Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 23, 18 de enero de 2004. Majadahonda (Madrid)

La música de los topónimos

(guía de uso para viajeros de papel)


Victoriano Colodrón Denis
 
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¿Qué hay en el nombre de un lugar? La respuesta más obvia sería, sin duda: un eco del pasado, de un pasado más o menos remoto; el eco de quienes alguna vez decidieron bautizarlo. Pero ¿por qué con esa palabra y no con otra? Tal vez estuvieran allí sólo de paso, puede que se quedaran una noche nada más, camino de quién sabe dónde, huyendo quizá de la peste o del hambre, persiguiendo a sus enemigos o cumpliendo un incierto rito migratorio. Así que es posible que no se fijaran muy bien en el sitio en cuestión, y que sólo con una primera impresión apresurada y fugaz se atrevieran a darle nombre, o no pudieran resistir la tentación de hacerlo, llevados por ese impulso primigenio, ligado a la mera existencia del lenguaje, que es el de nombrar, como lo es también el de narrar.

Y lo harían váyase a saber con qué criterio o propósito, si sólo para reflejar con la palabra lo más característico del lugar en el orden físico o social, o tal vez con otros fines: en homenaje a una persona quizá, en conmemoración de un hecho señalado, en recuerdo de otro sitio, para cumplir una promesa, para librarlo de supuestos malos espíritus o con cualquier otra oscura intención simbólica. O puede que fuera por broma, con intención humorística, o como resultado de una apuesta. ¿O sólo por puro capricho, por un arbitrio sin fundamento? En cualquiera de esos casos, además, el bautizo pudo resultar afortunado o no, porque, como en cualquier acto creativo, también en el de nombrar una playa, un puerto de montaña, un río o una aldea, es posible un acierto mayor o menor, más o menos ingenio, perspicacia, oído y buen gusto...

Elucubraciones e hipótesis éstas tal vez sin mucho sentido y que quizá no conduzcan a ninguna parte, pero que, de tener algo de verdad, desmentirían esa otra idea esencialista del topónimo como accidente natural e intrínseco del lugar, inextricablemente unido a él y del todo ajustado a su espíritu, a un supuesto genius loci. El topónimo, según esta teoría, no podría verse como el producto de una u otra circunstancia más o menos razonable; no sería, en suma, arbitrario, sino necesario. Como si un acorde íntimo los ligara a los dos, el sitio y su nombre, ambos parte de un mismo tejido inconsútil. No sólo eso, sino que los topónimos constituirían incluso la verdad última de una lengua, su esencia o, como escribió Unamuno en un curioso poema, su “tuétano intraductible”:

Ávila, Málaga, Cáceres,
Játiva, Mérida, Córdoba,
Ciudad Rodrigo, Sepúlveda,
Úbeda, Arévalo, Frómista,
Zumárraga, Salamanca,
Turégano, Zaragoza,
Lérida, Zamarramala,
Arrancudiaga, Zamora,
sois nombres de cuerpo entero,
libres, propios, los de nómina,
el tuétano intraductible
de nuestra lengua española.

Ahora bien, aunque a veces pueda resultar atractivo pensar -por lo que a los asuntos de la lengua se refiere- en esencias, en tuétanos y en otras cosas mayormente “intraductibles”, a mi entender no suele ser aconsejable ni razonable hacerlo. Cuando se trata de topónimos, yo prefiero hablar de sabores, de perfumes y de sonidos, a pesar de los versos de Unamuno o atendiendo, más que a su moraleja final, a su ritmo y su música esdrújula. Y es que eso, una determinada realidad sonora y visual, es lo primero que se impone a quien oye decir o lee un topónimo por primera vez, como ocurre con cualquier otra palabra, porque el lenguaje, como ha escrito Álex Grijelmo, “constituye en primer lugar un hecho sensorial, que recibimos con el oído o con la vista”, y los sonidos de las palabras, esas taimadas seductoras, tienen una gran “capacidad para transmitir con ellos significados anejos, a veces casi imperceptibles”.

El sonido es un misterio. En determinadas palabras, en algunos topónimos, encontramos a veces sonoridades amigas, con las que sentimos una afinidad imprecisa pero indudable. Por qué nos “suena bien” el nombre de un lugar, y no otro, sería muy difícil de explicar, si no imposible. Para intentarlo, habría que auscultar oscuras resonancias y analogías secretas con otras palabras, pero eso quizá no bastaría. También tendríamos que explorar pasajes de sonido y de sentido que comunican el topónimo amigo con experiencias olvidadas que aún laten con fuerza en nuestro interior; con impresiones y sensaciones muy lejanas; con matices inapreciables de sentimientos; con gustos y preferencias estéticas tal vez no conscientes, nunca expresadas; puede que también con simples fijaciones, manías y fantasías; o con la inclinación por determinados símbolos y arquetipos universales, que nos remitirían al inconsciente colectivo.

