Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 29, 24 de julio de 2004. Trasvía, Comillas (Cantabria)

Berlín en español

(una visita al Instituto Cervantes de la capital alemana)


Victoriano Colodrón Denis
 
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No tiene sentido, se dice el cronista, y sin embargo no puede dejar de registrar los signos de la lengua española o de la cultura en español que va encontrando por Berlín. No tiene sentido porque es muy probable que cuando los junte para volver a examinarlos, ya en casa, no les encuentre significado alguno. Además, ¿qué valor pueden tener unas observaciones hechas al azar, en dos o tres ratos perdidos, en una ciudad que se visita por primera vez? Sobre todo si la estancia, por motivos de trabajo, se reduce a cinco días. La muestra es ridícula, claramente insuficiente para que las conclusiones tengan algún rigor ni apenas interés, y lo que de ella se obtenga de cierta enjundia sólo cabrá agradecérselo a la casualidad.

O tal vez no, tal vez no sea por casualidad por lo que las primeras palabras en español que el cronista encuentra escritas en las calles de Berlín cuando sale del hotel a almorzar, recién llegado del aeropuerto, no proceden de España sino... del Caribe: en su primer paseo por la ciudad, se detiene ante la estatua de Humboldt erigida a la entrada de la Universidad que lleva su nombre, en la avenida Unter den Linden. "Al segundo descubridor de Cuba", reza la inscripción, "la Universidad de La Habana. 1939".

Pero no es en ese momento en que descubre la leyenda de la estatua cuando al cronista le da por pensar que tal vez no se la deba del todo a la casualidad, o que quizá tenga algún sentido. Será más adelante, dos o tres días después: entonces empezará a sospechar que la presencia de la lengua española en Berlín, en las calles de Berlín, está más relacionada con América Latina que con España. ¿Una conclusión errónea, sin fundamento? Claro que la muestra, la colección de datos -sigue pensando- será mínima y azarosa, pero no es fácil que las impresiones inconexas de un viajero en unos pocos paseos por una ciudad desconocida tengan otro fuste. Además, siempre podrá apuntalar el frágil edificio de estas observaciones -así termina de tranquilizarse, de convencerse- con la información que obtenga en la visita al Instituto Cervantes de la ciudad, en la víspera de su partida.

Por lo pronto, y por ejemplo, "Lady Salsa: directamente desde Cuba", anuncia el cartel que encuentra el cronista todas las mañanas en la estación del metro de Zoologischer Garten. En él, una doble de Celia Cruz de ojos chispeantes abre la gran bemba colorá en una carcajada que deja ver los dientes, algo separados. Y otro cartel en una pared del patio de la Kulturbrauerei, el edificio que antaño albergó la fábrica de cerveza Schulteiss, en pleno Prenzlauer Berg, informa de la próxima actuación de Panteón Rococó, grupo de "rebel-music: latin ska from México": un esqueleto generosamente sombrereado a la mexicana (sólo se le ve amplísima, descarnada sonrisa) toca un guitarrón que adorna un puño de vocación revolucionaria. En la esquina inferior izquierda se reproduce la portada del disco de esta banda, en la que un dibujo de estilo zapatista ilustra una rotunda declaración de intenciones: "Resistencia y rebeldía por la Humanidad"...

En el Instituto Cervantes de Berlín

No conviene generalizar, de todas formas, y acabar pensando que la imagen mayoritaria de lo latinoamericano en Berlín -y de paso de lo español y la lengua española- es la que podría desprenderse de estos dos carteles... ¿O tal vez sí? En cualquier caso, hay otros hitos, monumentos e instituciones, otras presencias en la ciudad, que trabajan para difundir una imagen distinta de lo hispano. Está el homenaje a Humboldt ya citado, en ese lugar de privilegio, frente a la Staatsoper, y está también, por ejemplo, el precioso edificio de la Embajada de México, una de las más hermosas del selecto barrio de las embajadas, cerca de Tiergarten, donde muchos países han rivalizado en los últimos años para deslumbrar con alardes arquitectónicos de vanguardia.

Y está, por supuesto, el flamante Instituto Cervantes, inaugurado hace poco más de un año, en marzo de 2003, que ocupa un edificio de seis plantas en la céntrica Rosenstrasse, a dos pasos de los restaurantes de Hackescher Markt, muy cerca de la Alexanderplatz. Un edificio levantado en 1895 y que hasta los años 30, cuando lo expropiaron las autoridades nazis, albergó unos grandes almacenes. Completamente reconstruido por dentro, luminoso, impoluto, impecable, el Instituto, que dirige José Ignacio Olmos, tiene una estampa realmente soberbia. En su primer año de vida, además, ha alcanzado las cuatro mil matrículas, y tiene aún mucho crecimiento por delante [1].

