Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 25, 27 de marzo de 2004. Majadahonda (Madrid)

¡Sí hay palabras!

(el 11-M en Madrid: terrorismo, silencio y fe en el lenguaje)


Victoriano Colodrón Denis
 
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Es verdad que quienes viajamos todos los días en los trenes de cercanías de Madrid, ahora vamos más callados. Antes no es que habláramos mucho tampoco, sobre todo por la mañana temprano, cuando el que no va dormitando, se enfrasca en la lectura, juguetea con el teléfono móvil o escucha sólo el sonido de la música o la radio que le llega por sus auriculares. Pero es verdad que ahora vamos más callados. Y cuando el tren aminora la marcha, frente a la calle Téllez, antes de entrar en Atocha, el silencio se adensa... ¿Nos habremos quedado sin palabras?

Después de los atentados del once de marzo en Madrid, fueron muchos -fuimos muchos- los que reaccionamos pensando o diciendo: "¡No hay palabras!". De esa manera, a una primera impotencia -no podíamos hacer nada para evitar lo que ya había pasado, ni para perseguir y detener a los asesinos- venía a sumarse otra impotencia: la de reconocernos incapaces de describir la tragedia, de calificar a los terroristas o incluso de explicar cómo nos sentíamos.

"Me faltan las palabras", "no tengo palabras para...", "no creo que haya una palabra en el diccionario que pueda expresar..." Manifestaciones como éstas fueron muy comunes en los días siguientes a la masacre. Las oíamos en boca de los testigos, de los familiares de las víctimas, de quienes habían socorrido a los heridos, pero también de muchos otros vecinos de Madrid conmocionados por la matanza. En la emocionante manifestación del viernes doce de marzo se vieron pancartas con ese solo mensaje -"no hay palabras"-, y en los periódicos y en muchas páginas de Internet encontramos la misma expresión.

Otros decían -decíamos-: "esto no tiene sentido", "es incomprensible", o bien "no hay derecho". Y en el fondo venía a ser lo mismo que afirmar "no hay palabras", porque detrás de todas esas frases se podía rastrear una misma convicción: la de que el lenguaje es -tiene que ser- el dominio de lo que significa y tiene sentido, de lo que se puede y se debe explicar y entender, el ámbito de la razón, la justicia y la verdad. Pero, perdidas las palabras en medio del desconcierto y el horror, desesperantemente enanas e inútiles, sentimos que todo lo demás se tambaleaba y desaparecía también: "Esto no hay quien lo entienda", "no hay derecho"...

Hubo también quien formuló una idea parecida con términos opuestos: ante tamaña barbarie "sobran las palabras", nos decían. Y no porque pensaran que hacía falta callar para dejar el paso expedito a la pura acción, sino como reclamando un espacio de silencio para la reflexión, para el homenaje a las víctimas o simplemente el recogimiento y la paz con uno mismo.

Tal vez fuera sólo que es muy difícil hablar cuando se está llorando, y que las lágrimas ahogan las palabras. "Soy un partidario del diálogo", escribió Vicente Molina Foix en El País al día siguiente de la tragedia. "Quiero hablar con los muertos, más elocuentes hoy que los vivos, limitados en nuestra supervivencia a llorar y no entender nada, a pedir venganza, calma o justicia". Sí, es muy probable que fuera eso lo que estaba ocurriendo: en silencio, pensábamos en los muertos, les hablábamos y les escuchábamos, imaginábamos las conversaciones que ya nunca podríamos mantener con ellos en uno de esos trenes de cercanías, camino de Madrid, en los que ya todos íbamos a ir un poco más callados.

En cualquier caso, ya fuera porque nos faltaran o nos sobraran, el hecho es que nos habíamos quedado sin palabras. El Dolor había instaurado su reino y por unos momentos (tal vez de horas o días) todos enmudecimos. Como si en ese país del sufrimiento al que habíamos sido deportados en un instante cruel, no se hablara lengua alguna, porque todos sus habitantes -entre los que ya nos contábamos- estuviéramos aquejados de una extraña afasia, producto de la desolación, la rabia, la indignación, el odio también.

No nos dábamos cuenta, quizá, de que la resignación a lo inefable era -es- nuestra segunda derrota, y además frente a quienes no están interesados en hablar, frente a los que sólo se escuchan a sí mismos. Y olvidábamos que en ocasiones como ésta no es bueno perder la ilusión (sinónimo de espejismo, pero también de esperanza) de que todo se puede decir y de todo se puede hablar, porque lo contrario sería cederle un espacio inmerecido a la irracionalidad, a la más profunda y peligrosa y aterradora estupidez de la que somos capaces los seres humanos.