El caso es que a veces de un topónimo nos basta su puro sonido, que se nos impone de manera a primera vista caprichosa. En realidad, suele haber para ello motivos que conocemos mezclados con otros que ni siquiera sospechamos, de modo que el fenómeno no deja de parecernos enigmático. ¿Por qué me gusta a mí –valga como ejemplo- la elegancia sobria y escueta de Antequera, su sonido cabal, entero, seco? Tal vez porque dibuja ante mi sensibilidad acústica la imagen sonora de una Andalucía antigua, concentrada, ceñida, quizá sin mucha gracia y con poco salero, pero honda, fina. Ahora bien, sé que hay otros motivos, de distinto orden, que intervienen en esa preferencia: entre ellos, el recuerdo de una subida a pie por Las Pedrizas, una mañana de invierno; la cercanía de otros topónimos queridos –Alameda, Humilladero, Fuente Piedra-; y hasta la imagen apetitosa de un delicioso mollete de Antequera, tostadito y con aceite de oliva. A éstas, habría que añadirles otras razones de las que soy igualmente consciente, y que no explicito aquí, y aun algunas más de cuya existencia no dudo, pero que tampoco alcanzo a barruntar.

De todas formas, no se trata sólo de sonidos, por supuesto, ni del significado que éstos aportan a la palabra, sino que hay también en cada nombre un sentido originario, e intentar conocerlo puede ser fuente de disfrute intelectual. “Hay quien va por el campo cazando perdices o conejos; otros cazamos topónimos”, ha confesado Josep Maria Albaigès en su Enciclopedia de los topónimos españoles. “El placer de descubrirlos, examinarlos y desentrañarlos es algo de lo que no se puede prescindir en cuanto se ha catado”. Terreno éste, el del desciframiento del significado de los nombres de lugares, en el que no hay nada más fácil que perder pie, abonado como está para la mixtificación buscada o sólo sobrevenida, la etimología popular y la lingüística diletante, las especulaciones gratuitas y la imaginación al servicio del amor al terruño, pudiendo manifestarse todo ello de manera más o menos descabellada...

Incluso cuando la capacidad de sugestión del topónimo es abiertamente figurativa, porque las imágenes que suscita las identificamos sin problema gracias a un significado obvio -Pozondón, Nogales, Villanueva de la Cañada-, no hay que olvidar que, en materia de interpretación toponímica, se está siempre al borde del error: de hacer caso a Albaigès, ni Fuenteheridos debe su nombre a episodio de sangre alguno (sería una derivación del latín fontes frigidos, ‘fuentes frías’), ni un rayo partió ninguna carrasca en Hiendelaencina (nombre que remite más bien a “allende la encina”). Desde luego, las dificultades son mayores en los casos en que el nombre exhibe un perfil irreconocible, de tipo erizadamente abstracto: Turzo, Huelma o Canjáyar celan mejor su secreto, enigmáticos, y en cualquier caso resultan indescifrables sin conocimientos especializados de ardua adquisición o la ayuda, al menos, de una buena obra de consulta.

Aunque ignoremos su significado, e incluso prescindiendo de su sonido, lo que nos fascina y hasta nos emociona de los topónimos es que vienen del pasado, que brotan en nuestros días como veneros de una antigüedad de la que tal vez son vestigios únicos, o por lo menos su presencia más evidente, sin que muchas veces nos demos cuenta de ella. Los nombres de aldeas y caminos, de valles y barrancas, de todo tipo de parajes, proceden de un pasado por lo general tan remoto que parecen haberse constituido en una segunda naturaleza de los lugares que designan, naturaleza que se confunde también con la misma lengua a cuyo léxico pertenecen tales palabras. A esta casticidad o autenticidad de los topónimos creo que se refería Barthes cuando decía que “el nombre propio tiene una significación común: significa la nacionalidad y todas las imágenes que se pueden asociar con ella”. Esto quizá explicaría también la metáfora unamuniana del “tuétano intraductible”...

