Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n.º 22, 30 de noviembre de 2003. Majadahonda (Madrid)

El español en la capital de Europa

(conversación con Eduardo Mira, director del Instituto Cervantes de Bruselas)


Victoriano Colodrón Denis
 
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Hi ha aqui el senyor Colodrón, el faig pujar? La recepcionista del Instituto Cervantes de Bruselas, una joven morena de pelo negro, consulta por teléfono al saber que tengo una cita con el director. No sé si habla con él o con Nuria, su secretaria, con la que concerté la reunión desde Madrid hace una semana, pero en cualquier caso me parece una buena señal -y me gusta- oirla hablar en catalán frente a un enorme retrato al óleo, de cuerpo entero, del rey Juan Carlos, a la entrada de este centro oficial encargado de la enseñanza de la lengua española y de la difusión de las culturas que en ella se expresan.

He llegado al Instituto, desde el hotel, en autobús. Cuando me he bajado en la parada de Merode, en plena “ciudad alta”, ya había empezado a atardecer. Caminando por la elegante avenida de Tervuren, a los pocos pasos me ha llamado la atención, a pesar de sus colores apagados, una bandera española, contagiada del desfallecimiento de la luz del día. Era la sede del Cervantes, un hermoso edificio de principios del siglo XX con tres pisos altos y una fachada adornada con arcos, columnas, tres bustos en medallones de piedra y balaustradas en la azotea y los ventanales.

Un organismo que se encarga de enseñar español y de difundir las culturas hispánicas... Pero esta misión general del Instituto Cervantes es lógico que tenga que cumplirse de manera distinta en cada una de las ciudades en las que cuenta con un centro. Esto es lo primero de lo que me habla Eduardo Mira, el director del Cervantes de Bruselas, cuando, después de las presentaciones, nos sentamos en los sofás que ocupan un rincón de su amplio despacho, en el último piso del edificio. Mira, que es delgado y muy alto, de pelo y barba entrecanos, cruza las piernas, enciende un cigarrillo (“¿te molesta que fume?”) y empieza a explicarme por qué cada uno de los centros del Instituto debe ajustar su funcionamiento y sus actividades al contexto en que se encuentra.

Es fácil entender que, entre otros factores, habrán de tener en cuenta si la ciudad que los acoge es o no capital del país, el número y las características socioeconómicas de sus habitantes, el nivel y el marco educativo y cultural, la lengua o lenguas que se hablen, la tradición de enseñanza de idiomas extranjeros, la existencia de otros centros o instituciones que enseñen el español, los motivos por los cuales la gente se interesa o puede interesarse por nuestra lengua... Está claro: sobre una base común, a partir de unos principios y objetivos compartidos, no pueden actuar exactamente igual el Instituto de Ammán y el de Bremen, el de Manila y el de Chicago, el de Bucarest y el de Río de Janeiro.

En Bruselas, en principio, no cabe esperar un interés masivo por el español –me explica Mira- como el que sí parece existir, desde hace unos años, en Francia, el Reino Unido e incluso Alemania. En primer lugar porque, tratándose de una ciudad oficialmente bilingüe, los francófonos estudian prioritariamente neerlandés por motivos sociales y laborales, y también hay neerlandófonos que optan por el francés. Además, a la hora de elegir un idioma extranjero, la preferencia mayoritaria, lógicamente, es el inglés. Sin olvidar que del millón aproximado de habitantes de Bruselas, unos 250.000 trabajan en las instituciones europeas (Parlamento, Consejo, Comisión, etc.) o en relación con “asuntos europeos”: es decir, deben hablar necesariamente inglés o francés, quizá les interesa también el alemán, pero pueden manejarse sin el español...

Sin embargo, el interés por nuestra lengua es creciente, y la situación puede considerarse más que satisfactoria. “Estamos bien, muy bien”, afirma Mira, y luego me indica: “Ten en cuenta que, por ejemplo, superamos con mucho al italiano”. Esto, que podría parecer un éxito mediano en otros sitios, aquí tiene su valor. Y es que los cálculos y las mediciones de éxito y rendimiento hay que hacerlos siempre en relación con el entorno, con el medio. “Aquí tiene muy poco eco eso de los 400 millones de hispanohablantes”, añade mi anfitrión, “ya sabes, me refiero a esas afirmaciones sobre la extensión del español en el mundo a las que es tan aficionada ahora la prensa en nuestro país”.

