|
No tiene sentido, se dice el cronista,
y sin embargo no puede dejar de registrar
los signos de la lengua española
o de la cultura en español que
va encontrando por Berlín. No tiene
sentido porque es muy probable que cuando
los junte para volver a examinarlos, ya
en casa, no les encuentre significado
alguno. Además, ¿qué
valor pueden tener unas observaciones
hechas al azar, en dos o tres ratos perdidos,
en una ciudad que se visita por primera
vez? Sobre todo si la estancia, por motivos
de trabajo, se reduce a cinco días.
La muestra es ridícula, claramente
insuficiente para que las conclusiones
tengan algún rigor ni apenas interés,
y lo que de ella se obtenga de cierta
enjundia sólo cabrá agradecérselo
a la casualidad.
O tal vez no, tal vez no sea por casualidad
por lo que las primeras palabras en español
que el cronista encuentra escritas en
las calles de Berlín cuando sale
del hotel a almorzar, recién llegado
del aeropuerto, no proceden de España
sino... del Caribe: en su primer paseo
por la ciudad, se detiene ante la estatua
de Humboldt erigida a la entrada de la
Universidad que lleva su nombre, en la
avenida Unter den Linden. "Al segundo
descubridor de Cuba", reza la inscripción,
"la Universidad de La Habana. 1939".
Pero no es en ese momento en que descubre
la leyenda de la estatua cuando al cronista
le da por pensar que tal vez no se la
deba del todo a la casualidad, o que quizá
tenga algún sentido. Será
más adelante, dos o tres días
después: entonces empezará
a sospechar que la presencia de la lengua
española en Berlín, en las
calles de Berlín, está más
relacionada con América Latina
que con España. ¿Una conclusión
errónea, sin fundamento? Claro
que la muestra, la colección de
datos -sigue pensando- será mínima
y azarosa, pero no es fácil que
las impresiones inconexas de un viajero
en unos pocos paseos por una ciudad desconocida
tengan otro fuste. Además, siempre
podrá apuntalar el frágil
edificio de estas observaciones -así
termina de tranquilizarse, de convencerse-
con la información que obtenga
en la visita al Instituto Cervantes de
la ciudad, en la víspera de su
partida.
Por lo pronto, y por ejemplo, "Lady
Salsa: directamente desde Cuba",
anuncia el cartel que encuentra el cronista
todas las mañanas en la estación
del metro de Zoologischer Garten. En él,
una doble de Celia Cruz de ojos chispeantes
abre la gran bemba colorá en una
carcajada que deja ver los dientes, algo
separados. Y otro cartel en una pared
del patio de la Kulturbrauerei, el edificio
que antaño albergó la fábrica
de cerveza Schulteiss, en pleno Prenzlauer
Berg, informa de la próxima actuación
de Panteón Rococó, grupo
de "rebel-music: latin ska from México":
un esqueleto generosamente sombrereado
a la mexicana (sólo se le ve amplísima,
descarnada sonrisa) toca un guitarrón
que adorna un puño de vocación
revolucionaria. En la esquina inferior
izquierda se reproduce la portada del
disco de esta banda, en la que un dibujo
de estilo zapatista ilustra una rotunda
declaración de intenciones: "Resistencia
y rebeldía por la Humanidad"...
En el Instituto
Cervantes de Berlín
No conviene generalizar, de todas formas,
y acabar pensando que la imagen mayoritaria
de lo latinoamericano en Berlín
-y de paso de lo español y la lengua
española- es la que podría
desprenderse de estos dos carteles...
¿O tal vez sí? En cualquier
caso, hay otros hitos, monumentos e instituciones,
otras presencias en la ciudad, que trabajan
para difundir una imagen distinta de lo
hispano. Está el homenaje a Humboldt
ya citado, en ese lugar de privilegio,
frente a la Staatsoper, y está
también, por ejemplo, el precioso
edificio de la Embajada de México,
una de las más hermosas del selecto
barrio de las embajadas, cerca de Tiergarten,
donde muchos países han rivalizado
en los últimos años para
deslumbrar con alardes arquitectónicos
de vanguardia.
Y está, por supuesto, el flamante
Instituto Cervantes, inaugurado hace poco
más de un año, en marzo
de 2003, que ocupa un edificio de seis
plantas en la céntrica Rosenstrasse,
a dos pasos de los restaurantes de Hackescher
Markt, muy cerca de la Alexanderplatz.
Un edificio levantado en 1895 y que hasta
los años 30, cuando lo expropiaron
las autoridades nazis, albergó
unos grandes almacenes. Completamente
reconstruido por dentro, luminoso, impoluto,
impecable, el Instituto, que dirige José
Ignacio Olmos, tiene una estampa realmente
soberbia. En su primer año de vida,
además, ha alcanzado las cuatro
mil matrículas, y tiene aún
mucho crecimiento por delante [1].