Itinerarios personales (de nombre en nombre)

Le gusta a uno de vez en cuando pasar los ratos muertos mirando el atlas o el mapa de carreteras. Para internarse en sus páginas, piensa, no hace falta un motivo práctico -estar planificando un viaje o ir en busca de un dato concreto-, porque puede ser una actividad muy gratificante en sí misma. Se dedica uno a ella por fantasía viajera, claro, pero también por un placer de tipo lingüístico, que es el que brindan los topónimos. En realidad son dos ingredientes inseparables de una misma experiencia. Está, por una parte, el juego de imaginar cómo serán esos países, esas ciudades, esos ríos y montañas cuyos nombres se despliegan por las láminas del atlas; de intentar figurarse la vida en ellos y de fantasear con la posibilidad de conocerlos. Y por otro lado tenemos el encanto de esos mismos nombres, el deleite que podemos sentir al degustarlos cuando los leemos o cuando, para apreciar mejor su sonoridad, los pronunciamos en voz alta.

En estos viajes de papel, ya digo, la ensoñación vagamente aventurera resulta para mí indisociable de un disfrute de naturaleza verbal, y es que en los topónimos encuentro una dimensión placentera de la lengua, del español, añadida a las que aprecio también en la literatura, la música, el diccionario o simplemente oyendo hablar a la gente. En el atlas se pueden escuchar todas las posibilidades sonoras, todas las músicas del idioma, que resuenan no sólo en los nombres de los sitios en que se habla (aunque provengan de lenguas distintas: Xochimilco, Popayán, Saraguro, Arequipa, Cobquecura, Coihaique), sino también en los topónimos que designan en español lugares de otros dominios lingüísticos (Noruega, Damasco, Madagascar). Pero en mis recorridos por el atlas me dirijo casi siempre a los países hispanohablantes, porque al encanto de los nombres (Temuco, Chiriquí, Bucaramanga) se añade el gusto del dialectólogo aficionado por sumergirse en la diversidad de giros, palabras y acentos de una lengua tan ancha (tanto que su toponimia no puede representar nacionalidad alguna, en contra de lo que escribió Barthes).

Por ingenuo que resulte, confieso que suelo buscar en esos mapas los rincones más apartados -o que yo imagino como tales-, las comarcas de provincias remotas que se me antojan menos conocidas, más alejadas de las rutas turísticas... Cuento entre mis páginas preferidas las que muestran a gran escala a Chile, Argentina, Bolivia y Uruguay; me pierdo a menudo también por México y el sur de Estados Unidos; en Centroamérica no suelo dejar de visitar Panamá, El Salvador o Nicaragua; ni Cuba y Puerto Rico, en el Caribe. La mirada explora entonces las pálidas manchas de color del atlas, tan sugerentes, y de nombre en nombre se va encendiendo la imaginación con la posibilidad de un viaje sin rumbo ni propósito fijo, ni plazo tampoco, por Nuevo México o Chihuahua (Albuquerque, Jicarilla, Orogrande, Coyame, Ojinaga, Placer de Guadalupe), por Nicaragua (Bonanza, Jinotepe, Matagalpa) o por Tucumán y Catamarca (Choromoro, Cafayate, Tinogasta, Andalgalá).

Además del atlas, le tiene uno afición también, por las mismas razones, al mapa de carreteras de España, aunque con la diferencia de que en este caso es más fácil que los viajes imaginarios se hagan realidad. Muchas veces lo hojeo por el gusto de proyectar excursiones sin fecha fija, para días de fiesta o fines de semana inconcretos. En esos rastreos ociosos y demorados por los caminos del mapa, suelo elegir zonas que no conozco, y que decido que me gustaría visitar sugestionado normalmente por tres o cuatro imágenes y referencias de base más o menos fundada. Son figuraciones y ensoñaciones paisajísticas, literarias, históricas, puede que incluso gastronómicas (aunque mis apetencias en este terreno son muy modestas), pero también lingüísticas: de nuevo el placer de apreciar la belleza de los topónimos, unido a la ilusión -que me temo lo sea en su doble sentido de esperanza y de espejismo- de escuchar el habla del lugar.

Si el viaje es de verdad, los nombres de los sitios son un aliciente más del itinerario, y la sonoridad de un topónimo, aliada a la de un paisaje, basta muchas veces para justificar una parada en un pueblo, un paseo por una playa o un desvío de la ruta para visitar un monasterio. Tanto al escudriñar el mapa en casa, como en mis excursiones reales -en las que me gusta circular por carreteras secundarias, visitar pueblos solitarios y andar por el monte o por viejos caminos-, lo que busco sobre todo es un poco de silencio, de ese “maravilloso silencio” cervantino que, aunque con dificultades, todavía se puede encontrar en esta España estruendosa y amante de las muchedumbres. Y si tengo suerte, además de todo eso –paisaje, silencio, aire fresco, una buena caminata-, encuentro también una toponimia feliz, la belleza de la lengua encarnada en los nombres de los lugares por donde paso.

