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"Prevaricador
del buen lenguaje, que Dios te confunda".
Así le dice en una ocasión
don Quijote a Sancho Panza, y el episodio
tiene su miga, sobre todo para quienes,
siendo aficionados a las cosas de la lengua,
vivimos en Majadahonda y pensamos que
esta ciudad española debería
hermanarse con la villa colombiana de
Tunja.
Me explico. Segunda parte del Quijote,
capítulo diecinueve. El ingenioso
caballero reprueba una vez más
a Sancho Panza por su forma de hablar:
"Fiscal
has de decir [...]; que no friscal,
prevaricador del buen lenguaje, que Dios
te confunda". A lo que Sancho se
defiende y le pide a su señor que
no le riña, "pues sabe que
no me he criado en la corte", le
dice, "ni he estudiado en Salamanca,
para saber si añado o quito alguna
letra a mis vocablos". Y agrega:
"Sí, que ¡válgame
Dios! No hay para qué obligar al
sayagués a que hable como el toledano,
y toledanos puede haber que no las corten
en el aire en esto del hablar polido".
Lo de Majadahonda viene ahora. Cuando
tercia en la conversación, para
apoyar a Sancho, uno de los estudiantes
que caballero y escudero acaban de encontrar
en el camino: "Así es",
confirma, "porque no pueden hablar
tan bien los que se crían en las
Tenerías y en Zocodover como los
que se pasean casi todo el día
por el claustro de la Iglesia Mayor, y
todos son toledanos". Y concluye:
"El lenguaje puro, el propio, el
elegante y claro, está en los discretos
cortesanos, aunque hayan nacido en Majalahonda...".
¡Vaya por Dios! La única
mención de mi pueblo en el Quijote,
y tenía que ser como referencia
indiscutible del mal hablar... Ya podía
haber citado otro sitio el estudiante
de Salamanca en su fina lección
sociolingüística: por lo que
toca al lenguaje, viene a decirnos en
ella, es tal la fuerza de la discreción
(o sea, en aquella época, de la
inteligencia, la sensatez, la agudeza),
que puede incluso compensar el haber nacido
en Majadahonda...
Ahora bien, en asuntos de lengua Majadahonda
ya no es la que era. Hoy Cervantes no
podría escribir su nombre como
ejemplo de lugar en el que se habla un
español ordinario, tosco o inculto.
¿Por qué? Antes de explicarlo,
quizá venga bien una mínima
presentación. Hablamos de una ciudad
pequeña, de cincuenta o sesenta
mil habitantes, situada a unos veinte
kilómetros al oeste de Madrid,
en dirección a la sierra de Guadarrama.
Uno de los municipios madrileños
más ricos, rodeado de otros pueblos
acomodados (Pozuelo, Las Rozas...), en
una zona conocida en la región
por su alto nivel de vida. Una zona residencial,
con chalés, casas adosadas y urbanizaciones
privadas con piscina y pista de tenis
o pádel..., y que en los últimos
años ha sufrido -está sufriendo-
un crecimiento urbanístico brutal,
con al menos dos consecuencias evidentes:
un espectacular aumento de la población,
doblada casi en un lustro, y la pérdida
del poco carácter, de la autenticidad
que alguna vez tuvieran estas poblaciones.
¿Por qué digo que Majadahonda,
en punto a las cosas de la lengua, del
español que en ella se habla, ya
no es la de antes? Primero, porque hace
mucho tiempo que dejó de ser el
villorrio campesino y ganadero que durante
largos siglos fue, y no se dedica ya a
la labranza de campos o el cultivo de
huertas, ni al cuidado de vacadas, cabriadas
y borregadas. Entre los cada vez más
escasos vestigios de su pasado rústico,
destaca, por cierto, el precioso topónimo
que le da nombre, y que para muchos madrileños
tal vez evoque una imagen de dinero, de
vida burguesa y bien acomodada, sin reparar
en que alude a una actividad pastoril
por otra parte ya casi desaparecida. (Hay
todavía un pastor fantasma que
a veces, en medio de la niebla o al final
de algunas tardes de verano, cuando amenaza
tormenta, pasea a sus rebaños por
los descampados y los caminos majariegos
que aún no están en construcción...).
Y es cierto que sobreviven en esta ciudad,
sobre todo en boca de los viejos, restos
de un castellano popular, de resabio rústico,
poco tamizado por el contacto con la escuela
o los libros, pero se encuentra en franco
retroceso, cada vez más arrinconado,
menos presente en las calles. Sin embargo,
no es esta la principal razón en
la que me baso para afirmar que Majadahonda
ha cambiado mucho en cuestiones de lenguaje.
Tampoco lo es, aunque tenga su importancia
a ese respecto, el fenómeno del
español pijo, peculiar expresión
lingüística de una determinada
situación social, propia de ciertos
jóvenes de padres adinerados (más
o menos), y que algunos considerarían
característica de esta ciudad.
