Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 18, 23 de junio de 2003. Majadahonda (Madrid)

Estudiar español en Antigua


Victoriano Colodrón Denis
 
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El viajero recién llegado a la Antigua Guatemala que sale a dar su primer paseo por la ciudad no tarda en dejarse invadir por una rotunda y a la vez sutil impresión de placidez y belleza. Esa impresión va ganando en intensidad a medida que recorre las calles, atento a todos los reclamos que se van presentado a su interés, el añil o el ocre de una fachada, las risas de unas niñas en uniforme de colegio, el letrero -abarrotería- de la minúscula tienda de la esquina, la calidad del silencio... Así, entre todos esos estímulos a su percepción, es probable que no deje de reparar en un hecho que tal vez le intrigue: el gran número de parejas mixtas -un elemento local junto a otro foráneo- que, en animada charla, parecen compartir con él la misma placentera actividad del deambular ocioso, o que, sentadas a la mesita de un café, en un patio umbrío de lozana vegetación, diríase que disfrutan dejando pasar el tiempo, mientras departen sosegadamente...

Cuando visité Antigua hace unas semanas, la primera pareja de ese tipo que vi en la calle, caminando en dirección al precioso Arco de Santa Catalina, estaba formada por un joven moreno y chaparro y una altísima muchacha rubia muy blanquita. “¿Y a qué otros países has viajado?”, le preguntaba dulcemente él a ella. Claro que me llamaron la atención, pero yo estaba sobre aviso y no caí en el error de quienes, al ver la proliferación de estas parejas, piensan sin más en “romances de vacaciones”, normales al fin y al cabo en una ciudad turística en la que reina, según reza la propaganda habitual, “una eterna primavera” (que ya se sabe que es estación propicia a los asuntos del corazón). Pero no, no se trata de enamorados vencidos por la atracción de los opuestos y con mucho tiempo libre, sino tan sólo de inocentes profesores y estudiantes de español que prolongan sus clases -cambiando de escenario- en relajadas conversaciones informales, mientras pasean, compran coloridos huipiles en el mercado de artesanías, visitan las ruinas de Santa Clara o degustan donde Doña María las delicias de la refinada repostería local.

Dicen que Antigua es la ciudad latinoamericana con más academias de español como lengua extranjera y a donde más estudiantes acuden para aprender este idioma. Si no en términos absolutos, tal vez sea esto cierto en sentido relativo, en proporción con los cerca de cuarenta mil habitantes de la villa colonial. En una ciudad de estas dimensiones, y con una configuración urbana compacta, la intensidad del fenómeno es bien patente, y se manifiesta, además de en las citadas parejas, en los numerosos letreros de academias de español que se ven por las calles. Pero, ¿cuántas hay, exactamente? Unas treinta y cinco “autorizadas”, según la oficina de turismo, situada en el Palacio de los Capitanes Generales, en la Plaza Mayor. Pero el número de las “no autorizadas” es un enigma. “Más de cuarenta” o “entre cincuenta y ochenta” fueron algunas de las imprecisas cifras totales que me dieron en los sitios en que pregunté.

Tampoco encontré unanimidad a la hora de fechar el inicio del auge de la enseñanza del español en la ciudad. ¿Ocurrió hace cuatro, siete años? En cualquier caso, las primeras escuelas se crearon hace por lo menos dos décadas. Sí coincidieron todos mis interlocutores en distintas academias al mencionar la durísima competencia que tenían que afrontar, cada vez más aguda, y al señalar las consecuencias negativas que podía acarrear para el sector. En esa oferta tan amplia, excesiva incluso –me decían-, empiezan a proliferar las empresas poco solventes, que compiten con precios muy bajos e intentando igualar sin muchos recursos las ofertas de las academias más fiables, todo ello a costa, tal vez, de la calidad de la enseñanza y del servicio en general.

¿Quién da más? Las academias compiten

En la Academia de Español Guatemala –mi preferida entre las que visité en Antigua-, los cubículos de madera para las clases individuales, al aire libre, circundan una piscina de limpio fondo azul y agua transparente, rodeada también por el follaje verde intenso de una cuidada vegetación. A su lado se alza imponente una altísima y hermosa araucaria, cuya copa no se alcanza a ver desde la puerta que conduce al corredor. “Es la más grande que he encontrado estos días”, le digo a la joven que me enseña la escuela, y ella me confirma que es la más alta de Antigua.

Como en la mayoría de escuelas de español de la ciudad, en la Academia Guatemala cada estudiante tiene un profesor para él solo, y puede elegir el horario, los aspectos de la lengua que desea trabajar (conversación, vocabulario, comprensión, etc.), y dónde se impartirán las clases, si en el jardincillo, entre la piscina y los macizos de buganvillas; en un banco del Parque Central, con el rumor de fondo de la Fuente de las Sirenas; o tomando una cerveza en una cantina. Si opta por quedarse en la academia, podrá servirse en cualquier momento un café o un zumo, cortesía de la casa, y dedicar algún rato libre a hojear un libro o ver una película.