Quizá por todo lo dicho (y por otros motivos que sería largo desentrañar), cuando se trata de recorrer por España carreteras de tinta o de asfalto, me encamino casi siempre por tierras de Andalucía, con preferencia por la provincia de Málaga (Álora, Cártama, Cómpeta, Atajate, Macharaviaya, Gibralgalía), aunque con frecuentes incursiones por Córdoba, Granada y Jaén (Rute, Bujalance, Nívar, Atarfe, Albolote, Jabalcuz, Cambil). Caso aparte es el de Cádiz, donde, además de los pueblos de la provincia (Jédula, Ubrique, Benamahoma), si tuviera que elegir me inclinaría por algunos topónimos urbanos de la capital: alameda de Apodaca, torre Tavira, plazas de Mina y del Mentidero, de Candelaria y del Tío de la Tiza, plaza de la Cruz Verde y plaza de la Catedral, de donde sale el callejón de los Piratas... Me gustan también los nombres compuestos con Alcalá, y muchos son andaluces, incluidos los dos que prefiero: Alcalá de los Gazules (el nombre de pueblo más bonito de España, según dijo Antonio Gala hace unos años) y Alcalá la Real, acaso no tan llamativo, pero con su propio encanto.

Viajo también a menudo por La Mancha (Puerto Lápice, Carrizosa, Ruidera, Membrilla, Daimiel) y por Extremadura, sobre todo por Cáceres (Magasca, Carcaboso, Valdehúncar). No faltan tampoco las salidas por Castilla, donde mis preferencias en materia de paisaje y toponimia se dirigen normalmente a Segovia, Valladolid y Palencia (Frumales, Fuentidueña, Alcazarén, Nocedo, Triollo, Fontecha); y a Burgos, Soria y Guadalajara (Villariezo, Rublacedo, Tardelcuende, Almazul, Alboreca, Tamajón). Más allá de los nombres de pueblos y aldeas, siento una inclinación especial por los de sierras, serrezuelas y serrijones. Y tengo donde elegir, porque España es un país de cordilleras y serranías, como me hizo ver en una ocasión Manuel de Lope, el autor de Iberia. La puerta iluminada, ese libro de viajes tan personal en el que no faltan finos apuntes toponímicos: “Se para uno en cualquier carretera”, me decía Manuel, “y hasta donde alcanza la vista se extienden sierras tras sierras, unas detrás de otras, perdiéndose en la lejanía en panoramas magníficos”. A mí, además de contemplarlas y de caminar por ellas, me gustan sus nombres: sierra de Líbar, verde y azul, con un toque de limón; enigmática sierra del Co; sierras Tallisca, Hornacho, Marmolance, de Burete, de Alcarama, del Torozo; cuerda del Enjambradero...

Ilusión y decepción. Los topónimos y el viaje al pasado

La toponimia, al convertir en palabra los parajes cotidianos, los humaniza y nos ayuda a hacerlos aún más nuestros, a apropiárnoslos. Pero también puede desplegar la representación de una extraña lejanía y ejercer un intenso poder de fascinación por lo ajeno y lo distante. Los nombres de los sitios remotos desencadenan esa energía evocadora cuando una mirada bien dispuesta se detiene en ellos, al verlos escritos en el atlas. Son viajes de papel con luz de interior, como el que Pablo García Baena situaba en un oscuro rincón de provincia en uno de los poemas de su libro Antiguo muchacho:

Bajo la dulce lámpara,
el dedo sobre el atlas entretenía al muchacho en ilusorios viajes
y un turbador perfume de aventuras
salpicaba de sangre el mar antiguo de los corsarios.
..........

Muchos años después, esa luz se encendería de nuevo en otro poema, El atlas, de Felipe Benítez Reyes, para iluminar más claramente el incendio que los topónimos pueden prender en una imaginación infantil:

Se alejaban los barcos cargados de tesoros
y el niño señalaba con mano desvaída
las regiones lejanas de nombres eufónicos,
suaves como versos de cadencia elegíaca:

Alejandría, Córcega, Tornea, mar de Banda,
Majach-Kala, Karat, Bengasi, Esmirna.
..........

El topónimo, en cualquier caso, no es sólo su sonido y lo que indica, sino que existe sobre todo en función de los deseos que es capaz de despertar en quien los oye o los lee. Entre ellos, los más comunes son, por supuesto, el de saber qué significan y el de viajar a los lugares que nombran (si alguna vez vuelvo a Uruguay, no quiero dejar de ir a Durazno y a Tacuarembó; en el próximo viaje a Comillas me desviaré a Vozpornoche; ¿cuándo podré subir al Teleno que cantaba Panero?). Muchas veces conviene resistir esos dos deseos y contentarse con el puro vocablo y las fantasías que pueda propiciar. Porque hay ciudades que lo único bonito que tienen, o lo mejor, es el nombre; lugares que no están a la altura de su topónimo.

