Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 3, 11 de noviembre de 2001. Majadahonda (Madrid)

Diario de Valladolid

(crónica del II Congreso Internacional de la Lengua Española)


Victoriano Colodrón Denis
 
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Viernes 19 de octubre

He dejado Valladolid azotada por una lluvia fría. Los viajeros que esperábamos el tren para Madrid, que venía de León, nos apretábamos bajo la marquesina del andén, intentando protegernos de las ráfagas oblicuas de gotas heladas, que caían sobre nosotros tras rebotar en un mercancías parado en la vía de detrás. Creo que todos estábamos sorprendidos por el frío y hemos agradecido poder entrar en el tren, seco y cálido. La lluvia empezó esta mañana, cuando salí del hotel a dar una vuelta, antes de la primera sesión del congreso. Quería ir al río, pero el calabobos pronto se convirtió en una tupida manta de agua, así que desistí de mi propósito.

- ¿Te das cuenta de que nos han utilizado? –me ha preguntado Alberto hace un rato, mientras tomábamos un bocadillo y un café en el bar de la estación-. Los organizadores del congreso, quiero decir.

- ¿A qué te refieres?

- Bueno, a eso, a que nos han utilizado. ¿Te acuerdas de lo que repitieron machaconamente Juaristi y García de la Concha en los días previos al congreso, eso de que su objetivo era llamar la atención de los políticos y los agentes económicos sobre la importancia de la lengua?

- Sí, y también dijeron que el congreso iba a ser una presentación del español en el mundo, ¿y? -la verdad es que Alberto estaba consiguiendo intrigarme.

- Bueno -me ha explicado-, pues yo creo que lo han conseguido de sobra, no hay más que ver el despliegue de los medios de comunicación y la cobertura que han hecho del congreso... Pero lo han conseguido en parte a costa de sacrificar a ese impacto mediático y al relumbrón de los nombres famosos un poco de la seriedad y el rigor con el que hay que tratar las cuestiones de las que aquí se ha hablado. No quiero decir que no haya habido aportaciones útiles, clarificadoras o incluso brillantes, pero yo creo que en general los congresistas hemos sido los figurantes de la obra, que estábamos ahí porque éramos necesarios para que se alcanzaran los fines previstos. Quiero decir que el congreso se ha hecho para llamar la atención, y no hay congreso sin congresistas...

- Alberto –le he interrumpido-, ¿no te parece una interpretación un poco forzada?

Antes de responderme, ha apurado tranquilamente el café y ha encendido un cigarrillo.

- Puede ser, sí. En fin, no estoy seguro. Si lo piensas bien, ¿no te parece que el congreso ha sido bastante confuso? Y en el fondo daba igual que lo fuera, porque el caso era hacer ruido en los medios, que no digo que sea un mal objetivo. Pero yo he echado en falta un poco de claridad y también de precisión y finura en los análisis sobre algunas cuestiones concretas, y es que a lo mejor se han querido cubrir demasiados frentes. ¿Y qué me dices de los diez paneles simultáneos de ayer y antesdeayer, cada uno de ellos con una decena de ponentes? Eso no es serio, no ha habido tiempo para presentar las comunicaciones y menos para el debate...

Luego, ya en la sala de espera, hemos hablado sobre la programada falta de conclusiones del congreso, que también se encargaron de anunciar con antelación sus organizadores. “Hombre, lo que está claro es que así el congreso resulta mucho más cómodo para sus responsables”, me ha dicho Alberto, “y no sólo porque reduce considerablemente su trabajo durante el congreso, y el de los coordinadores de mesas redondas y paneles. También porque hace más difícil la valoración y el seguimiento posterior de lo que aquí se ha dicho y se ha hecho. Con unas conclusiones finales, por ejemplo, siempre se corre el riesgo de que después a alguien se le ocurra calibrar aciertos y desaciertos, medir avances y hasta pedir cuentas...”. Le he dicho que aunque ese riesgo existe, en la práctica no se suele concretar, porque la memoria en torno a algunas cosas suele ser flaca y el compromiso institucional escaso: “¿Quién ha preguntado en este congreso por los proyectos y las propuestas formuladas en Zacatecas hace cuatro años? Por ejemplo, aquella de la libre circulación del libro por los países iberoamericanos, o la de la elaboración de unas pautas grafemáticas comunes para todos los medios de comunicación en español”.

Mientras le acompañaba a comprar unas chucherías para sus hijos en la tienda de la estación, hemos seguido charlando. Los dos estábamos de acuerdo en que el congreso habría resultado más útil y habría alcanzado mejor sus objetivos si se hubiera cerrado con unas conclusiones. Qué menos que instar a la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno que se celebra dentro de poco en Lima a adoptar medidas de coordinación y fomento relacionadas con la lengua española. En las conclusiones podrían haberse recogido otros muchos datos, ideas y propuestas que se han planteado en el congreso, y que lo habrían convertido en un documento tal vez de algún provecho.