¿Quién va a estudiar allí,
y por qué? El público es
muy diverso: son estudiantes y profesionales,
jubilados y personas en paro. También
los motivos para interesarse por nuestro
idioma son variados. "Porque me gusta"
es una de las respuestas más frecuentes
cuando se les pregunta, según me
explica Virtudes González, responsable
académica del Instituto en Berlín.
Eso parece confirmar lo que Emilio Lamo
de Espinosa y Javier Noya afirman en su
estudio sobre la enseñanza de español
como lengua extranjera en Francia y Alemania:
que en este último país,
nuestra lengua se percibe y se aprecia
más como una lengua expresiva y
de cultura que como una lengua instrumental,
valiosa por su utilidad [2].
Pero entre las razones más citadas
para estudiar español en Berlín
destaca también la del interés
por todo lo latinoamericano. "Uno
de los alumnos se matriculó porque
tiene familia en Colombia", me cuenta
Virtudes González, "otro por
la posibilidad de conseguir un trabajo
en Argentina, un tercero para viajar por
Centroamérica...". Allí,
en Centroamérica, en Guatemala,
es donde aprendió un poco de español
la muchacha de pelo corto y gafas que
ahora espera para hacer la prueba de nivel
y saber en qué curso debe matricularse.
"¿Estudiaste en Antigua?",
le pregunto, y asiente, sorprendida de
mi acierto. Después, aunque dice
no ser capaz de hablar casi nada en esta
lengua, no tenemos mayor problema para
comentar -coincidiendo- la belleza de
aquella ciudad, y el auge de su industria
de enseñanza del español
[3].
Pero no podemos seguir charlando, porque
en seguida llega su turno: primero mantendrá
una breve conversación con el profesor
encargado de estas pruebas, y después
deberá responder un cuestionario
escrito. Cuando esté corregido,
el profesor la llamará para escucharla
de nuevo y le propondrá el curso
que más le conviene.
Me interesa saber cuál es la percepción
de los estudiantes berlineses acerca de
la diversidad dialectal del español,
y qué actitud suelen mostrar hacia
ella. "Hay algunas personas, pocas
de todas formas", me explica Virtudes
González, "que llegan pidiendo
que les enseñemos 'español
de Colombia' o 'español de México',
normalmente porque van a viajar a esos
países, pero cuando les explicamos
que las diferencias no son tan grandes
como para justificar dar cursos específicos,
lo entienden y lo aceptan sin problemas.
Les hacemos ver que aquí aprenderán
un español que les permitirá
comunicarse en todo el mundo hispanohablante".
Por otra parte, el español que
se enseña en el Cervantes de Berlín
no es un "español neutro",
descolorido y sin sabor, pero los profesores
sí intentan "controlar su
lenguaje" para no abusar en las aulas
de los particularismos del habla de donde
proceden. Así lo hacen las tres
profesoras latinoamericanas del Instituto
(una chilena, una cubana y una argentina),
pero también los profesores españoles:
cuando dicen o pronuncian algo que saben
que no es general en el mundo hispánico,
se lo hacen ver a los alumnos y les muestran
la opción más extendida,
u otras variantes. De esa manera, los
estudiantes van adquiriendo una cierta
conciencia de la riqueza dialectal de
la lengua española.
Un par de minutos antes de que entren
en clase (es el último día
del trimestre y van a tener un examen),
hago unas preguntas a tres o cuatro alumnos.
En el caso de Cristoph, funcionario de
un ministerio, su interés por el
español se enmarca en su afición
a las lenguas en general. Por su parte,
si Hans, un hombre alto, sesentón
elegante, de aspecto plácido y
simpático, estudia ahora español,
es por su mujer: cuando hace ya unos cuantos
años ella se empeñó
en pasar unas vacaciones en España,
a él no le hizo mucha gracia la
idea, y transigió a regañadientes.
Pero España le encantó,
y poco a poco la cultura española,
lo español, se le fue haciendo
"inevitable, imprescindible",
y en años sucesivos viajó
a menudo a Madrid, a Barcelona, a Valencia,
por todo el país. Por último,
Claudia, una chica rubia de treinta y
tantos, viene a estudiar al Instituto
para no perder el español que aprendió
en varios países de América
Latina. En cierto sentido, es el caso
contrario de Stefan, el muchacho que ha
dejado una nota en el tablón de
anuncios: busca un intercambio alemán-español,
dice, para practicar y mejorar su dominio
de la lengua antes de su próximo
viaje a... Sudamérica.
Virtudes me enseña todo el Instituto.
En el piso superior, de paredes y techo
acristalados, está instalada la
preciosa biblioteca, que lleva el nombre
de Mario Vargas Llosa, quien la inauguró
hace un año con una conferencia.