El Cervantes y las instituciones europeas

El director del Instituto habla con voz fuerte y grave, mientras fuma, y acciona con entusiasmo. Se nota que disfruta conversando de estas cosas, explicando, razonando, ligando asuntos, aportando datos, ideas, reflexiones. Me hace ver, por ejemplo, la importancia de que los jóvenes españoles se formen en las nuevas lenguas minoritarias de la Unión Europea, las de los países que pronto ingresarán en ella, el húngaro, el checo, el estonio..., o el polaco, no tan minoritario con sus cuarenta millones de hablantes nativos. “Date cuenta, son los mismos que tiene el español en Europa. El polaco puede ser un importante competidor de nuestro idioma en este continente”.

También me cuenta que la oferta de cursos de español en la ciudad -en realidad, en todo el país- es muy amplia: no sólo se puede estudiar en numerosas academias privadas y en las escuelas universitarias de lenguas, además muchos ayuntamientos lo incluyen en sus programas de formación, entre cursillos y talleres de otras cosas. Así, quien quiere aprender nuestro idioma en Bruselas, no lo tiene difícil, en principio, y puede escoger dónde y cómo hacerlo. ¿Tendría sentido que el Instituto Cervantes de esta ciudad, inaugurado en 1997, concentrara sus esfuerzos en la enseñanza del español dirigida al público en general? Mira tiene claro que no. Para él, sería absurdo que el Cervantes fuera una opción más, y que se dedicaran fondos públicos españoles a competir en un mercado ya abastecido.

Consciente de ello, el Instituto Cervantes de Bruselas, sin dejar de ofrecer sus servicios académicos a cualquier persona interesada en el español, ha buscado en otro lado su singularidad, procurando obtener el máximo rendimiento de su trabajo y aportando el mayor valor añadido posible a su misión básica. Con esos objetivos, ha decidido poner el acento en la enseñanza de la lengua con fines específicos o para colectivos especiales, en la cooperación con otras instituciones y en la difusión de una imagen positiva del español y lo español –o, en general, de lo hispánico- mediante una programación cultural muy cuidada.

Precisamente la enseñanza del español con fines específicos o para “grupos sociales estratégicos” debería constituir, según Eduardo Mira, el papel fundamental del Cervantes en Bruselas. Pero ésta es una actividad –reconoce- que no siempre puede ser rentable. Y como su centro, al igual que los otros 39 con que cuenta el Instituto Cervantes en 25 países, está obligado a alcanzar cada año un determinado índice de rentabilidad económica, no puede guiarse sólo por el criterio de la rentabilidad política, tal vez más duradera y de mayor enjundia, pero sin duda también de más difícil medición, al entrar en juego en ella conceptos tales como los de la imagen, el prestigio o la influencia. Oyendo hablar a Mira, entiendo que el problema puede venir del peso que cada uno de esos tipos de rentabilidad deba tener en cada centro del Cervantes: ¿sería lógico exigir los mismos resultados económicos a un Instituto situado en una ciudad de escasa importancia geopolítica y sin otras ofertas de enseñanza del español, que, por ejemplo, al Instituto de Berlín, al de San Pablo o al de Nueva York? O al de Bruselas...

En cualquier caso, el Cervantes de la capital de Europa se esfuerza en atender adecuadamente a determinados “grupos sociales estratégicos”, por repetir la expresión utilizada en su última memoria de actividades. Así, entre los clientes de sus servicios académicos durante el curso 2001-2002, se encontraron, entre otros, el Ministerio de Justicia belga, la Asociación Valona para la Exportación, el Colegio de Europa, diversas embajadas de países europeos, las representaciones permanentes de Francia y Finlandia ante la Unión Europea... y hasta la Casa Real de Bélgica. Ahora bien, entre los públicos prioritarios del Instituto, el primer lugar lo ocupan las instituciones de la Unión. Y para atenderlas mejor, el Cervantes participó hace unos años en la creación del Consorcio de Institutos Europeos en Bruselas (CICEB), junto con los organismos culturales de otros países (la Alliance Française, el Goethe Institut, el British Council, el Instituto Danés de Cultura y el Instituto Finlandés). El fin declarado de esta asociación no es otro que el de “defender ante las instituciones de la Unión Europea en Bruselas la cultura y la lengua de los institutos miembros, y contribuir a su difusión y su enseñanza”.

