Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 3, 11 de noviembre de 2001. Majadahonda (Madrid)

Diario de Valladolid

(crónica del II Congreso Internacional de la Lengua Española)


Victoriano Colodrón Denis
 
(ver este artículo en formato .doc / en formato .pdf)

 

Jueves 18 de octubre

Antes de desayunar, paso por la recepción del hotel a coger un ejemplar de El Día de Valladolid, un periódico local que está cubriendo el congreso de forma extensa y amena. El suplemento diario que dedica al acontecimiento, en lugar de ir encartado entre las páginas centrales, guarda en su interior el resto del periódico; así, éste queda convertido en suplemento de aquél.

La portada de El Día de hoy destaca en cuerpo grande: “Autoplagio de Cela”. El subtítulo precisa: “El Nobel repitió en Valladolid, casi idéntico, el discurso que pronunció en el congreso de Zacatecas”. Encuentro de nuevo a Álex Grijelmo en el comedor y me pregunta si he leído la noticia. El Día es una de las publicaciones que se agrupan bajo su coordinación dentro de Prisa, y estos días él compagina su condición de congresista con el trabajo en la redacción del periódico, donde está colaborando para sacar adelante el suplemento diario. Le felicito por la primicia, sin duda un hallazgo periodístico, y comentamos la previsible merma que ocasionará en el prestigio y el crédito público de Cela.

Hablamos de otras cosas. Le comento a Álex la curiosa coincidencia que he encontrado en la encuesta que El Día de Valladolid ha publicado entre ayer y hoy sobre las tres palabras favoritas de cien escritores de Castilla y León: tanto Andrés Trapiello como él han elegido la palabra “ultramarinos”, hermosa y sugeridora.

El Teatro amanece repleto para seguir la mesa redonda sobre el potencial económico del español. Su moderador, el rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, José Luis García Delgado, expone algunas consideraciones generales para centrar el tema: la solidez de la economía es la base de la expansión de la lengua; no hay internacionalización duradera de una economía sin la correspondiente internacionalización de la lengua; ni la lengua por sí sola ni el número de sus hablantes son garantía alguna de desarrollo económico; hay que evitar, en estas cuestiones, la autocomplacencia y el triunfalismo.

Velarde Fuentes, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas española, con un tono de voz atronador (hay convicciones que nadie podría poner en duda, a juzgar por la... vehemencia con la que se exponen), sostiene que sin ciencia no hay desarrollo económico, y que la ciencia del siglo XX se ha hecho en inglés. José Manuel Reyero, vicepresidente del Instituto Español de Comercio Exterior, sorprende al auditorio con lo que suena como un alarde de cinismo: el hecho de que el idioma de la ciencia sea el inglés, dice, no debe preocupar tanto a los hispanohablantes, que nunca han destacado en la ciencia; debe preocupar más bien a alemanes y franceses, porque ellos sí hacen ciencia y la tienen que traducir. Después, en el turno de debate, Velarde reacciona ante este despropósito de Reyero, y expresa su preocupación por oírle semejantes ideas a un alto cargo de la Administración española. Juan José Güemes, secretario general de Turismo, que ha estado bien en su intervención inicial, aportando datos sobre la situación del turismo idiomático en España, tercia en la cuestión para señalar el apoyo que el Gobierno presta a la promoción de la investigación científica.

Durante el turno de palabra de Carlos Slim, presidente de la poderosa Telmex, de México, el cámara que capta las imágenes para las pantallas gigantes del escenario, ha enfocado a una chica del público que estaba hundida en su butaca, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en un brazo. Han pasado unos segundos hasta que la chica se ha dado cuenta, mientras los congresistas se reían. Slim no se ha enterado de nada, aunque dicen que después alguien se lo ha contado y ha montado en cólera.

Mientras Juaristi expone los últimos logros y las nuevas iniciativas del Cervantes, subo a visitar la exposición tecnológica, donde me encuentro a Octavio Pinillos, el director de informática de la Real Academia, a quien conozco desde hace tiempo. Me comenta algunos de los proyectos en los que está trabajando y me explica los servicios de información que se han integrado en el renovado sitio web de la Academia.

Siempre que vuelvo a ver a Octavio me acuerdo del día de verano de hace unos años en que nos citamos en Tudanca, en Cantabria, para visitar la casona de José María de Cossío (que era vallisoletano, por cierto). Él llegó desde Madrid y nosotros desde la playa, y allí nos encontramos con Chema Gutiérrez, que venía de Santander, donde dirige la Biblioteca Central de Cantabria. Después de visitar la casa, comimos en la posada de Carmona, mientras escuchábamos el fantasmagórico proyecto de creación de un Instituto Fontibre de la Lengua Española (el nombre era lo mejor), de boca de un cuarto comensal, de infatigable propensión fantaseadora, que se había sumado a la excursión.

Como se ha desconvocado la ponencia de Enrique Iglesias, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, que no ha llegado a Valladolid, aprovecho para ir a ver la exposición sobre el Lazarillo de Tormes en el Palacio de Pimentel, muy cerca de la iglesia de San Pablo, que no deja de maravillarme cada vez que desemboco ante su espectacular fachada. En la exposición se ilustran treinta episodios de la novela con esculturas, grabados, objetos decorativos o de uso cotidiano. Cosas como el candado con llave que usaba el ciego para cerrar el “fardel de lienzo” en el que llevaba el pan; el jarrillo de vino al que Lázaro gustaba de dar, cuando podía, “un par de besos callados”; el “arcaz viejo y cerrado con su llave” donde el clérigo de Maqueda guardaba, avaro, los bodigos que traía de la iglesia; o la espada del escudero de Toledo.