¿Quién va a estudiar allí, y por qué? El público es muy diverso: son estudiantes y profesionales, jubilados y personas en paro. También los motivos para interesarse por nuestro idioma son variados. "Porque me gusta" es una de las respuestas más frecuentes cuando se les pregunta, según me explica Virtudes González, responsable académica del Instituto en Berlín. Eso parece confirmar lo que Emilio Lamo de Espinosa y Javier Noya afirman en su estudio sobre la enseñanza de español como lengua extranjera en Francia y Alemania: que en este último país, nuestra lengua se percibe y se aprecia más como una lengua expresiva y de cultura que como una lengua instrumental, valiosa por su utilidad [2].

Pero entre las razones más citadas para estudiar español en Berlín destaca también la del interés por todo lo latinoamericano. "Uno de los alumnos se matriculó porque tiene familia en Colombia", me cuenta Virtudes González, "otro por la posibilidad de conseguir un trabajo en Argentina, un tercero para viajar por Centroamérica...". Allí, en Centroamérica, en Guatemala, es donde aprendió un poco de español la muchacha de pelo corto y gafas que ahora espera para hacer la prueba de nivel y saber en qué curso debe matricularse. "¿Estudiaste en Antigua?", le pregunto, y asiente, sorprendida de mi acierto. Después, aunque dice no ser capaz de hablar casi nada en esta lengua, no tenemos mayor problema para comentar -coincidiendo- la belleza de aquella ciudad, y el auge de su industria de enseñanza del español [3]. Pero no podemos seguir charlando, porque en seguida llega su turno: primero mantendrá una breve conversación con el profesor encargado de estas pruebas, y después deberá responder un cuestionario escrito. Cuando esté corregido, el profesor la llamará para escucharla de nuevo y le propondrá el curso que más le conviene.

Me interesa saber cuál es la percepción de los estudiantes berlineses acerca de la diversidad dialectal del español, y qué actitud suelen mostrar hacia ella. "Hay algunas personas, pocas de todas formas", me explica Virtudes González, "que llegan pidiendo que les enseñemos 'español de Colombia' o 'español de México', normalmente porque van a viajar a esos países, pero cuando les explicamos que las diferencias no son tan grandes como para justificar dar cursos específicos, lo entienden y lo aceptan sin problemas. Les hacemos ver que aquí aprenderán un español que les permitirá comunicarse en todo el mundo hispanohablante".

Por otra parte, el español que se enseña en el Cervantes de Berlín no es un "español neutro", descolorido y sin sabor, pero los profesores sí intentan "controlar su lenguaje" para no abusar en las aulas de los particularismos del habla de donde proceden. Así lo hacen las tres profesoras latinoamericanas del Instituto (una chilena, una cubana y una argentina), pero también los profesores españoles: cuando dicen o pronuncian algo que saben que no es general en el mundo hispánico, se lo hacen ver a los alumnos y les muestran la opción más extendida, u otras variantes. De esa manera, los estudiantes van adquiriendo una cierta conciencia de la riqueza dialectal de la lengua española.

Un par de minutos antes de que entren en clase (es el último día del trimestre y van a tener un examen), hago unas preguntas a tres o cuatro alumnos. En el caso de Cristoph, funcionario de un ministerio, su interés por el español se enmarca en su afición a las lenguas en general. Por su parte, si Hans, un hombre alto, sesentón elegante, de aspecto plácido y simpático, estudia ahora español, es por su mujer: cuando hace ya unos cuantos años ella se empeñó en pasar unas vacaciones en España, a él no le hizo mucha gracia la idea, y transigió a regañadientes. Pero España le encantó, y poco a poco la cultura española, lo español, se le fue haciendo "inevitable, imprescindible", y en años sucesivos viajó a menudo a Madrid, a Barcelona, a Valencia, por todo el país. Por último, Claudia, una chica rubia de treinta y tantos, viene a estudiar al Instituto para no perder el español que aprendió en varios países de América Latina. En cierto sentido, es el caso contrario de Stefan, el muchacho que ha dejado una nota en el tablón de anuncios: busca un intercambio alemán-español, dice, para practicar y mejorar su dominio de la lengua antes de su próximo viaje a... Sudamérica.

Virtudes me enseña todo el Instituto. En el piso superior, de paredes y techo acristalados, está instalada la preciosa biblioteca, que lleva el nombre de Mario Vargas Llosa, quien la inauguró hace un año con una conferencia. "Éste es el mejor rincón", me explica mi anfitriona con una sonrisa, y nos sentamos en unas cómodas butacas, en la zona de consulta de las publicaciones periódicas, "aquí es donde los compañeros del Instituto decimos siempre que nos gustaría venir a leer. Pero nunca tenemos tiempo, claro". Es un pequeño mirador desde el que se tiene una vista magnífica de la ciudad, hacia la isla de los museos y la torre de televisión, la Berliner Fernsehturm, con el paso de los trenes por la estación de Hackesher Markt en primer plano.