Una variedad de la lengua tal vez más
aparatosa, más fácilmente
reconocible, que realmente extendida por
aquí. Pero es que salta al oído
enseguida, con sus eses de los plurales
bien marcadas y afiladas, las vocales
que se hacen más largas o más
nasales de lo debido, el relajamiento
displicente al pronunciar ciertas consonantes
o, en general, el amaneramiento impreso
en cada palabra y en la entonación.
Una jerga cuyos hablantes deben de considerar
muestra inequívoca de distinción
y refinamiento, y que a todos los demás
nos suena engolada, afectada y ridícula,
irremediablemente estúpida.
En Majadahonda,
con acento colombiano
Si sostengo, en fin, que desde un punto
de vista lingüístico Majadahonda
ya no es la que era en tiempos del Quijote,
no se debe a la casi total desaparición
del español rústico o a
la quizá superficial floración
del español pijo, sino al deslumbrante
triunfo en sus calles del español
americano, de los españoles de
América. ¡En Majadahonda
se oye hablar cada vez más con
acento peruano, argentino, ecuatoriano,
dominicano, pero sobre todo colombiano!
Como sucede en otras muchas ciudades
y pueblos de España, los inmigrantes
latinoamericanos han hecho aquí
realidad esa vieja y hermosa idea del
español como lengua de ida y vuelta,
muy llevada y traída y vuelta a
llevar y a traer, siempre de camino para
algún lado. Así, hay en
Majadahonda una continua, una densa producción
verbal en español americano, que
se concentra de manera particular en algunos
barrios y en ciertos bares; en torno a
los teléfonos públicos,
sobre todo por la tarde, cuando los de
la otra orilla ya están despiertos;
o a lo largo de nuestra Gran Vía,
peatonal desde hace unos años,
por la que es un placer pasear entre matices
y tonalidades de moreno procedentes de
la América Morena, como la llamaba
Fernando Quiñones.
Pero donde esa intensa producción
verbal con distintos acentos hispanos
alcanza su mayor condensación tal
vea sea en los ciberlocutorios que han
proliferado en algunas calles del centro.
Yo visito a veces algunos de ellos para
navegar por Internet. Hay uno, el Águila
Dorada, que además de teléfonos
y ordenadores, tiene tienda de alimentación:
un "supermercado latino" que
se anuncia como "rinconcito de América"
y donde se pueden encontrar yuca, panela,
pan de bono, papa criolla... Hace unos
días, comprando allí arepas
y frijoles, trabé conversación
con la tendera, una risueña y muy
amable señora colombiana:
- Me han contado que en Tunja es donde
se habla el mejor castellano de Colombia
-le dije.- ¿Lo había oído
usted antes?
- Umm..., sí..., puede ser -respondió-.
Pero, brrrrr..., qué frío
hace en Tunja, es ciudad de páramo...
No la vi muy convencida. "¿Qué
sitio de Colombia tiene fama de ser donde
mejor se habla?", insistí,
"¿tal vez Bogotá?",
y ella pareció dudar: "No
sé, quizá en el valle del
Cauca...". Y tras unos segundos de
silenció, aseguró, suave
pero categórica, embromándome
y a la vez hablando en serio:
- Eso sí, donde se habla mal el
español es aquí. Lo de allí
no tiene nada que ver, es otra cosa, más
armoniosa, más dulce... Aquí,
qué cantidad de expresiones y palabras
feas -añadió la señora,
arrugando la nariz y exagerando el gesto-.
Y ese acento, esa forma de pronunciar,
tan dura...
Pero no se refería a Majadahonda,
sino a España en general. Y yo
creo que no le faltaba razón, aunque
también pienso que el español
de mi ciudad ha mejorado de manera sustancial
gracias a la infiltración del hermoso
y limpio acento colombiano; de la dulzura,
la precisión y la fluidez del habla
argentina; del discurso claro y biensonante
de los peruanos... "Cada vez que
viajo a América aprendo mucho español",
ha dicho más de una vez Álex
Grijelmo. Ahora, los que vivimos en Majadahonda,
como en otras muchas ciudades del país,
no hace falta que viajemos a América
para conocer más y mejor esta lengua.
A poco que, paseando por nuestra muy ventilada
Gran Vía, agucemos el oído
-o simplemente lo abramos-, los distintos
españoles del lado de allá
nos regalarán cadencias y modulaciones
distintas de una música compartida,
y con ellas el sonido auténtico
del idioma común, que es el de
una polifonía... estereofónica.
Y así es como creo yo que viene
a redimirse esta ciudad de la mala fama
lingüística implícita
en el pasaje del Quijote.
"El lenguaje puro, el propio, el
elegante y claro" -podría
decir hoy, ¿por qué no?,
el estudiante salmantino- "está
en los discretos ciudadanos, especialmente
en los que, llegados de las Indias, han
venido a parar a Majadahonda".
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