Antes de comer, paseo por la ciudad. Hace una mañana espléndida, hoy no llueve y el aire está limpio. Más nombres de tabernas honrados y sonoros: La Trastienda, La Hogaza, Bigornia.

Paso por la plaza donde está la estatua de Cervantes, alguien le ha puesto al cuello un pañuelo morado. Me acuerdo de que una mañana de verano de hace casi quince años, en Burgos, le quité las telarañas de la cara al busto de Cervantes que hay cerca del monasterio de Las Huelgas, en el paseo junto al río. Acabábamos de visitar el monasterio, empezaba a hacer calor, habíamos pasado la noche en Burgos camino de Santiago, y ahora teníamos que proseguir el viaje. Pero el rostro de Cervantes estaba cubierto de polvo y telarañas, así que saqué de la mochila no sé qué trapo, me encaramé al pedestal del busto y lo limpié con cuidado, mientras María Luisa se reía.

Valladolid tiene ahora también la cara lavada, bajo el cielo despejado, y parece una ciudad amable. A veces, cuando tras una noche de lluvia, en una mañana o un rato de ocio, durante un paseo despreocupado y sin rumbo, una ciudad se nos ofrece de esta manera, puede uno llegar a pensar que no hay nada en sus calles que se le oculte, nada que sea necesario descifrar, y no es difícil que caigan en el olvido otras horas pasadas en ella, tal vez amargas o incluso hostiles.

Por la tarde, sacrifico el panel sobre “Internet en español”, que coordina José Antonio Millán, para poder asistir al que han titulado “Lengua y escritura en Internet: tres décadas de red-acción (1971-2001)”, que aunque a primera vista me parece un batiburrillo de cosas diversas, tal vez sin mucha relación, no deja de ofrecer alicientes.

Alberto Gómez Font resume con gracia su interesante comunicación sobre “Avances y retrocesos grafemáticos en la escritura electrónica”. Entre otras cosas, cuenta una divertida anécdota diplomática, tomada de la circular con la que el Ministerio de Asuntos Exteriores español prohibió a sus funcionarios en 1991 el empleo de la palabra “años”, para evitar malentendidos en los casos probables en que los sistemas de comunicación no pudieran transmitir correctamente la eñe y la cambiaran por ene. En esa circular se recordaba el siguiente caso: “un bienintencionado y respetuoso escrito de uno de nuestros Embajadores en el que indicaba cortésmente a un Ministerio de Relaciones Exteriores que "la Condecoración sería impuesta en el día, en la forma y en el ano que escogiese el Presidente de la República" ha provocado un gravísimo incidente diplomático y colocado a nuestro país al borde de la ruptura de relaciones con un país hermano” [1].

El buen humor continúa durante la intervención de Álex Grijelmo, que defiende la idea de que los fenómenos lingüísticos relacionados con Internet ya existían antes, ligados a otras tecnologías de la escritura, y nunca han suscitado los temores de ahora. Para él, Internet no viene a favorecer ninguno de los problemas o defectos que tanto se comentan (la ausencia generalizada de tildes, la simplificación de la sintaxis, los anglicismos innecesarios, etc.), sino tan sólo a amplificarlos, dado su potencial de comunicación, y pasados unos años, esas deficiencias desaparecerán [2].

Después, otros participantes, y algún congresista desde el público, expresan su desacuerdo con esa tesis: no puede compararse, dicen, la extensión del uso de los telegramas con la que en nuestros días tiene Internet; y la utilización masiva por los jóvenes del teléfono móvil para enviar mensajes escritos repletos de abreviaturas puede acabar influyendo en su forma de escribir cualquier otro tipo de texto. Cuando Ángel Cervera, al presentar su comunicación sobre “La irrupción del coloquialismo en Internet”, pone un ejemplo de uno de esos mensajes de teléfonos celulares (“QM6T”: “quedamos mañana a las seis de la tarde”), una congresista, detrás de mí, exclama con un susurro: “¡Qué horror!”.

El viernes ya no voy a tener tiempo para hacer la visita que he estado demorando estos días, así que al salir del panel, Alberto me acompaña por las calles de Esgueva y Libreros hasta la plaza de Santa Cruz. Voy pensando en lo que escribió Lawrence Durrell: “A city becomes a world when one loves one of its inhabitants”, y me doy cuenta de que en realidad me dirijo hacia el que es para mí el auténtico centro de la ciudad: el caserón que alberga el colegio de San José, o más exactamente la galería de cuyas paredes cuelgan las orlas de las promociones anuales de bachilleres, desde finales del siglo XIX. La encuentro vacía y mal iluminada, lo que me hace más costoso encontrar lo que busco, año 55: la mirada desvalida de un adolescente, quién sabe si entregado ya al vicio de la tristeza. Gracias a esa mirada, siento que Valladolid es ya un mundo para mí, con su mezcla confusa de armonía y sinsentido.



martes 16 de octubre - miércoles 17 de octubre - jueves 18 de octubre - viernes 19 de octubre

 


Notas

[1] Gómez Font, Alberto, “Avances y retrocesos grafemáticos en la escritura electrónica”, en http://cvc.cervantes.es/obref/congresos/valladolid/ponencias/nuevas_fronteras_del_espanol/4_lengua_y_escritura/gomez_a.htm

[2] Grijelmo, Álex, “El ciberlenguaje profesional”, en http://cvc.cervantes.es/obref/congresos/valladolid/ponencias/nuevas_fronteras_del_espanol/4_lengua_y_escritura/grijelmo_a.htm


 
citas / enlaces / palabras
http://cuadernodelengua.com - © Victoriano Colodrón Denis