El narrador de En busca del tiempo perdido es uno de los mejores expertos en la decepción del viajero que se ilusiona con los nombres de los lugares adonde va a viajar y que los enriquece antes de la partida con rasgos y matices nacidos por sugestión artística o literaria. Ese narrador es quien con más precisión ha descrito el instante en que, al visitar por primera vez una ciudad con cuyo nombre hemos fantaseado largo tiempo, nos damos cuenta de que el ensueño no se corresponde con la realidad, y recorremos tal vez sus calles buscando en ella “un alma que no puede contener, pero que ya no podemos expulsar de su nombre”.

Proust también ha explicado muy bien lo que puede ocurrir con los topónimos de los sitios en los que no hemos estado, pero que llevan por nombre personas que sí conocemos. Cuando al narrador de El tiempo recobrado le presentan a la duquesa de Parma, este nombre largamente ensoñado, en el que su imaginación había condensado el perfume stendhaliano de “millares de violetas”, se ve sometido a un proceso químico igualmente complejo, tras el cual, sin rastro ya de ese denso aroma floral, queda ligado sólo a “la imagen de una mujercita morena, ocupada en obras de caridad, de una amabilidad tan humilde que en seguida se echaba de ver en qué altanero orgullo tenía su origen”. La desilusión al conocer al príncipe de Agrigento es del mismo tenor. Ese nombre, nos dice, lo había asociado siempre a una cristalería transparente, bajo la que veía los cubos sonrosados de una ciudad antigua, iluminada por un sol de oro a la orilla del mar. Pero en el príncipe “ya no quedaba ni un átomo de encanto”, como si su nombre hubiera tenido la capacidad de imantar cualquier asomo de vaga poesía encontrada en el pariente de los Guermantes -ese “vulgar abejorro” que tan patéticamente había “pirueteado” al saludarle-, y lo hubiera encerrado después entre sus “sílabas encantadas” para así aumentar su capacidad de seducción.

Las decepciones que la toponimia puede deparar son, en suma, tan variadas y poderosas como los encantos y las ilusiones que es capaz de producir. Entre estas últimas destaca la del regreso al pasado, cuestión en la que de nuevo el novelista francés es maestro. Si un nombre conocido, que a fuerza de cotidianeidad ha perdido para nosotros lustre y capacidad de sugestión, volvemos a oírlo “con el timbre particular” que tenía para nosotros en otros tiempos, quizá consiga devolvernos “el matiz exacto, olvidado, misterioso y fresco” de aquellos días. Hay aquí una lección adicional: hace falta una particular manera de pronunciar el topónimo para poder percibirlo y apreciarlo como si fuera nuevo, como en los días en que era nuevo para nosotros. Así, por sorpresa, es como el nombre de un lugar puede inundarnos con un chorro de sensaciones del pasado, pero también es posible a veces buscar ese efecto. En ambos casos veremos aparecer de nuevo ante nosotros, “yuxtapuestos, pero enteramente distintos unos de otros, los matices que en el curso de nuestra existencia nos presentó sucesivamente un mismo nombre”.

De esta manera, el topónimo funcionaría como una lámpara mágica cuyo genio encerrado nos ofreciera transportarnos no a fantásticas lejanías, sino a los sitios que significaron algo especial para nosotros en el pasado. En una escena memorable de la novela de Evelyn Waugh Retorno a Brideshead, los jóvenes protagonistas, Charles y Sebastian, salen de Oxford en un automóvil, una mañana esplendorosa de junio, provistos de una botella de Château Peyraguey y una cesta de fresas. Ya en el campo, poco antes del mediodía, se sientan a charlar a la sombra de unos olmos y encienden sus gruesos cigarrillos turcos, cuyo humo azulado pronto los envuelve. Entonces asistimos a una confesión de Sebastian: le gustaría, dice, enterrar un objeto precioso en todos los lugares en que fuera feliz, como ahí mismo, para poder recuperar algo de su brillo perdido -la memoria de esa felicidad- cuando mucho tiempo después volviera a rescatarlos, ya “viejo, triste y feo”. Pero nosotros sabemos que en realidad no hacen falta esos objetos preciosos, ni enterrar nada, porque los nombres de los sitios, los topónimos, pueden cumplir la misma función, y no sólo nos llevan al pasado, sino que también nos procuran buenos momentos de disfrute en el presente con su música verbal.

 

 
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