Además de gestionarles a los alumnos el alojamiento en familias locales, la Academia Guatemala les facilita un gran número de actividades para el tiempo libre, todas gratuitas. Desde partidos de baloncesto y campeonatos de ping-pong, hasta conferencias y debates, pasando por excursiones en bicicleta, clases de salsa y merengue, sesiones nocturnas de cine y “many fiestas”, como dice el folleto informativo. ¿Y la piscina? Claro que los estudiantes no pueden bañarse en ella mientras se imparten las clases, pero sí en cualquier otro momento, incluidos los fines de semana, porque, aunque la escuela esté cerrada, se les da la llave por si quieren ir a nadar, a ver un vídeo o a coger una de las bicicletas.

Todo esto es habitual en el sector de la enseñanza de español en Antigua, incluido lo de las clases al aire libre, en patios con fuente o jardincillos frondosos y con un sosiego absoluto. La competencia explica el gran número de servicios que ofrecen todas las escuelas, y también la casi total coincidencia de sus ofertas (ninguna puede permitirse no dar lo que dan las demás). La primera característica común a todas las academias es el sistema de clases individuales, y la segunda, la total flexibilidad que se permite al estudiante para determinar el número de horas y de días que durará su curso, y cuándo empezarlo; para cambiar de profesor si no le gusta el que tiene o prefiere variar; para elegir un curso general o bien uno específico según su profesión (médicos, abogados, periodistas, aeromozos, misioneros) o su edad (cursos para niños o para seniors, como en el Centro Lingüístico de la Fuente); para que el método y las actividades didácticas se ajusten a sus necesidades y sus gustos...

Más allá de ese modelo básico común (que incluye además una amabilidad y una cortesía siempre intachables, como las que disfruté, entre otras, en las academias Alameda, Guatemala y Latinoamérica), las escuelas de español también coinciden en la extraordinariamente amplia y variada oferta de servicios complementarios o de valor añadido, que prestan por regla general de forma gratuita. Se trata de un mecanismo de lucha por la victoria o al menos por sobrevivir, en ese medio hostil de fiera competencia, que exige esfuerzos a veces insólitos –cuando no francamente extravagantes- para distinguirse de los competidores y atraer a los clientes. Entre estos, por cierto, parece que no es inusual la práctica de cambiar varias veces de academia hasta encontrar la que a uno más le satisface, práctica favorecida precisamente por la flexibilidad a que obliga la misma competencia*.

Acceso a Internet, cursos de cocina local y de elaboración de velas (en la escuela Ixchel, por ejemplo), excursiones a los volcanes que rodean la ciudad, demostraciones de uso de los telares tradicionales, visitas a plantaciones de café, ceremonias mayas en comunidades indígenas... El menú complementario de las escuelas de español, normalmente gratuito, suele estar compuesto de actividades como éstas, además de las citadas antes, al hablar de la Academia Guatemala. El Centro Lingüístico La Unión aplica un descuento a los estudiantes según los errores que cometan en los exámenes de los viernes: si el examen es correcto en un 80%, el descuento lo será del 3%; un grado de correción del 90% da derecho a una rebaja del 5%; y sin ningún error, el descuento llegará al 10%. La Unión también se distingue por ofrecer a sus alumnos, en función del número de horas de clase que hayan recibido, bonos de ¡lavandería gratuita!

Pero en este esfuerzo por enriquecer su oferta, los centros de estudio de español no se olvidan de hacer valer la calidad del servicio básico. De modo que en su publicidad no dejan de destacar la preparación de sus profesores, su formación específica, sus años de experiencia y su constante actualización profesional. O el tiempo que llevan trabajando en la misma academia, para demostrar que no se trata de jóvenes inexpertos contratados durante unas semanas para cubrir la temporada alta.

Español, inglés y cachiquel en Antigua

Podría suponerse que son sobre todo estadounidenses, por la cercanía de su país a Guatemala, los que van a aprender español a la sombra de los volcanes Agua, Fuego y Acatenango. Es lógico que constituyan la mayoría, pero cuando se pregunta en las academias siempre responden que los estudiantes llegan de todos los países, y destacan a los europeos, mencionando mucho a Holanda y a Inglaterra (pero no a Francia). Tampoco faltan israelíes, brasileños, australianos o japoneses.

En algunos casos se trata de muchachos que van a viajar durante algún tiempo por Hispanoamérica y empiezan su periplo en Antigua para proveerse de un poco de español con el que después poder comunicarse. También son muchos los jóvenes voluntarios de distintos países que van a Guatemala para participar en proyectos de cooperación al desarrollo, y como para ello necesitan aprender un poco de español o mejorar el que ya traen aprendido, se quedan un par de semanas en alguna de las escuelas antigüeñas. Las hay que incluso programan cursos específicos para estos chicos. Por otra parte, todas las academias ofrecen a sus alumnos, entre las actividades complementarias, la posibilidad de colaborar en algún proyecto social, dedicando unas horas a la semana a jugar con los niños de un orfanato, ayudar a los maestros de una escuela, visitar un hospital o plantar árboles en un programa de reforestación. Una manera de “practicar el español después de las clases mientras se colabora con la comunidad local”, como explica en su folleto la academia Sevilla.

