Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 19, 22 de julio de 2003. Majadahonda (Madrid)

Pérez Reverte en la Real Academia

(yo estuve allí y lo puedo contar)


Victoriano Colodrón Denis
 
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Yo estuve allí y lo puedo contar. Quiero decir cuando Pérez-Reverte ingresó en la Real Academia. ¡Y qué calor hacía, qué sofoco! Lo que vi, lo mejor que pueda lo voy a contar, en orden y con detalle, y sin inventarme nada. Lo de Pérez-Reverte en la Academia, digo. Pero es que lo primero es lo primero, y lo primero fue la calorina, el bochorno, el arreón del calor en esa tarde infernal de junio, antes y después del discurso, y también durante, porque en el salón de actos de la docta corporación no había aire acondicionado y nos asfixiábamos, sudando la gota gorda, mientras el nuevo académico de la lengua no terminaba nunca de leer su discurso larguísimo, y quienes no llevábamos abanico teníamos que confiar en que María volviera a agitar el suyo, de color rojo, para aprovechar el poco airecillo que así nos mandaba, y cuando no, agitábamos sin mucha fe, aturdidos de calor e incredulidad (¡cómo es posible que no tengan aire acondicionado!), los tarjetones de la invitación: La Real Academia Española invita a D.... a la junta pública...

Pero lo que se promete hay que cumplirlo, y yo he dicho que iba a proceder en orden. A las seis de la tarde del jueves doce de junio, en Madrid, la calle hervía a treinta y nueve grados, igualito que en la canción de Quique González, no hay nadie que se atreva a salir. Pero yo tenía que salir, no podía llegar tarde, no quería perdérmelo: ¡Pérez-Reverte en la Real Academia! Camino de la Castellana en busca del autobús, me acordé de los versos de Pablo García Baena, Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra (“y tan salvaje”, no pude menos de asentir mentalmente), ruda vid que coronas con tus pámpanos las dríadas desnudas, y ruda también me parecía la tarde, o algo peor, y bien consciente era de lo que me separaba de la desnudez, es decir, de mi impecable traje azul marino de verano, que estaba claro que no debía de ser tan de verano como yo creía que era o como en ese momento habría querido que fuera, el pantalón qué caliente y cómo se me pegaba a la piel, y la chaqueta tampoco, de verano nada, sin caer en la cuenta de que lo de verano de verdad es ir sin chaqueta, y quién me mandaba a mí querer ponerme elegante para la ceremonia, con mi corbata brillante de listas celestes y marrones bien ajustada al gaznate y que ahora, bajando a la Castellana para coger el autobús, me tuve que desaflojar, ya me ajustaré el nudo cuando me acerque a la Academia.

Que las lenguas, o mejor dicho los idiomas, tienen también su vida social y hasta sus actos oficiales, me había dicho mi amigo Alonso hacía una semana. Que en primer lugar está su vida de todos los días, compuesta de episodios ordinarios, que es la vida que viven las lenguas cuando los hablantes las utilizan sin más, en cualquier circunstancia y ocasión. Que en segundo lugar sucede que algunas veces esa normalidad se altera un poco, cuando a las lenguas se les ocurre asomarse al espejo, y entonces se ponen serias o tal vez se sonrojan, pilladas in fraganti jugando al metalenguaje. Que esto ocurre –había seguido Alonso- cada vez que en la charla o en la página surge la duda lingüística, por ejemplo, o en las clases de idiomas o cuando se busca un significado en el diccionario: las palabras entonces se dan cuenta –y dan cuenta- de sí mismas, pasan a ser tema de conversación, se dicen. Y que por último están también los momentos en que las Instituciones del Idioma dirigen un potente foco de luz sobre el Idioma entendido como Institución, lo visten de gala, le diseñan un protocolo a medida, lo convierten en protagonista de un acto oficial y convocan a los medios de comunicación a su alrededor, y entonces, inevitablemente, todo suena un poco como en mayúsculas, aunque no por ello esas ocasiones dejen de brindar la oportunidad de pasárselo bien y a veces hasta de aprender, que hay que estar siempre atento a la lección barthiana, “Sapientia: ningún poder, un poco de prudente saber y el máximo posible de sabor”.