El CICEB ha ganado ya varias licitaciones para impartir cursos de lenguas a funcionarios europeos, no sin la competencia creciente de empresas que ofrecen los mismos servicios (“no sólo por lo que respecta a otros idiomas”, apunta Mira, “también empezamos a tener competencia en los concursos para la enseñanza del español en instituciones como la Comisión Europea”). La aceptación de los programas de español del Cervantes en los organismos oficiales de la Unión es muy alta. De hecho, es la tercera lengua más solicitada, después del francés y el inglés. Ello puede explicar la gran demanda de cursos en el Instituto -y la alta ocupación de sus salas- los sábados y los meses de agosto, cuando muchos de esos funcionarios aprovechan para completar su formación lingüística.

Cultura, cooperación y prestigio

“En Bruselas hay una demanda cultural de mucho nivel, aquí no se puede ofrecer cualquier cosa”, me explica el director, muy orgulloso del éxito de las convocatorias del Instituto. Los conciertos que organiza ya no se celebran en el propio centro, sino en una iglesia cercana con capacidad para las cuatrocientas o quinientas personas que suelen asistir a ellos. Hay un trabajo constante y minucioso de actualización del directorio para el envío de información sobre las actividades programadas, para las que siempre es necesario confirmar la asistencia con antelación. Esa información puntual o la gestión eficiente de las listas de espera para asistir a los actos, son también detalles de organización que contribuyen a prestigiar al Instituto, a ir dotándole (a él, y con él también al español y lo hispánico) de una imagen de seriedad y rigor.

Además, en el terreno de la actividad cultural, el Cervantes de Bruselas intenta trabajar siempre, según me cuenta Mira, “en colaboración con instituciones sólidas, de gran prestigio, como la Universidad de Lovaina o la Casa de Erasmo, en Anderlecht”. También con entidades españolas, como la Academia Europea de Yuste, o las Comunidades Autónomas, entre las que el director del Instituto destaca las de Extremadura, La Rioja y, en lo que toca a artes plásticas, la Comunidad Valenciana. “Te diré que no todas funcionan igual de bien a la hora de la cooperación cultural. Muchas veces las que peor respuesta dan son las que supuestamente tienen más medios y son más importantes. Hay otras que se han dado cuenta de la utilidad de contar con nosotros aquí como escaparate, y la colaboración es muy fluida y beneficiosa para ambas partes”.

Mira, que no ha dejado de encender un cigarrillo tras otro, se expresa con energía, con afán didáctico, con el gusto y el placer de hablar de sus cosas a alguien que se interesa de verdad por ellas. También con finura crítica y sentido del humor, que subrayan sus ojos pequeños, de mirada irónica, inteligente, y una sonrisa llena de sentido. Me cuenta que hasta hace tres años, los que lleva aquí, dirigía el Instituto Cervantes de Nápoles. Antes, este especialista en sociología urbana y en historia de la arquitectura fue profesor en la Universidad de Alicante. Además ha realizado varios documentales de televisión sobre el siglo XV y ha coordinado numerosas exposiciones, como la que se ha visto este año en Valencia sobre la arquitectura gótica mediterránea. Para mostrarme el catálogo de esta exposición, se levanta del sofá y va a buscarlo en el rincón contrario del despacho, en un rimero de volúmenes que descansa en el suelo, al lado de su mesa. En las paredes hay mapas antiguos, y en las estanterías, además de libros, maquetas de madera de viejos buques veleros, galeones o tal vez carabelas.