A la salida, antes de irme, visito en la sala de exposiciones la muestra de fotografías de Català-Roca seleccionadas por Juan Manuel Bonet y curioseo en el expositor de folletos las convocatorias culturales: además de actividades relacionadas con autores y artistas españoles, encuentro una lectura de poesía del argentino Juan Gelman, una tertulia sobre el mexicano Carlos Monsiváis, homenajes a los chilenos Pablo Neruda y Gonzalo Rojas... Sin duda este trabajo ha de ir dando sus frutos, me digo, y algún impacto tendrá en la imagen que de la cultura en lengua española se tenga en la capital de Alemania.

Berlín después del muro: voces de la ciudad con acento mexicano

En algún momento de su estancia en Berlín, el cronista ha llegado a pensar que son aquí más intensas, más agudas, la perplejidad y la confusión que suelen experimentar los viajeros en las ciudades que visitan por primera vez, hasta que consiguen orientarse mínimamente y dotar de algún orden lo que a primera vista les parece un caos urbano indescifrable. Claro que en los ratos libres ha caminado por Potsdamer Platz y Alexander Platz, ha visitado la Puerta de Brandemburgo, el Checkpoint Charlie y los restos del Muro, y hasta ha dado un paseo nocturno alrededor del Reichstag, pero duda de que sus impresiones sobre Berlín tengan valor ninguno, como tampoco las que se lleva sobre la presencia del español en esta ciudad, dejando al margen la información que le dieron en el Instituto Cervantes.

Nada como un libro, a veces, para combatir el desconcierto que asalta a quienes dan sus primeros pasos por una ciudad desconocida, y que no es raro que se empeñe en persistir con el transcurso de los días. El libro que el cronista llevó a Berlín era una antología de relatos de diecinueve escritores que vivieron en la ciudad en la época de efervescencia que siguió a la caída del Muro. Pero como suele suceder en estos rápidos e intensos viajes de trabajo, salvo si los vuelos o las esperas en los aeropuertos son muy largos, también en esta ocasión el libro volvió casi intacto a casa. No fue sino en el avión de regreso cuando empezó a internarse en ese Berlín después del Muro para intentar deshacerse de la perplejidad, de la cada vez más nítida e irritante impresión de no haberse enterado de nada...

¿Sería también una casualidad que el libro no se hubiera traducido y publicado en España sino en México? De manera que, al ir leyendo, las voces de Berlín podían llegarle al cronista en frases como "No me late", "Claro, güey, pero necesita la chamba" y "¿Qué transa contigo, carnal, dónde andabas?". Quizá por eso, aun sabiendo que no tenía mucho sentido, no pudo dejar de seguir espigando entre las páginas del volumen signos de la presencia de lo hispano en la ciudad: "Hace tres meses empezamos a bailar salsa, como uno de cada dos en Berlín", decía la protagonista de uno de los relatos. Y en otro de ellos, se describía el monumento al soldado español del parque de Friedrichshain como "un burdo coloso de piedra con los rasgos faciales del cantante obrero Ernst Brusch, con la pierna flexionada hacia el piso por el pesado abrigo del uniforme y, en el puño levantado, en vez del fusil, un arcaico espadín".

Pero Berlín después del Muro también le sirvió al cronista para confirmar que en esa ciudad, "mientras más de cerca se observan los distritos, más confuso e incomprensible resulta el todo", hasta el extremo de que la propia urbe "se desintegra en meros distritos vecinos inconexos, los cuales, según el radio de acción de cada quien, o bien se conocen al dedillo, o bien se recorren a tientas, como en el primer día de un viaje al extranjero". De modo que lo que el cronista, foráneo recién llegado, había sentido en Berlín, no dejaba de ser en cierta manera una experiencia propia, peculiar de sus habitantes, y aunque no tuviera mucha relación, esto le llevó a pensar que tal vez no todos sus modestos descubrimientos se debieran a la casualidad, y que quizá fuera cierto, después de todo, que la presencia del español en las calles de esta ciudad tiene más que ver con América Latina que con España [4].

 


Notas

[1] El sitio web del Instituto Cervantes de Berlín está en http://www.cervantes.de

[2] "El mercado de las lenguas: la demanda del español como lengua extranjera en Francia y Alemania", en El español en el mundo: anuario 2002 del Instituto Cervantes, disponible en http://cvc.cervantes.es/obref/anuario/anuario_02/lamo/

[3] Ver "Estudiar español en Antigua", en Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español, n.º 18, 23 de junio de 2003, http://cuadernodelengua.com/cuaderno18.htm

[4]
Berlín después del Muro: antología. Compilación y prólogo de Jürgen Jakob Becker. Fondo de Cultura Económica, México, 2002. ISBN 968-16-6690-9. Las citas corresponden a los textos recogidos en esta antología de Tim Staffel ("Queso Cottage"), Tanja Dückers ("Café Brazil") y Durs Grünbein ("El primer año. Apuntes berlineses"), traducidos respectivamente por Daniela Wolf y César Jiménez; Lucía Luna Elek; y Enrique Martínez Pérez.

 
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