El Castilla y León Express avanza hacia el sur. Dejamos atrás Medina del Campo, una de las antiguas capitales del comercio lanero. Me acuerdo de que en su libro Gente de Cervantes, Juan Ramón Lodares explica que el tráfico de personas y mercancías en torno al comercio de la lana contribuyó desde el siglo XV a la intensificación de los vínculos económicos y las relaciones comerciales entre distintos puntos de la península, y también a la necesidad de una lengua común, que desde época muy temprana fue el castellano. Por eso, dice, “si las lenguas tuvieran escudos como los tienen las naciones o los equipos de fútbol, en el de la española no figuraría ni un águila imperial, ni un león rampante, ni nada aparentemente noble: figuraría una simple oveja. Trasquilada” [1].

Esta mañana, Carlos Fuentes ha estado soberbio. Su ponencia, correspondiente a la sección sobre la unidad y la diversidad del español, ha tenido más la categoría de un discurso de clausura. Los congresistas se lo hemos premiado con un larguísimo aplauso, el más largo sin duda de los brindados durante el congreso a un orador. El inicio ha sido inolvidable, con un ágil diálogo en jerga chilanga que Fuentes ha interpretado más que leído, con toda una exhibición de gestos, pausas y entonaciones. Al leerlo en español es cuando nos hemos enterado de que uno de los interlocutores quería convencer al otro de que se dedicara a la política, y le hacía ver lo fácil que le iba a resultar entonces dedicarse a asuntos como el tráfico de drogas. Toda esta parte inicial del discurso, incluida la versión de la plática en latín, ha resultado hilarante, el público no dejaba de reír.

Por lo demás, el discurso ha sido largo, denso y vibrante, y en él Fuentes ha insistido en ideas e imágenes que ha expuesto en otras ocasiones: el español como un idioma impuro, como una lengua de migraciones y mestizaje. Entre otras cosas, ha resaltado la existencia de un ancho espacio cultural hispanohablante, mucho más amplio que el anglosajón, que ha calificado como “balcanizado”. También ha apuntado el riesgo de que, una vez fraguado en cada país iberoamericano un sentimiento de identidad nacional, se exacerben el nacionalismo, la xenofobia y la autoexaltación, y frente a ello ha reclamado la necesidad de “saber lo que no somos”, de conocer y apreciar “las diversidades de todo tipo”. Recurriendo a Croce, y a su idea de “un popolo intero poetante”, Fuentes se ha preguntado si hemos perdido la capacidad de ver nuestra cultura como el producto de una poética compartida.

Los viajeros van quedándose dormidos y se hace el silencio en el vagón. Llevo un buen rato sin mirar el paisaje, concentrado en estas notas.

En la mesa redonda con la que ha concluido el congreso, la relativa a la unidad y la diversidad del español, el profesor Ángel López ha intentado demostrar cómo a lo largo de la historia de la lengua determinadas tendencias centrífugas (las migraciones, la creación de las repúblicas americanas) se han visto frenadas por instituciones unificadoras, como la Academia y la educación. Por cierto que para ello ha aplicado a la cuestión de la unidad de la lengua el modelo científico de la genética, a mi juicio de forma un tanto forzada y tal vez innecesaria.

Después ha hablado de la actual diversificación léxica del español, favorecida por la continua aparición de nuevas cosas a las que se dan nombres distintos en los diferentes países del dominio hispano, sin que se vea claramente una instancia que ponga freno a ese fenómeno. Ha sido curiosa su observación de cómo las empresas están influyendo en nuestros inventarios léxicos: sucede con frecuencia que cada empresa de un mismo sector llame a las mismas cosas de forma distinta, favoreciendo esa diversificación, en este caso debida a causas caprichosas, estadísticamente aleatorias.

El mexicano José Moreno de Alba, para tratar de la cuestión del léxico, se ha referido a recientes investigaciones de dos tipos: las que estudian los vocabularios esenciales del habla de determinados países o regiones, y las que analizan la disponibilidad léxica de los encuestados, las palabras que conocen de un determinado campo léxico. Parece que las conclusiones de unas y otras son dispares: mientras que las primeras parecen revelar que existe una amplia base léxica común entre las distintas variedades del español, las segundas muestran una gran diversidad, así que Moreno de Alba ha concluido que toda esta cuestión... es relativa.

El moderador, Humberto López Morales, ha querido intervenir, antes de dar por cerrada la sesión, para subrayar las tendencias contrarias a la disgregación. Ha dicho que el 99% del léxico de los grandes diarios hispanoamericanos en Internet pertenece al español general; que la lengua de los culebrones que se ven en todos los países hispánicos es casi del todo ajena a particularismos de una variedad específica; que está aumentando la capacidad de los hispanohablantes de comprender los términos propios de un dialecto del español que no es el suyo (su “competencia pasiva”); y que el léxico que va “muriendo” en cada país, el que deja de utilizarse de forma general, es precisamente el léxico particular de la correspondiente variedad nacional.

He echado de menos alguna precisión de tipo sociolingüístico para tratar esta cuestión de la unidad y la diversidad de la lengua, y también su vinculación con la importancia económica del idioma. No sé si en el congreso se ha analizado con detalle en qué medida la unidad del español es el fundamento y la clave de su utilidad económica.