Todo esto me había dicho mi amigo Alonso hacía una semana, al saber que yo iba a ir a lo de Pérez-Reverte, recordé en el autobús, Recoletos abajo, camino de la Academia. Y, la verdad, no se estaba mal en el autobús, Recoletos abajo, camino de la Academia, con el aire acondicionado en su punto, a salvo de la calura, pero ya nos acercábamos sin remedio a Neptuno y poco después tuve que volver al ambiente abrasador, más propio de julio o agosto que de los amenes de la primavera en Madrid. Cruzando el Paseo del Prado, no pude evitar preguntarme qué pensarían de aquella ardentía insoportable los turistas que deambulaban por allí, empuñando sus botellas de agua. Tenía que ser perplejidad o franca incredulidad (del tipo “¿será verdad esto o lo estaré soñando?”), y un aturdimiento creciente. Como el que cundía en la fila de elegantes invitados (¡todos los hombres con chaqueta y corbata!) que se había formado a la sombra del caserón de la Academia, esperando a que se abrieran las puertas. Sin descomponer la figura, los invitados se abanicaban con la invitación de cartulina (... a la junta pública que celebrará el jueves 12 de junio para dar posesión de su plaza de número al académico electo, Excmo. Sr. D....), soñando con escapar de aquel chaparrón de bochorno sólido y compacto y con buscar refugio en las que imaginaban sombrías, marmóreas, frescas dependencias académicas. Lo que es yo, vuelto a apretar el nudo de la corbata, recorrí la fila un par de veces para buscar a María, fingiendo indiferencia al sofocón y simulando que mi impecable traje azul marino de verano sí que era de verano, pero de verano de verdad, más de verano imposible.

Una vez dentro, cuando hubimos coronado, tras lenta y mesurada ascensión, la noble escalera de alfombra mullida y pasamanos reluciente que conduce al piso principal, María y yo, junto con otros invitados, trepamos ya sin tanta compostura por una estrecha escalerilla para coger un buen sitio en el gallinero del salón de actos, donde nos correspondía sentarnos. Y no tuvimos mala suerte. Delantera de lateral, junto a la barandilla, con vistas a la parte derecha del patio de butacas (donde distinguimos enseguida al lingüista Juan Ramón Lodares -¿cuándo saldrá su próximo libro?- y al magnífico escritor Juan Eduardo Zúñiga) y con vistas también a los asientos que ocupaban los académicos en el estrado. Buena visión de la mesa presidencial y de los retratos del fondo (el de Felipe V, más grande, y debajo el de Cervantes, casi imperceptiblemente inclinado a la izquierda [1]), y no mala de la mesita desde la que Pérez-Reverte leería su discurso, aunque nos íbamos a tener que inclinar un poco hacia delante, apoyándonos en el barandal, y girar el cuello...

Pero ¡qué calor!, ¿cómo es posible que no haya aire acondicionado?, con la que está cayendo..., y todavía queda media hora para que empiece esto, no sé si voy a aguantar, y mira que es duro el banco de madera en delantera de lateral del gallinero académico, pero lo peor es la chicharrera, y yo con esta manta encima, quiero decir con mi elegante chaqueta azul marino, digo yo que me la podré quitar, claro que como queda bonita la corbata de listas celestes y marrones es con la chaqueta, pero qué más da, y menos mal que ahora María ha sacado su abanico rojo, en el patio de butacas no, pero en el gallinero, donde se han instalado también los chicos de la prensa, no pasará nada por quitarse la chaqueta, digo yo, aunque si ya he aguantado casi media hora, no me la voy a quitar ahora, justo cuando va a entrar el príncipe Felipe, y entonces María: “¿Pero tú no decías que eras republicano?”, y yo: “¿Eso qué tiene que ver?”, y entró el príncipe cuando me acababa de quedar en mangas de camisa y el nudo de la corbata me colgaba a un lado del cuello, ya marchito.

