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Hi ha
aqui el senyor Colodrón, el faig
pujar? La recepcionista del Instituto
Cervantes de Bruselas, una joven morena
de pelo negro, consulta por teléfono
al saber que tengo una cita con el director.
No sé si habla con él o
con Nuria, su secretaria, con la que concerté
la reunión desde Madrid hace una
semana, pero en cualquier caso me parece
una buena señal -y me gusta- oirla
hablar en catalán frente a un enorme
retrato al óleo, de cuerpo entero,
del rey Juan Carlos, a la entrada de este
centro oficial encargado de la enseñanza
de la lengua española y de la difusión
de las culturas que en ella se expresan.
He llegado al Instituto, desde el hotel,
en autobús. Cuando me he bajado
en la parada de Merode, en plena ciudad
alta, ya había empezado a
atardecer. Caminando por la elegante avenida
de Tervuren, a los pocos pasos me ha llamado
la atención, a pesar de sus colores
apagados, una bandera española,
contagiada del desfallecimiento de la
luz del día. Era la sede del Cervantes,
un hermoso edificio de principios del
siglo XX con tres pisos altos y una fachada
adornada con arcos, columnas, tres bustos
en medallones de piedra y balaustradas
en la azotea y los ventanales.
Un organismo que se encarga de enseñar
español y de difundir las culturas
hispánicas... Pero esta misión
general del Instituto Cervantes es lógico
que tenga que cumplirse de manera distinta
en cada una de las ciudades en las que
cuenta con un centro. Esto es lo primero
de lo que me habla Eduardo Mira, el director
del Cervantes de Bruselas, cuando, después
de las presentaciones, nos sentamos en
los sofás que ocupan un rincón
de su amplio despacho, en el último
piso del edificio. Mira, que es delgado
y muy alto, de pelo y barba entrecanos,
cruza las piernas, enciende un cigarrillo
(¿te molesta que fume?)
y empieza a explicarme por qué
cada uno de los centros del Instituto
debe ajustar su funcionamiento y sus actividades
al contexto en que se encuentra.
Es fácil entender que, entre otros
factores, habrán de tener en cuenta
si la ciudad que los acoge es o no capital
del país, el número y las
características socioeconómicas
de sus habitantes, el nivel y el marco
educativo y cultural, la lengua o lenguas
que se hablen, la tradición de
enseñanza de idiomas extranjeros,
la existencia de otros centros o instituciones
que enseñen el español,
los motivos por los cuales la gente se
interesa o puede interesarse por nuestra
lengua... Está claro: sobre una
base común, a partir de unos principios
y objetivos compartidos, no pueden actuar
exactamente igual el Instituto de Ammán
y el de Bremen, el de Manila y el de Chicago,
el de Bucarest y el de Río de Janeiro.
En Bruselas, en principio, no cabe esperar
un interés masivo por el español
me explica Mira- como el que sí
parece existir, desde hace unos años,
en Francia, el Reino Unido e incluso Alemania.
En primer lugar porque, tratándose
de una ciudad oficialmente bilingüe,
los francófonos estudian prioritariamente
neerlandés por motivos sociales
y laborales, y también hay neerlandófonos
que optan por el francés. Además,
a la hora de elegir un idioma extranjero,
la preferencia mayoritaria, lógicamente,
es el inglés. Sin olvidar que del
millón aproximado de habitantes
de Bruselas, unos 250.000 trabajan en
las instituciones europeas (Parlamento,
Consejo, Comisión, etc.) o en relación
con asuntos europeos: es decir,
deben hablar necesariamente inglés
o francés, quizá les interesa
también el alemán, pero
pueden manejarse sin el español...
Sin embargo, el interés por nuestra
lengua es creciente, y la situación
puede considerarse más que satisfactoria.
Estamos bien, muy bien, afirma
Mira, y luego me indica: Ten en
cuenta que, por ejemplo, superamos con
mucho al italiano. Esto, que podría
parecer un éxito mediano en otros
sitios, aquí tiene su valor. Y
es que los cálculos y las mediciones
de éxito y rendimiento hay que
hacerlos siempre en relación con
el entorno, con el medio. Aquí
tiene muy poco eco eso de los 400 millones
de hispanohablantes, añade
mi anfitrión, ya sabes, me
refiero a esas afirmaciones sobre la extensión
del español en el mundo a las que
es tan aficionada ahora la prensa en nuestro
país.