Recuperar las palabras

Por eso, tras la reacción primera, comprensible y tal vez inevitable, se imponía la tarea de recuperar las palabras. Lo proponía Manuel Rivas en El País del catorce de marzo: "Hay que ir rebuscando, a las palabras, en las ruinas del lenguaje", escribía, porque "la onda expansiva las ha arrojado muy lejos". Y un día después, en el mismo diario, el psiquiatra Luis Rojas Marcos titulaba su artículo: "Por favor, hablad", invitando a todos los afectados a compartir "sus experiencias, sus temores y ansiedades" como medio para superar la desgracia, generar un sentimiento de universalidad ("esto no me pasa sólo a mí") y explicarse a sí mismos lo que les estaba haciendo sufrir, entenderlo e interpretarlo.

Porque sí hay palabras, tiene que haberlas. Para decir cómo nos sentimos. Para contar lo que ha pasado. Para decir lo que pensamos de los asesinos. Para insultarles también, por qué no (y nuestra lengua española no anda escasa de recursos...). Para quejarnos. Para gritar de dolor. Para hacernos preguntas e intentar responder las preguntas de nuestros hijos, porque precisamente a ellos no podemos decirles que no hay palabras, no podemos enseñarles esa impotencia -aunque por momentos nos atenace-, transmitirles esa forma de la resignación.

Es verdad que muchas veces tendremos la impresión de que las palabras se quedan cortas y no alcanzan a expresar lo que queremos decir. En otras ocasiones, por más que rebusquemos en nuestro vocabulario, no daremos con los términos adecuados. Pero no deberíamos dejarnos ganar por el desánimo -"no hay palabras"-, sino esforzarnos más aún en perseguir la precisión, el matiz enriquecedor, la expresión justa. En afinar y refinar ese instrumento único, que es el que nos permite distinguir, valorar, proyectar y recordar, buscar la cercanía o rechazar, y diferenciarnos de la brutalidad...

Otro motivo de desaliento puede surgir al comprobar que el habla, la lengua, también están a disposición de quienes los aprovechan de manera torticera y espuria, utilizándolos para confundir, para engañar, para mentir. O para atacar, para agredir, para dar pábulo al odio y el enfrentamiento, valiéndose de que la palabra, como escribió María Zambrano, "es también al modo del fuego, que prende y se prende, que se propaga, que arrebata también. Y como el fuego, también puede ser, es a veces, destructora", por lo que "tras de ciertas palabras sólo quedan cenizas". Y sin embargo habrá que conservar la fe en el lenguaje y, a riesgo de parecer ingenuos, coincidir con Kenzaburo Oé cuando defendía en Barcelona, el martes 16 de marzo (lo contaba El Mundo), "el acto de escribir para luchar contra la violencia", aunque "se suele pensar que con las palabras no se puede combatir el terrorismo".

Para mantener esa confianza, será necesario, además, sortear varias trampas: la del tópico insustancial o la grandilocuencia gratuita, para empezar, y esa otra, más insidiosa, en la que cae quien adopta el lenguaje perverso de los terroristas, repitiendo sus distorsiones, sus falacias, sus repugnantes tejemanejes verbales (sus "comandos", sus "activistas", sus "acciones armadas", sus "ejecuciones"). Y sentiremos también la tentación de un silencio fácil y cómodo, pero cobarde, y que no nos conviene, porque sirve sólo para cobijar el miedo, la confusión y la desesperanza. De modo que, puestos a callar, habrá que preferir el silencio que no se nos impone, el que elegimos, capaz de criar palabras más claras, más limpias, más serenas, las que nos hacen falta.

Porque claro que hay palabras, ¿cómo no va a haberlas? Palabras también para nombrar, una por una, a todas las víctimas mortales (sus nombres y apellidos, parte ya de nuestro vocabulario). Para saber, aunque sea sólo por las breves semblanzas de los periódicos, quiénes eran, de dónde venían, a qué se dedicaban y qué les gustaba, cuáles eran sus proyectos, sus esperanzas, sus frustraciones, quiénes les querían y a quiénes querían...