Así es que así es como por fin empezó la ceremonia, con el príncipe recorriendo la larguísima alfombra por el estrecho pasillo central, camino de la mesa de la presidencia, acompañado por la ministra de cultura y el director de la Academia. “No te pierdas detalle del protocolo”, recordé que me había dicho Alonso, “que es lo que de verdad importa en esos actos, el mero hecho de celebrarse y la forma en que se desarrollan, el ritual: lo de menos es lo que se diga, porque muy bien tendría que decirse, y de mucha enjundia o ingenio habría de ser, para arrebatarle el protagonismo a lo que de verdad importa, las fórmulas, la parafernalia...”. Ya sentado en la presidencia, Felipe de Borbón invitó a los dos miembros más recientes de la corporación, Luis Ángel Rojo y Margarita Salas, a “introducir” en la sala al académico electo, y allá que se fueron con su encomienda el economista y la científica, abandonaron sus sillas para recorrer el pasillo alfombrado en dirección contraria a la del príncipe un minuto antes, a buscar al novelista, que les esperaba fuera.

Cuando entraron, el dúo se había tornado trío, y a su frente avanzaba Pérez-Reverte entre los aplausos entusiastas de la concurrencia, inusuales, al parecer, en estas sesiones. Sonriente, con gesto de confianza, casi confianzudo, avanzaba el escritor, y a grandes pasos, muy rápido, tal vez queriendo apurar cuanto antes ese mal trago, y por eso a demasiada distancia de sus “introductores”, que se veían incapaces de acompasar la marcha a las zancadas del cartagenero, que además andaba con la cabeza ladeada, “columpiando la estatura y meciendo la persona” -como luego diría él del jaque setecentesco protagonista de su discurso-, quizá con una campechanía exagerada para restarle solemnidad al paseíllo o desmentirla de alguna manera. Acomodado el nuevo académico en su silla, ante una mesita minúscula y un micrófono, el príncipe le dio la palabra para que empezara a leer sus folios.

El discurso de Pérez-Reverte

Y tan entretenido que estaba yo, cómo no iba a estarlo con ese venga a levantarse y sentarse gente, ese traspaleo de excelentísimos y altos magistrados del idioma alfombra arriba y abajo, tan ricamente que se me habían pasado esos dos o tres minutillos, y hasta se me había olvidado el calor. Pero aymé, que todavía tenía que discursear el discurseador, y ya sabemos que son rarísimos quienes hacen caso de lo que decía Cervantes, aquello de que no hay razonamiento que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca, y no había por qué esperar que estuviera entre ellos Pérez-Reverte. Que empezó a leer quizá demasiado rápido, con dicción por momentos imprecisa, sin llegar a ser atropellada pero tampoco del todo clara, y de esa manera, tras el recuerdo de rigor del gran don Manuel Alvar, el académico que le precedió en el sillón de la letra T, encaminó el discurso a su meollo, El habla de un bravo del siglo XVII, ¡aymé!, y qué calor que empezó a hacer otra vez.

Sin inventarme nada, dije al principio que lo iba a contar. Así es que así es como tengo que contarlo ahora, y no puedo dejar de declarar que el discurso de Pérez-Reverte, si al principio me sorprendió y al breve rato me aburrió, después de media hora larga y sin visos de terminar (y yo venga a mirarle las manos, para ver cuántos folios quedaban en el mazo de los aún no leídos, y cómo iba menguando), después de todo ese tiempo, digo, me resultó francamente cargante. Y María que no se prodigaba con el abanico rojo. “Enfunda luego las gambas en las cáscaras, las medias, y después se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar calcos...”. Narrativamente chato, amén de eterno, me pareció el relato de un día en la vida del rufián español del siglo diecisiete, mera excusa para demostrar su dominio de la germanía de la época. “Pero si no hacía falta que justificara de esta manera su elección como académico”, decíame yo para mí, “si para todos está claro que se le ha elegido por su éxito como novelista, y que esa sea razón suficiente para entrar en la Academia ya pocos lo discuten; si no necesitaba exhibir ningún mérito lingüístico o filológico –y este desde luego no lo es- más allá del buen uso que haga del español para contar historias...”.