El Cervantes
y las instituciones europeas
El director del Instituto habla con voz
fuerte y grave, mientras fuma, y acciona
con entusiasmo. Se nota que disfruta conversando
de estas cosas, explicando, razonando,
ligando asuntos, aportando datos, ideas,
reflexiones. Me hace ver, por ejemplo,
la importancia de que los jóvenes
españoles se formen en las nuevas
lenguas minoritarias de la Unión
Europea, las de los países que
pronto ingresarán en ella, el húngaro,
el checo, el estonio..., o el polaco,
no tan minoritario con sus cuarenta millones
de hablantes nativos. Date cuenta,
son los mismos que tiene el español
en Europa. El polaco puede ser un importante
competidor de nuestro idioma en este continente.
También me cuenta que la oferta
de cursos de español en la ciudad
-en realidad, en todo el país-
es muy amplia: no sólo se puede
estudiar en numerosas academias privadas
y en las escuelas universitarias de lenguas,
además muchos ayuntamientos lo
incluyen en sus programas de formación,
entre cursillos y talleres de otras cosas.
Así, quien quiere aprender nuestro
idioma en Bruselas, no lo tiene difícil,
en principio, y puede escoger dónde
y cómo hacerlo. ¿Tendría
sentido que el Instituto Cervantes de
esta ciudad, inaugurado en 1997, concentrara
sus esfuerzos en la enseñanza del
español dirigida al público
en general? Mira tiene claro que no. Para
él, sería absurdo que el
Cervantes fuera una opción más,
y que se dedicaran fondos públicos
españoles a competir en un mercado
ya abastecido.
Consciente de ello, el Instituto Cervantes
de Bruselas, sin dejar de ofrecer sus
servicios académicos a cualquier
persona interesada en el español,
ha buscado en otro lado su singularidad,
procurando obtener el máximo rendimiento
de su trabajo y aportando el mayor valor
añadido posible a su misión
básica. Con esos objetivos, ha
decidido poner el acento en la enseñanza
de la lengua con fines específicos
o para colectivos especiales, en la cooperación
con otras instituciones y en la difusión
de una imagen positiva del español
y lo español o, en general,
de lo hispánico- mediante una programación
cultural muy cuidada.
Precisamente la enseñanza del
español con fines específicos
o para grupos sociales estratégicos
debería constituir, según
Eduardo Mira, el papel fundamental del
Cervantes en Bruselas. Pero ésta
es una actividad reconoce- que no
siempre puede ser rentable. Y como su
centro, al igual que los otros 39 con
que cuenta el Instituto Cervantes en 25
países, está obligado a
alcanzar cada año un determinado
índice de rentabilidad económica,
no puede guiarse sólo por el criterio
de la rentabilidad política, tal
vez más duradera y de mayor enjundia,
pero sin duda también de más
difícil medición, al entrar
en juego en ella conceptos tales como
los de la imagen, el prestigio o la influencia.
Oyendo hablar a Mira, entiendo que el
problema puede venir del peso que cada
uno de esos tipos de rentabilidad deba
tener en cada centro del Cervantes: ¿sería
lógico exigir los mismos resultados
económicos a un Instituto situado
en una ciudad de escasa importancia geopolítica
y sin otras ofertas de enseñanza
del español, que, por ejemplo,
al Instituto de Berlín, al de San
Pablo o al de Nueva York? O al de Bruselas...
En cualquier caso, el Cervantes de la
capital de Europa se esfuerza en atender
adecuadamente a determinados grupos
sociales estratégicos, por
repetir la expresión utilizada
en su última memoria de actividades.
Así, entre los clientes de sus
servicios académicos durante el
curso 2001-2002, se encontraron, entre
otros, el Ministerio de Justicia belga,
la Asociación Valona para la Exportación,
el Colegio de Europa, diversas embajadas
de países europeos, las representaciones
permanentes de Francia y Finlandia ante
la Unión Europea... y hasta la
Casa Real de Bélgica. Ahora bien,
entre los públicos prioritarios
del Instituto, el primer lugar lo ocupan
las instituciones de la Unión.