Según el reclamo de otra escuela, “los expertos dicen que Guatemala es el país perfecto para aprender español, porque el habla es pura, con pocas palabras y términos de jerga tomados del inglés”. ¿Será esta una de las razones del éxito de Antigua como centro de enseñanza de la lengua? Comentando estas cosas en el bar Fridas, cerca del Arco, con un chico alemán que había aprendido el español en Santander, me mostraba su perplejidad por no entender todo lo que le decían en Antigua debido a las particularidades guatemaltecas del idioma. ¿De verdad era tan buena idea venir a estudiarlo aquí? Su pregunta me recordó una reciente conversación en Madrid, en la que había asistido a un despliegue de rancios prejuicios lingüísticos hispanocentristas, como los que yo creía que a estas alturas ya no existían. “Si yo fuera extranjero”, había oído decir en esa charla, “ni me plantearía ir a México a estudiar español, vendría a España”.

Seguro que para muchos de los estudiantes extranjeros en Antigua, el que la variedad local de la lengua sea americana, más que un inconveniente supone un incentivo adicional para venir aquí a aprenderla. Tal vez les ofrezca más reparos el hecho de que en esta ciudad, en determinados lugares y momentos (por ejemplo de noche, en bares y discotecas, pero también en otras circunstancias), se oye hablar más inglés que español, y así no resulta tan fácil la inmersión lingüística perseguida. Claro que otros encontrarán en ello un aliciente: muchos jóvenes van a Antigua atraídos precisamente por ese ambiente “internacional”, por esa efervescencia estudiantil de acentos tan diversos, por la posibilidad de coincidir en clase, en la excursión a Tikal o cuando se sale de rumba, con alemanes, finlandeses, rumanos, gringos o neozelandeses.

Lo que no parece haber constituido un obstáculo para el desarrollo de la industria local del español como lengua extranjera es el hecho de que Guatemala sea, después de Paraguay, el país hispánico con menor porcentaje de hispanohablantes en relación con la población total, con un 64%. En Guatemala, donde casi seis de los diez millones de habitanes son indígenas, se hablan veinte idiomas mayas, desde el quiché (un millón de hablantes), el mam (en torno a setecientos mil hablantes) y el cachiquel (cuatrocientos mil), hasta el uspanteca y el teko (con menos de tres mil cada uno). En una de las academias que visité quisieron tranquilizarme: tal vez alguna de las familias con las que conviven los estudiantes sea bilingüe, pero sólo ocasionalmente emplean alguna palabra en su lengua maya. En el prospecto de otra escuela han querido dar mayores garantías y aseguran que “el proceso de aprendizaje se complementa con el alojamiento en una familia local en cuya casa el español es el único medio de comunicación”.

No, tampoco éste puede considerarse un inconveniente para venir a Antigua a estudiar español, sino tal vez, de nuevo, un aliciente más. En cualquier caso, resulta inevitable la reflexión sobre la circunstancia de que justo aquí, en estas tierras multilingües con tantos hablantes de lenguas indígenas, se esté practicando una explotación tan intensiva del español como recurso económico. Explotación que a veces puede redundar incluso en beneficio de las lenguas mayas, como tal vez ilustre el caso del Proyecto Lingüístico Francisco Marroquín, una fundación que investiga y publica sobre esas lenguas, y las enseña, quizá gracias a los recursos que le reporta su otra actividad, la de academia de español.

*

Además de un puñado de imágenes y experiencias (como la cena de anoche en el monasterio de Santo Domingo, esas ruinas espectrales), ¿qué mejor recuerdo llevarse de una ciudad que un libro, unas palabras? Así que el viajero, en su último paseo por Antigua, el mismo día en que va a dejar la ciudad, tal vez entre en una librería. Allí puede que vea a una profesora de español, con la elegancia natural de las gentes de esta tierra, rebuscando en las estanterías acompañada por su joven alumno, un muchacho de erizada pelambrera rojiza, camiseta sin mangas y sandalias de suela gruesa. No será difícil que un título -Tejedor de palabras- llame la atención del visitante: “De lejos,/la voz de las montañas/es azul./De cerca,/es verde”, lee en una página cualquiera. Son las poesías de Humberto Ak’abal, en edición bilingüe, quiché y español.

Con su libro recién comprado (hallazgos como éste no son tan frecuentes), el caminante callejea ahora sin rumbo, despacio, contagiado por la calma esencial del lugar. Volverá a la ermita de San José, pasará por los lavaderos del Tanque La Unión, cambiará de acera para ver la cima del volcán de Agua... Y mientras pasea, tal vez sienta de repente el deseo absurdo, la nostalgia de no ser hispanohablante para poder venir a estudiar español a Antigua.

 

 
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