El ámbito que pretende cubrir el Instituto en su tarea de difusión cultural es el hispanoamericano, y no sólo el español: se trata de dar a conocer todas las culturas que se expresan en esta lengua. En relación con ello, una de las experiencias de las que Mira se manifiesta más satisfecho es la colaboración con las embajadas de los países iberoamericanos en Bélgica para la organización conjunta de actividades. Entre los principales frutos de esa cooperación se encuentra el programa Iberoamérica en Europa, de una semana de duración, que viene realizándose desde hace tres años, y que en 2003 se dedicó a Julio Cortázar, Osvaldo Soriano y el exilio. Todas las embajadas participan en esta iniciativa, “incluidas las de Brasil y Portugal”, subraya mi interlocutor, y añade que lo hacen con gusto, porque ven en el Cervantes una actitud de servicio y de colaboración, y se dan cuenta de que lo que les propone es una relación en pie de igualdad, como miembros de una misma comunidad que comparten un patrimonio lingüístico y cultural.

Recuerdo otras actividades que he visto anunciadas en la agenda cultural de la página web del Instituto: charlas de escritores (Conget, Landero, Janés, Gamoneda...); una exposición sobre la red de juderías de la provincia de Cáceres; un recital de canciones, romances, folías y villancicos de Joaquín Rodrigo y otros compositores; mesas redondas sobre cine, como una dedicada a las coproducciones iberoamericanas; y la segunda edición de un ciclo de conferencias y debates de muy alto nivel sobre los antiguos Países Bajos y el mundo hispánico, dedicado en esta ocasión a las relaciones con el Imperio Otomano en los siglos XV, XVI y XVII, y en el que se va a hablar, entre otras cosas, sobre las cruzadas, sobre Erasmo y Vives, sobre la imagen de los turcos en España o el papel de los “nuevos cristianos” en el comercio de especias entre Amberes y Turquía.

La biblioteca es otro elemento fundamental en la actividad cultural de todos los Institutos Cervantes. Le comento a Eduardo Mira el gran número de préstamos que realizó la de su centro en el curso pasado, 10.500, en relación con el número de libros, vídeos y otras publicaciones con que contaba (11.400). “En la colección”, me explica, “hemos trabajado en los últimos años para reforzar la selección bibliográfica en torno a la relación histórica de España y los Países Bajos”. Y justifica: “Hay que tener en cuenta que aquí la hispanística que tiene más peso y tradición es la de los historiadores”.

Llevamos casi dos horas hablando, he llenado varias páginas de mi cuaderno con notas mal garabateadas y el cenicero está lleno. Mi anfitrión me propone entonces acompañarme a conocer las instalaciones del Instituto. Después de pasearnos por los despachos de la planta alta, bajamos para visitar las aulas. Claro que apenas puedo entreverlas, porque cada vez que abrimos una puerta, encontramos gente dentro: están todas ocupadas con las clases. “Perdón”, “perdón”, vamos repitiendo. Incluso en la biblioteca, en el sótano, hay un grupo dando clase, por falta de otro espacio. Mientras subimos, el director me responde a otra pregunta: “En plantilla sólo somos cuatro personas y media. Digo media porque una de ellas está a tiempo parcial. El resto es un equipo de colaboradores, ahora tenemos dieciocho”.

En la primera planta se encuentran el gran salón de actos y una sala que alberga ahora una exposición de fotografía. También veo el jardincito trasero, donde a veces, en verano, se celebra algún acto. “Lo utilizamos de vez en cuando, pero no podemos programar ahí nada con antelación: nunca se sabe cuándo puede llover”. No llueve, pero sí se ha hecho ya de noche, cuando, para despedirme, Mira sale conmigo a la calle. “España tiene que tener esta imagen”, me dice, contemplando con satisfacción, con orgullo, me atrevería a decir que también con cariño, la fachada del edificio, realmente hermosa. “España tiene que tener esta imagen, qué menos, ¿no crees?”, me pregunta. “Tal vez me podrán acusar de elitista, pero prefiero eso a que me acusen de populista”. En su voz, en su actitud cuando dice estas cosas no percibo desafío, prepotencia ni soberbia, sino más bien un razonable y discreto deseo de contribuir a dignificar –aquí, en la capital de Europa- la imagen de un idioma y una cultura, y de trabajar para difundirlos.

 

 
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