Y para atenderlas mejor, el Cervantes
participó hace unos años
en la creación del Consorcio de
Institutos Europeos en Bruselas (CICEB),
junto con los organismos culturales de
otros países (la Alliance Française,
el Goethe Institut, el British Council,
el Instituto Danés de Cultura y
el Instituto Finlandés). El fin
declarado de esta asociación no
es otro que el de defender ante
las instituciones de la Unión Europea
en Bruselas la cultura y la lengua de
los institutos miembros, y contribuir
a su difusión y su enseñanza.
El CICEB ha ganado ya varias licitaciones
para impartir cursos de lenguas a funcionarios
europeos, no sin la competencia creciente
de empresas que ofrecen los mismos servicios
(no sólo por lo que respecta
a otros idiomas, apunta Mira, también
empezamos a tener competencia en los concursos
para la enseñanza del español
en instituciones como la Comisión
Europea). La aceptación de
los programas de español del Cervantes
en los organismos oficiales de la Unión
es muy alta. De hecho, es la tercera lengua
más solicitada, después
del francés y el inglés.
Ello puede explicar la gran demanda de
cursos en el Instituto -y la alta ocupación
de sus salas- los sábados y los
meses de agosto, cuando muchos de esos
funcionarios aprovechan para completar
su formación lingüística.
Cultura, cooperación
y prestigio
En Bruselas hay una demanda cultural
de mucho nivel, aquí no se puede
ofrecer cualquier cosa, me explica
el director, muy orgulloso del éxito
de las convocatorias del Instituto. Los
conciertos que organiza ya no se celebran
en el propio centro, sino en una iglesia
cercana con capacidad para las cuatrocientas
o quinientas personas que suelen asistir
a ellos. Hay un trabajo constante y minucioso
de actualización del directorio
para el envío de información
sobre las actividades programadas, para
las que siempre es necesario confirmar
la asistencia con antelación. Esa
información puntual o la gestión
eficiente de las listas de espera para
asistir a los actos, son también
detalles de organización que contribuyen
a prestigiar al Instituto, a ir dotándole
(a él, y con él también
al español y lo hispánico)
de una imagen de seriedad y rigor.
Además, en el terreno de la actividad
cultural, el Cervantes de Bruselas intenta
trabajar siempre, según me cuenta
Mira, en colaboración con
instituciones sólidas, de gran
prestigio, como la Universidad de Lovaina
o la Casa de Erasmo, en Anderlecht.
También con entidades españolas,
como la Academia Europea de Yuste, o las
Comunidades Autónomas, entre las
que el director del Instituto destaca
las de Extremadura, La Rioja y, en lo
que toca a artes plásticas, la
Comunidad Valenciana. Te diré
que no todas funcionan igual de bien a
la hora de la cooperación cultural.
Muchas veces las que peor respuesta dan
son las que supuestamente tienen más
medios y son más importantes. Hay
otras que se han dado cuenta de la utilidad
de contar con nosotros aquí como
escaparate, y la colaboración es
muy fluida y beneficiosa para ambas partes.
Mira, que no ha dejado de encender un
cigarrillo tras otro, se expresa con energía,
con afán didáctico, con
el gusto y el placer de hablar de sus
cosas a alguien que se interesa de verdad
por ellas. También con finura crítica
y sentido del humor, que subrayan sus
ojos pequeños, de mirada irónica,
inteligente, y una sonrisa llena de sentido.
Me cuenta que hasta hace tres años,
los que lleva aquí, dirigía
el Instituto Cervantes de Nápoles.
Antes, este especialista en sociología
urbana y en historia de la arquitectura
fue profesor en la Universidad de Alicante.
Además ha realizado varios documentales
de televisión sobre el siglo XV
y ha coordinado numerosas exposiciones,
como la que se ha visto este año
en Valencia sobre la arquitectura gótica
mediterránea. Para mostrarme el
catálogo de esta exposición,
se levanta del sofá y va a buscarlo
en el rincón contrario del despacho,
en un rimero de volúmenes que descansa
en el suelo, al lado de su mesa. En las
paredes hay mapas antiguos, y en las estanterías,
además de libros, maquetas de madera
de viejos buques veleros, galeones o tal
vez carabelas.
