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Jueves
18 de octubre
Antes de desayunar, paso por la recepción
del hotel a coger un ejemplar de El
Día de Valladolid, un periódico
local que está cubriendo el congreso
de forma extensa y amena. El suplemento
diario que dedica al acontecimiento, en
lugar de ir encartado entre las páginas
centrales, guarda en su interior el resto
del periódico; así, éste
queda convertido en suplemento de aquél.
La portada de El
Día de hoy destaca en cuerpo
grande: Autoplagio de Cela.
El subtítulo precisa: El
Nobel repitió en Valladolid, casi
idéntico, el discurso que pronunció
en el congreso de Zacatecas. Encuentro
de nuevo a Álex Grijelmo en el
comedor y me pregunta si he leído
la noticia. El
Día es una de las publicaciones
que se agrupan bajo su coordinación
dentro de Prisa, y estos días él
compagina su condición de congresista
con el trabajo en la redacción
del periódico, donde está
colaborando para sacar adelante el suplemento
diario. Le felicito por la primicia, sin
duda un hallazgo periodístico,
y comentamos la previsible merma que ocasionará
en el prestigio y el crédito público
de Cela.
Hablamos de otras cosas. Le comento a
Álex la curiosa coincidencia que
he encontrado en la encuesta que El
Día de Valladolid ha publicado
entre ayer y hoy sobre las tres palabras
favoritas de cien escritores de Castilla
y León: tanto Andrés Trapiello
como él han elegido la palabra
ultramarinos, hermosa y sugeridora.
El Teatro amanece repleto para seguir
la mesa redonda sobre el potencial económico
del español. Su moderador, el rector
de la Universidad Internacional Menéndez
Pelayo, José Luis García
Delgado, expone algunas consideraciones
generales para centrar el tema: la solidez
de la economía es la base de la
expansión de la lengua; no hay
internacionalización duradera de
una economía sin la correspondiente
internacionalización de la lengua;
ni la lengua por sí sola ni el
número de sus hablantes son garantía
alguna de desarrollo económico;
hay que evitar, en estas cuestiones, la
autocomplacencia y el triunfalismo.
Velarde Fuentes, de la Real Academia
de Ciencias Morales y Políticas
española, con un tono de voz atronador
(hay convicciones que nadie podría
poner en duda, a juzgar por la... vehemencia
con la que se exponen), sostiene que sin
ciencia no hay desarrollo económico,
y que la ciencia del siglo XX se ha hecho
en inglés. José Manuel Reyero,
vicepresidente del Instituto Español
de Comercio Exterior, sorprende al auditorio
con lo que suena como un alarde de cinismo:
el hecho de que el idioma de la ciencia
sea el inglés, dice, no debe preocupar
tanto a los hispanohablantes, que nunca
han destacado en la ciencia; debe preocupar
más bien a alemanes y franceses,
porque ellos sí hacen ciencia y
la tienen que traducir. Después,
en el turno de debate, Velarde reacciona
ante este despropósito de Reyero,
y expresa su preocupación por oírle
semejantes ideas a un alto cargo de la
Administración española.
Juan José Güemes, secretario
general de Turismo, que ha estado bien
en su intervención inicial, aportando
datos sobre la situación del turismo
idiomático en España, tercia
en la cuestión para señalar
el apoyo que el Gobierno presta a la promoción
de la investigación científica.
Durante el turno de palabra de Carlos
Slim, presidente de la poderosa Telmex,
de México, el cámara que
capta las imágenes para las pantallas
gigantes del escenario, ha enfocado a
una chica del público que estaba
hundida en su butaca, con los ojos cerrados
y la cabeza apoyada en un brazo. Han pasado
unos segundos hasta que la chica se ha
dado cuenta, mientras los congresistas
se reían. Slim no se ha enterado
de nada, aunque dicen que después
alguien se lo ha contado y ha montado
en cólera.
Mientras Juaristi expone los últimos
logros y las nuevas iniciativas del Cervantes,
subo a visitar la exposición tecnológica,
donde me encuentro a Octavio Pinillos,
el director de informática de la
Real Academia, a quien conozco desde hace
tiempo. Me comenta algunos de los proyectos
en los que está trabajando y me
explica los servicios de información
que se han integrado en el renovado sitio
web
de la Academia.
Siempre que vuelvo a ver a Octavio me
acuerdo del día de verano de hace
unos años en que nos citamos en
Tudanca, en Cantabria, para visitar la
casona de José María de
Cossío (que era vallisoletano,
por cierto). Él llegó desde
Madrid y nosotros desde la playa, y allí
nos encontramos con Chema Gutiérrez,
que venía de Santander, donde dirige
la Biblioteca Central de Cantabria. Después
de visitar la casa, comimos en la posada
de Carmona, mientras escuchábamos
el fantasmagórico proyecto de creación
de un Instituto Fontibre de la Lengua
Española (el nombre era lo mejor),
de boca de un cuarto comensal, de infatigable
propensión fantaseadora, que se
había sumado a la excursión.
Como se ha desconvocado la ponencia de
Enrique Iglesias, el presidente del Banco
Interamericano de Desarrollo, que no ha
llegado a Valladolid, aprovecho para ir
a ver la exposición sobre el Lazarillo
de Tormes en el Palacio de Pimentel, muy
cerca de la iglesia de San Pablo, que
no deja de maravillarme cada vez que desemboco
ante su espectacular fachada. En la exposición
se ilustran treinta episodios de la novela
con esculturas, grabados, objetos decorativos
o de uso cotidiano. Cosas como el candado
con llave que usaba el ciego para cerrar
el fardel de lienzo en el
que llevaba el pan; el jarrillo de vino
al que Lázaro gustaba de dar, cuando
podía, un par de besos callados;
el arcaz viejo y cerrado con su
llave donde el clérigo de
Maqueda guardaba, avaro, los bodigos que
traía de la iglesia; o la espada
del escudero de Toledo.
