libros para aprenderla. Y en Borders el español -los manuales, las gramáticas, los diccionarios de español, en su mayoría editados en Estados Unidos- ocupaba unos catorce estantes, los mismos que el francés, el doble que el alemán y que el japonés, muchísimos más que el italiano, el portugués o cualquier otro idioma.

¿Qué otros recursos tienen los estudiantes singapurenses de español para practicar nuestra lengua, para estar en contacto con ella? Por ejemplo, las fiestas latinas que se montan en muchos bares y discotecas de la ciudad (la salsa hace aquí furor, como en otros muchos países asiáticos), las reuniones y las celebraciones del Círculo Latino, compuesto principalmente por hispanoamericanos residentes en la isla, o las que convoca la Asociación de Mujeres de Habla Española, Nosotras. Claro que también se puede recurrir a Internet cuando no se tienen otros recursos al alcance para aprender español. Y debe de ser algo habitual en Singapur, uno de los países del mundo con mayor nivel de uso de las tecnologías de la información y de acceso a la Red. En ella los habitantes de la ciudad encontrarán sitios como spanish.theasian.net, creado por Michael, un joven estudiante de español, o podrán unirse al Spanish Meetup Group, un grupo de personas interesadas en nuestra lengua que se mantienen en contacto mediante un popular servicio de creación de comunidades virtuales y se citan al menos una vez al mes para charlar en español. En el café Olio Dome, de Park Mall, yo participé en una de esas reuniones, y allí, mientras me tomaba una cerveza Tiger, conocí a Zeng, Justin, Laurence y Seline.

Zeng, un muchacho de catorce años cuyo alias en la Red es Uzzy, me contó que había aprendido un poco de español charlando por Internet con chicos españoles, argentinos, mexicanos, colombianos... En el colegio no lo estudiaba, pero con la ayuda de sus amigos cibernautas y de un diccionario que había comprado, parecía haber aprendido bastante. ¿Y la pronunciación?, ¿cómo era posible que Uzzy fuera capaz de pronunciar tan bien? Gracias a la música, aclaró, y nos confesó riendo su afición por ¡Luis Miguel y Ricky Martin! Por su parte, Justin hablaba español con una gran fluidez adquirida en Oklahoma, donde había estudiado publicidad. Ahora, en Singapur, intentaba no perder lo que había aprendido, pero se lamentaba -y todos los compañeros del Spanish Meetup Group lo secundaban- de que en el país no se pudiera captar ningún canal de televisión en español. En cuanto a Selina, me pareció que daba un poco de envidia a los demás cuando habló de sus dos estancias en España para estudiar el idioma, la primera en Granada y la segunda en Salamanca. Y por último, Laurence, un joven irlandés que llevaba casi un año trabajando en Singapur, asistía por primera vez a una reunión del grupo deseando preguntar por una buena escuela de español en la ciudad: "Como aquí no hay un Instituto Cervantes..."

Singapore Sling y sorpresa en el hotel Raffles

No quería irme de Singapur sin acercarme al mítico hotel Raffles a beberme un Singapore Sling, su cóctel más famoso. A las seis de la tarde de mi último día en la ciudad, antes de salir para el aeropuerto, me acomodé en un taburete de la barra del Long Bar, en una de las terrazas ajardinadas del viejo hotel de estilo colonial, para sorber de una pajita el frío combinado de ginebra, aguardiente de cereza, zumo de lima y piña, Cointreau, Dom Benedictine, granadina y unas gotas de angostura (al parecer, cuando fue creado a principios del siglo veinte por el barman chino Ngiam Tong Boon, era una bebida para mujeres, lo que explicaría sus ingredientes, su color anaranjado y su dulzor). Acababa de descargar un aguacero y quizá por eso la terraza estaba vacía, todavía mojada, y sólo me acompañaban en la barra del bar una familia australiana -los padres y sus dos hijas adolescentes- y una pareja.

Y entonces, de repente, cuando estaba apurando mi cóctel, me llevé la enorme sorpresa de ver llegar a... ¡¡Rosanna!!, la joven cantante del bar Indochina.... Era ella, sí, la que se sentó en una de las mesas, sacó un libro del bolso, habló con el camarero y empezó a beber lo que parecía ser un Singapore Sling de color más pálido de lo normal. "I know that girl", le dije al camarero cuando volvió a la barra después de haber servido a Rosanna, y le expliqué la casualidad, y él entonces me contó que de vez en cuando la cantante iba allí a tomarse un Singapore Sling, pero que lo pedía siempre sin granadina y con triple ración de angostura. Al pasar al lado de su mesa para salir, no pude evitar la tentación de curiosear el título del libro que leía, y así supe que estaba practicando su español: ¡era un ejemplar de la edición de bolsillo de Oscura en la belleza!, tal vez la mejor novela del mismo novelista que unas noches atrás, orilla del Singapur, había entrecerrado los ojos con expresión soñadora escuchándola cantar Bésame mucho. Me alejé de allí estupefacto, sin dar crédito a la coincidencia, y empezando a preguntarme si lo sería en realidad, si ese libro no llevaría una dedicatoria en la primera página...

 

 
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