El ámbito que pretende cubrir
el Instituto en su tarea de difusión
cultural es el hispanoamericano, y no
sólo el español: se trata
de dar a conocer todas las culturas que
se expresan en esta lengua. En relación
con ello, una de las experiencias de las
que Mira se manifiesta más satisfecho
es la colaboración con las embajadas
de los países iberoamericanos en
Bélgica para la organización
conjunta de actividades. Entre los principales
frutos de esa cooperación se encuentra
el programa Iberoamérica
en Europa, de una semana de duración,
que viene realizándose desde hace
tres años, y que en 2003 se dedicó
a Julio Cortázar, Osvaldo Soriano
y el exilio. Todas las embajadas participan
en esta iniciativa, incluidas las
de Brasil y Portugal, subraya mi
interlocutor, y añade que lo hacen
con gusto, porque ven en el Cervantes
una actitud de servicio y de colaboración,
y se dan cuenta de que lo que les propone
es una relación en pie de igualdad,
como miembros de una misma comunidad que
comparten un patrimonio lingüístico
y cultural.
Recuerdo otras actividades que he visto
anunciadas en la agenda cultural de la
página web del Instituto: charlas
de escritores (Conget, Landero, Janés,
Gamoneda...); una exposición sobre
la red de juderías de la provincia
de Cáceres; un recital de canciones,
romances, folías y villancicos
de Joaquín Rodrigo y otros compositores;
mesas redondas sobre cine, como una dedicada
a las coproducciones iberoamericanas;
y la segunda edición de un ciclo
de conferencias y debates de muy alto
nivel sobre los antiguos Países
Bajos y el mundo hispánico, dedicado
en esta ocasión a las relaciones
con el Imperio Otomano en los siglos XV,
XVI y XVII, y en el que se va a hablar,
entre otras cosas, sobre las cruzadas,
sobre Erasmo y Vives, sobre la imagen
de los turcos en España o el papel
de los nuevos cristianos en
el comercio de especias entre Amberes
y Turquía.
La biblioteca es otro elemento fundamental
en la actividad cultural de todos los
Institutos Cervantes. Le comento a Eduardo
Mira el gran número de préstamos
que realizó la de su centro en
el curso pasado, 10.500, en relación
con el número de libros, vídeos
y otras publicaciones con que contaba
(11.400). En la colección,
me explica, hemos trabajado en los
últimos años para reforzar
la selección bibliográfica
en torno a la relación histórica
de España y los Países Bajos.
Y justifica: Hay que tener en cuenta
que aquí la hispanística
que tiene más peso y tradición
es la de los historiadores.
Llevamos casi dos horas hablando, he
llenado varias páginas de mi cuaderno
con notas mal garabateadas y el cenicero
está lleno. Mi anfitrión
me propone entonces acompañarme
a conocer las instalaciones del Instituto.
Después de pasearnos por los despachos
de la planta alta, bajamos para visitar
las aulas. Claro que apenas puedo entreverlas,
porque cada vez que abrimos una puerta,
encontramos gente dentro: están
todas ocupadas con las clases. Perdón,
perdón, vamos repitiendo.
Incluso en la biblioteca, en el sótano,
hay un grupo dando clase, por falta de
otro espacio. Mientras subimos, el director
me responde a otra pregunta: En
plantilla sólo somos cuatro personas
y media. Digo media porque una de ellas
está a tiempo parcial. El resto
es un equipo de colaboradores, ahora tenemos
dieciocho.
En la primera planta se encuentran el
gran salón de actos y una sala
que alberga ahora una exposición
de fotografía. También veo
el jardincito trasero, donde a veces,
en verano, se celebra algún acto.
Lo utilizamos de vez en cuando,
pero no podemos programar ahí nada
con antelación: nunca se sabe cuándo
puede llover. No llueve, pero sí
se ha hecho ya de noche, cuando, para
despedirme, Mira sale conmigo a la calle.
España tiene que tener esta
imagen, me dice, contemplando con
satisfacción, con orgullo, me atrevería
a decir que también con cariño,
la fachada del edificio, realmente hermosa.
España tiene que tener esta
imagen, qué menos, ¿no crees?,
me pregunta. Tal vez me podrán
acusar de elitista, pero prefiero eso
a que me acusen de populista. En
su voz, en su actitud cuando dice estas
cosas no percibo desafío, prepotencia
ni soberbia, sino más bien un razonable
y discreto deseo de contribuir a dignificar
aquí, en la capital de Europa-
la imagen de un idioma y una cultura,
y de trabajar para difundirlos.
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