Antes de comer, paseo por la ciudad.
Hace una mañana espléndida,
hoy no llueve y el aire está limpio.
Más nombres de tabernas honrados
y sonoros: La Trastienda, La Hogaza, Bigornia.
Paso por la plaza donde está la
estatua de Cervantes, alguien le ha puesto
al cuello un pañuelo morado. Me
acuerdo de que una mañana de verano
de hace casi quince años, en Burgos,
le quité las telarañas de
la cara al busto de Cervantes que hay
cerca del monasterio de Las Huelgas, en
el paseo junto al río. Acabábamos
de visitar el monasterio, empezaba a hacer
calor, habíamos pasado la noche
en Burgos camino de Santiago, y ahora
teníamos que proseguir el viaje.
Pero el rostro de Cervantes estaba cubierto
de polvo y telarañas, así
que saqué de la mochila no sé
qué trapo, me encaramé al
pedestal del busto y lo limpié
con cuidado, mientras María Luisa
se reía.
Valladolid tiene ahora también
la cara lavada, bajo el cielo despejado,
y parece una ciudad amable. A veces, cuando
tras una noche de lluvia, en una mañana
o un rato de ocio, durante un paseo despreocupado
y sin rumbo, una ciudad se nos ofrece
de esta manera, puede uno llegar a pensar
que no hay nada en sus calles que se le
oculte, nada que sea necesario descifrar,
y no es difícil que caigan en el
olvido otras horas pasadas en ella, tal
vez amargas o incluso hostiles.
Por la tarde, sacrifico el panel sobre
Internet en español,
que coordina José Antonio Millán,
para poder asistir al que han titulado
Lengua y escritura en Internet:
tres décadas de red-acción
(1971-2001), que aunque a primera
vista me parece un batiburrillo de cosas
diversas, tal vez sin mucha relación,
no deja de ofrecer alicientes.
Alberto Gómez Font resume con
gracia su interesante comunicación
sobre Avances y retrocesos grafemáticos
en la escritura electrónica.
Entre otras cosas, cuenta una divertida
anécdota diplomática, tomada
de la circular con la que el Ministerio
de Asuntos Exteriores español prohibió
a sus funcionarios en 1991 el empleo de
la palabra años, para
evitar malentendidos en los casos probables
en que los sistemas de comunicación
no pudieran transmitir correctamente la
eñe y la cambiaran por ene. En
esa circular se recordaba el siguiente
caso: un bienintencionado y respetuoso
escrito de uno de nuestros Embajadores
en el que indicaba cortésmente
a un Ministerio de Relaciones Exteriores
que "la Condecoración sería
impuesta en el día, en la forma
y en el ano que escogiese el Presidente
de la República" ha provocado
un gravísimo incidente diplomático
y colocado a nuestro país al borde
de la ruptura de relaciones con un país
hermano [1].
El buen humor continúa durante
la intervención de Álex
Grijelmo, que defiende la idea de que
los fenómenos lingüísticos
relacionados con Internet ya existían
antes, ligados a otras tecnologías
de la escritura, y nunca han suscitado
los temores de ahora. Para él,
Internet no viene a favorecer ninguno
de los problemas o defectos que tanto
se comentan (la ausencia generalizada
de tildes, la simplificación de
la sintaxis, los anglicismos innecesarios,
etc.), sino tan sólo a amplificarlos,
dado su potencial de comunicación,
y pasados unos años, esas deficiencias
desaparecerán [2].
Después, otros participantes,
y algún congresista desde el público,
expresan su desacuerdo con esa tesis:
no puede compararse, dicen, la extensión
del uso de los telegramas con la que en
nuestros días tiene Internet; y
la utilización masiva por los jóvenes
del teléfono móvil para
enviar mensajes escritos repletos de abreviaturas
puede acabar influyendo en su forma de
escribir cualquier otro tipo de texto.
Cuando Ángel Cervera, al presentar
su comunicación sobre La
irrupción del coloquialismo en
Internet, pone un ejemplo de uno
de esos mensajes de teléfonos celulares
(QM6T: quedamos mañana
a las seis de la tarde), una congresista,
detrás de mí, exclama con
un susurro: ¡Qué horror!.
El viernes ya no voy a tener tiempo para
hacer la visita que he estado demorando
estos días, así que al salir
del panel, Alberto me acompaña
por las calles de Esgueva y Libreros hasta
la plaza de Santa Cruz. Voy pensando en
lo que escribió Lawrence Durrell:
A city becomes a world when one
loves one of its inhabitants, y
me doy cuenta de que en realidad me dirijo
hacia el que es para mí el auténtico
centro de la ciudad: el caserón
que alberga el colegio de San José,
o más exactamente la galería
de cuyas paredes cuelgan las orlas de
las promociones anuales de bachilleres,
desde finales del siglo XIX. La encuentro
vacía y mal iluminada, lo que me
hace más costoso encontrar lo que
busco, año 55: la mirada desvalida
de un adolescente, quién sabe si
entregado ya al vicio de la tristeza.
Gracias a esa mirada, siento que Valladolid
es ya un mundo para mí, con su
mezcla confusa de armonía y sinsentido.
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octubre
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