“...tachonado de cuero, que así llama él al cinto, con espada, o mejor toledana, de cazoleta y grandes gavilanes, larga de seis o siete jemes, casi palmos..”. Después de diez o quince minutos, esto a mí ya casi no me dolía, estaba insensibilizado, y hasta daba en sonreír cuando el texto intentaba alguna gracia, aunque sólo fuera para acompañar la sonrisa contagiosa y muy simpática del príncipe, allá abajo en la mesa presidencial, y a veces me echaba para atrás en el banco y dejaba de ver al novelista unos segundos, luego me inclinaba hacia delante otra vez y apoyaba la cabeza en la mano derecha, vuelto a la izquierda para verle de nuevo, y entonces el abanico rojo de María, en rápido parpadeo que se superponía al de mis ojos, me lo ocultaba y me lo volvía a mostrar con intermitencia eléctrica, ahora sí ahora no ahora sí ahora no ahora sí ahora no, y eso era entretenido también y además refrescante, aunque parecía que algo de aire corría desde hacía unos minutos, no podía venir sólo del abanico rojo de María, tal vez llegaba del patio de butacas, y mientras tanto Pérez-Reverte continuaba inmisericorde su monótono despliegue de los términos y las expresiones que conformaban la jerga de jaques y rufianes en el Siglo de Oro español, para eso igual le habría valido una lista de equivalencias, un vocabulario, cada palabra con su significado, en lugar de armar este cuento aburridísimo a base de “el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras...”

“Muchas gracias”, dijo por fin el novelista, y tras una ovación atronadora, tomó la palabra Gregorio Salvador, uno de sus padrinos en la Academia, para contestarle y hacer su elogio. Con un discurso bien hilado, claro y ameno, en el que afirmó que el que acabábamos de escucharle a Pérez-Reverte de seguro nos habría dejado “entre admirados y estupefactos” por su “maestría”. Ahora, lo hiperbólico de verdad fue el final. Salvador había recordado hacía unos minutos la fascinación del escritor adolescente por aquel pasaje de Jenofonte en que los soldados griegos alcanzan la cumbre de una montaña y avistan el mar (“¡Zalasa, zalasa! ¡El mar, el mar!”), y volvió a ese motivo para terminar su discurso, tal vez sin calcular el ligero efecto de... ¿vergüenza ajena? que podría causar en ánimos tan susceptibles como el mío tras casi dos horas de sesión académica, fogaje ambiente y sobredosis de germanía: “Estás ya en tu sitio, Arturo, estás donde debías, en la Real Academia Española. El camino ha sido arduo, los trabajos muchos, duro el vivir. Pero has alcanzado la cumbre, como los soldados griegos de Jenofonte (¡zalasa!, ¡zalasa!), y has llegado a esta casa, que va a ser la tuya...”. María y yo nos miramos atónitos.

Pero volvamos al rito, al protocolo, que ya me había dicho mi amigo Alonso que era lo que merecía la pena, y vayamos concluyendo. Aplausos para Salvador, el príncipe invita al nuevo académico a ocupar su sillón, Pérez-Reverte cruza el estrado y se sienta con sus compañeros, y sin más se levanta la sesión. Sencillo, sin adornos, preciso y eficaz. Luego, por último, abrazos y apretones de manos, en medio de más aplausos, y paseíllo final hacia la salida por la larga alfombra. Aglomeración humana por salas y escaleras, y calor de nuevo, mucho calor, y no sólo porque, claro, he vuelto a ponerme la chaqueta, que así luce más la corbata de listas celestes y marrones, mientras intentamos avanzar hacia la mesa donde, en el recibidor de abajo, se reparten ejemplares del librito con los discursos, y allí la tarde va a terminar con la alegría del reencuentro con Álex Grijelmo, sólo un minuto de conversación pero hace cuánto que no le veía, más de medio año ya [2]. En la calle, en busca del coche de María, el fuego del resistero se se había calmado. Así es que así es como viví yo esa alta ocasión y episodio singular en la vida oficial del idioma, y en orden creo que lo he contado, y con detalle, y sin inventarme nada.

 

Notas

[1] Ver “Una mañana en la Real Academia”, en Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español, n.º 9, 7 de agosto de 2002. En http://cuadernodelengua.com/cuaderno9.htm

[2] Desde “Álex Grijelmo o el placer de las palabras: entrevista en exclusiva con el autor de Defensa apasionada del idioma español”, en Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español, n.º 13, 16 de diciembre de 2002. En http://cuadernodelengua.com/cuaderno13.htm

 
citas / enlaces / palabras
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