Mientras esperábamos que empezara el acto de clausura, sentados en el patio de butacas, he hablado con Ana M.ª Cabanellas sobre el presupuesto del congreso, que al parecer ha sido de setecientos millones de pesetas. Dicen que Telefónica, la principal empresa patrocinadora del acontecimiento, no les ha negado nada a los organizadores. En relación con el coste del congreso, hablamos del número de ponentes invitados y de su procedencia. Ana María me dice que de donde más han venido ha sido de Argentina, pero los contamos en el programa y resulta que hay más mexicanos.

No me he quedado en el Teatro durante toda la clausura, sólo lo suficiente para escuchar a García de la Concha y a Juaristi. El director de la Academia española ha hecho un anuncio importante: la creación, con el resto de academias de la lengua, de un Observatorio del Neologismo, que ofrecerá recomendaciones de uso ante los nuevos términos. Ha recibido muchos aplausos cuando ha cerrado sus palabras con la declaración rotunda de que en Valladolid nos ha convocado, a fin de cuentas, el amor al español.

Juaristi ha abierto y concluido su fino y muy trabajado discurso con Jorge Manrique: los trabajos y los días del congreso, dice, no serán como las eras y verduras de las Coplas, sino que constituirán una referencia esencial para, a partir de ahora, pensar la lengua y trabajar con ella y por ella. Desde que lo nombraron director del Instituto Cervantes, siempre que lo veo en la prensa me acuerdo de uno de sus poemas que más me gustan, el titulado “Campos del Romancero”: en él evoca los veranos de los años ochenta (ese tiempo borrascoso / de alcohol, separaciones e indecibles / cabronadas políticas), dedicados a recoger versiones de romances por trochas y por tierras de Portugal y España, los últimos vestigios de una tradición oral agonizante...: Pero qué sino aquello me devolvió a la vida / y al amor de la lengua: / moribunda / fogata de frontera, / Romancero, / terminal poesía de un pueblo terminal [2].

Nos acercamos a Madrid. Santa María de la Alameda, Zarzalejo, El Escorial... Así, visto desde el tren, es como más me ha gustado siempre el monasterio. Parece un gran buque de piedra, un galeón con casco de sillares y sólida arboladura, varado entre el verde y la niebla, junto al caserío desdibujado del pueblo y con el telón de fondo del monte Abantos. ¿Fue Gastón Baquero, en un poema, el que me lo hizo ver así? Por cierto, ¿dónde iría a parar mi ejemplar de sus poesías completas, las que publicó el Instituto de Cooperación Iberoamericana? Creo que se lo presté a Manuel, debe de estar en su biblioteca clausurada...

Del aluvión de textos que estos días le ha dedicado la prensa al congreso, el artículo del vallisoletano Gustavo Martín Garzo en el número extraordinario del ABC Cultural ha sido de lo mejor: “Bien puedo decir que si Valladolid es la ciudad en que aprendí a hablar mi propia lengua, también es la ciudad en que, como escritor, no he hecho sino tratar de traicionarla. Mi enemigo mortal, eso ha sido el castellano para mí”.

Frente al “privilegio” de hablar el español al que se refirió el martes Betancur, Martín Garzo dice que no se puede sentir orgullo por algo “que nos ha sido dado sin merecimiento alguno, que no es conquista de nuestra voluntad sino don de la naturaleza o el azar”. Juaristi habló hace unos días, refiriéndose a lo mismo, de “suerte”. Pienso que, como mucho, lo que reclama el hecho de compartir la lengua materna con tantos millones de personas es un agradecimiento difuso, que desde luego no tiene destinatario claro, y también, dejando a un lado el sentido práctico, una cierta humildad, nacida del reconocimiento de que se albergarían los mismos sentimientos si se hablara cualquier otro idioma, con más o menos hablantes.

Rebaños de la tarde entre El Pardo y Fuencarral, desmontes y chabolas, estaciones de cercanías con gente que empieza el fin de semana. Últimos traqueteos antes de entrar en Chamartín, volver a casa.

Si arrecia el frío, buscar el calor reconfortante de la lengua como el de un jersey de lana. Una visión íntima de la lengua propia, que es una buena compañía, una compañía que no falla cuando todo se nos viene abajo y parece perder sentido, cuando nada apetece, cuando no puede contarse con otra cosa, y tal vez una palabra suya bastaría para salvarnos....



martes 16 de octubre - miércoles 17 de octubre - jueves 18 de octubre - viernes 19 de octubre

 


Notas

[1] Lodares, Juan Ramón, Gente de Cervantes, Taurus, Madrid, 2001. ISBN 84-306-0423-5.

[2] El poema pertenece al libro Tiempo desapacible, publicado en 1996 en la colección “La Veleta” de la editorial Comares (ISBN 84-8151-322-9), aunque se recogió dos años antes en el apartado de poemas inéditos de la recopilación de su poesía completa hasta entonces, titulada Mediodía y editada en la misma colección (ISBN 84-8151-033-5).


 
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