Precisamente lo que los terroristas quisieran que no hiciéramos (lo ha explicado muy bien Arcadi Espada en sus Diarios): entender que cada una de esas personas era un mundo particular, tenía una vida irrepetible, única -igual en eso a la nuestra-, y no considerarlas sólo un número más en la estadística de la masacre. Precisamente las palabras que los terroristas preferirían que no utilizáramos: las que nos permiten saber que el ecuatoriano Neil Torres Mendoza celebró el miércoles diez de marzo el cumpleaños de su madre, que vive en Guayaquil; que la madre de Miguel Antonio Serrano Lastra, español, fontanero, de 28 años, sólo desea "que el mundo se contagie de la mitad de su humanidad, generosidad, bondad, nobleza y sentido del humor"; que Héctor Figueroa Bravo, nacido en Puerto Montt, Chile, compartía un piso pequeño en Vallecas con su mujer, Angélica, su hijo, Ignacio, de siete años, y su suegro, y que eran felices; que a Enrique García González, dominicano, instalador de calderas y aire acondicionado, le encantaba bailar la bachata y el merengue, y deja huérfanos a tres niños de dos, cuatro y seis años; que Luis Rodríguez Castell, estudioso y aficionado al fútbol, sobresalía por su sentido del humor ("te partías de risa con él"); que Danuta Teresa Szpila, a la que le gustaba salir, bailar, leer y cocinar, llegó hace cinco años a España desde Grodzisko Dolne, en Polonia, y en Alcalá de Henares conoció a su novio, Krysztof; que Ángel Luis Rodríguez Rodríguez, de Vallecas, 34 años, contaba siempre los días que faltaban para el verano: entonces se iba al pueblo, a Valdeverdeja, en Toledo, y allí se tumbaba en el patio por las noches para ver las estrellas; que a Neil Astocóndor Masgo, del Perú, le gustaba cantarle a su hija Mayra la canción de Lucho Barrios Niña bonita; que a Mariana Negru, rumana de 40 años, lo que más le gustaba de España era el mar, y que los libros que leía en el tren los tomaba prestados de la oficina en la que trabajaba; que Daniel Paz Manzón, John Jairo Ramírez Bedoya, Encarnación Mora Donoso, Vicente Marín Chiva, Susana Ballesteros, Juan Alberto Alonso...

¿También estas palabras sobran, o van a faltarnos?

* * *

Ante tragedias como la que hemos vivido, o incluso de menores dimensiones, a veces albergamos pensamientos absurdos, asociaciones de ideas que se nos antojan fuera de tiempo y lugar, y de las que incluso llegamos a avergonzarnos: "¿Cómo se me puede ocurrir ahora esto, con lo que acaba de pasar?". Pero no siempre son ocurrencias insólitas: en estos casos, quizá no sea tan raro acordarse de familiares o amigos ya desaparecidos, y pensar que se han librado de sufrir con la desgracia.

Durante el fin de semana que siguió al atentado, en medio de la pena, el aturdimiento y la indignación, le dio a uno por acordarse de Fernando Lázaro Carreter, gran maestro de la lengua española, fallecido hacía sólo una semana: "Lázaro se ha ido sin conocer esta brutalidad", me decía a mí mismo, "se ha ahorrado todo este dolor...".

Y el lunes quince de marzo, el mismo día en que El País informaba del entierro del filólogo en el cementerio de Magallón, el pueblo zaragozano donde había nacido, El Mundo mencionaba uno de sus libros más conocidos en una noticia sobre los atentados. Describía el texto la sala en que se habían dispuesto las cosas que llevaban las víctimas mortales en su viaje en tren, para que sus familiares pudieran recogerlas. En el suelo, perfectamente ordenados (salvo cuando la identificación había sido imposible), había bolsos, mochilas y carteras cerradas, pero también muchos objetos sueltos: monederos, agendas, guantes, dinero... y libros. Entre ellos, un ejemplar de El dardo en la palabra, con un señalador entre sus páginas, hacia la mitad del volumen.

Son muchas las imágenes, las historias o los detalles emocionantes que hemos conocido en torno a los atentados del 11-M en Madrid, y en los que hemos querido ver, a pesar de su pequeñez o su aparente insignificancia, una condensación de la tragedia, del patetismo de lo que había sucedido. Están, por ejemplo, esos teléfonos móviles que sonaban en medio del silencio, cuando ya sus dueños no podían responder porque las bombas habían explotado (la palabra abolida), pero yo me quedo con el marcapáginas en el libro de Lázaro Carreter, con la imagen de esa lectora que, muy de mañana, en el tren, camino de Atocha, iba cultivando la fe en las palabras.

 

 
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