"Éste es el mejor rincón",
me explica mi anfitriona con una sonrisa,
y nos sentamos en unas cómodas
butacas, en la zona de consulta de las
publicaciones periódicas, "aquí
es donde los compañeros del Instituto
decimos siempre que nos gustaría
venir a leer. Pero nunca tenemos tiempo,
claro". Es un pequeño mirador
desde el que se tiene una vista magnífica
de la ciudad, hacia la isla de los museos
y la torre de televisión, la Berliner
Fernsehturm, con el paso de los trenes
por la estación de Hackesher Markt
en primer plano.
A la salida, antes de irme, visito en
la sala de exposiciones la muestra de
fotografías de Català-Roca
seleccionadas por Juan Manuel Bonet y
curioseo en el expositor de folletos las
convocatorias culturales: además
de actividades relacionadas con autores
y artistas españoles, encuentro
una lectura de poesía del argentino
Juan Gelman, una tertulia sobre el mexicano
Carlos Monsiváis, homenajes a los
chilenos Pablo Neruda y Gonzalo Rojas...
Sin duda este trabajo ha de ir dando sus
frutos, me digo, y algún impacto
tendrá en la imagen que de la cultura
en lengua española se tenga en
la capital de Alemania.
Berlín
después del muro: voces
de la ciudad con acento mexicano
En algún momento de su estancia
en Berlín, el cronista ha llegado
a pensar que son aquí más
intensas, más agudas, la perplejidad
y la confusión que suelen experimentar
los viajeros en las ciudades que visitan
por primera vez, hasta que consiguen orientarse
mínimamente y dotar de algún
orden lo que a primera vista les parece
un caos urbano indescifrable. Claro que
en los ratos libres ha caminado por Potsdamer
Platz y Alexander Platz, ha visitado la
Puerta de Brandemburgo, el Checkpoint
Charlie y los restos del Muro, y hasta
ha dado un paseo nocturno alrededor del
Reichstag, pero duda de que sus impresiones
sobre Berlín tengan valor ninguno,
como tampoco las que se lleva sobre la
presencia del español en esta ciudad,
dejando al margen la información
que le dieron en el Instituto Cervantes.
Nada como un libro, a veces, para combatir
el desconcierto que asalta a quienes dan
sus primeros pasos por una ciudad desconocida,
y que no es raro que se empeñe
en persistir con el transcurso de los
días. El libro que el cronista
llevó a Berlín era una antología
de relatos de diecinueve escritores que
vivieron en la ciudad en la época
de efervescencia que siguió a la
caída del Muro. Pero como suele
suceder en estos rápidos e intensos
viajes de trabajo, salvo si los vuelos
o las esperas en los aeropuertos son muy
largos, también en esta ocasión
el libro volvió casi intacto a
casa. No fue sino en el avión de
regreso cuando empezó a internarse
en ese Berlín
después del Muro para intentar
deshacerse de la perplejidad, de la cada
vez más nítida e irritante
impresión de no haberse enterado
de nada...
¿Sería también una
casualidad que el libro no se hubiera
traducido y publicado en España
sino en México? De manera que,
al ir leyendo, las voces de Berlín
podían llegarle al cronista en
frases como "No me late", "Claro,
güey, pero necesita la chamba"
y "¿Qué transa contigo,
carnal, dónde andabas?". Quizá
por eso, aun sabiendo que no tenía
mucho sentido, no pudo dejar de seguir
espigando entre las páginas del
volumen signos de la presencia de lo hispano
en la ciudad: "Hace tres meses empezamos
a bailar salsa, como uno de cada dos en
Berlín", decía la protagonista
de uno de los relatos. Y en otro de ellos,
se describía el monumento al soldado
español del parque de Friedrichshain
como "un burdo coloso de piedra con
los rasgos faciales del cantante obrero
Ernst Brusch, con la pierna flexionada
hacia el piso por el pesado abrigo del
uniforme y, en el puño levantado,
en vez del fusil, un arcaico espadín".
Pero Berlín
después del Muro también
le sirvió al cronista para confirmar
que en esa ciudad, "mientras más
de cerca se observan los distritos, más
confuso e incomprensible resulta el todo",
hasta el extremo de que la propia urbe
"se desintegra en meros distritos
vecinos inconexos, los cuales, según
el radio de acción de cada quien,
o bien se conocen al dedillo, o bien se
recorren a tientas, como en el primer
día de un viaje al extranjero".
De modo que lo que el cronista, foráneo
recién llegado, había sentido
en Berlín, no dejaba de ser en
cierta manera una experiencia propia,
peculiar de sus habitantes, y aunque no
tuviera mucha relación, esto le
llevó a pensar que tal vez no todos
sus modestos descubrimientos se debieran
a la casualidad, y que quizá fuera
cierto, después de todo, que la
presencia del español en las calles
de esta ciudad tiene más que ver
con América Latina que con España
[4].
|