Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 17, 21 de abril de 2003. El Puerto de Santa María (Cádiz)

El español, ¿lengua para la paz?


Victoriano Colodrón Denis
 
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A mi tabuco de cronista de la lengua ha llegado también el ruido de las bombas. Desde la celda monacal –blancas paredes tapizadas de libros- donde me encierro a veces para sentirme a salvo del mundo y sus amos, he oído el rugido abrumador de la arrogancia (y su estúpido cacareo), las voces agudas del odio y la cólera, una barahúnda insoportable de rabia y dolor. Y me he preguntado si no es silencio, un poco de silencio esencial, lo primero que habría que oponerle a tanta crispación y mentira.

“Hoy queremos que la voz y la palabra de nuestros pueblos, la lengua de Cervantes, Neruda y Octavio Paz”, leí en un diario el pasado 6 de marzo, “se convierta en la Lengua de la Paz”. Así decía la carta enviada por Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Pedro Almodóvar, Dario Fo y Joaquín Sabina, entre otros escritores y artistas, a los presidentes de México y Chile, Vicente Fox y Ricardo Lagos. En ella les pedían que mantuvieran su oposición a “los planes bélicos” contra Irak “promovidos por los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido y España”, y que no cedieran a las presiones que recibieran para apoyar la vía libre al uso de la fuerza.

Convertir al español en lengua de la paz, edificar con él una plataforma para el entendimiento entre los pueblos del mundo, ponerlo al servicio de la concordia universal... Hermosas aspiraciones, tal vez nacidas de un utopismo bienintencionado y voluntarista. ¿De dónde proceden? Es verdad que hay algo en la propia idea del lenguaje que nos induce a creerlo especialmente diseñado para la armonía y la avenencia entre las personas. Si nos detenemos a considerarlo, ¿no encontramos en la lengua, en cualquier lengua, algo así como una disposición innata para el acuerdo y la paz? El concepto de entendimiento se nos antoja entonces inextricablemente ligado al de la comunicación mediante el lenguaje; ésta, pensamos, sólo existe para hacerlo posible a aquél, su meta y fundamento íntimo.

Estas ideas se tornan más evidentes cuando las armas han empezado a hablar. A finales de marzo, con la guerra ya en curso, un profesor de inglés estadounidense, Myles Hoenig, le dijo a un periodista: “El lenguaje es un vehículo de la paz”. Fue en el congreso de Teachers of English to Speakers of Other Languages, que reunió en Baltimore a 6.000 profesores y especialistas en enseñanza del inglés. “Cuando dominas la lengua, especialmente una lengua distinta de la tuya materna”, añadió Hoenig, “tienes más probabilidades de valorar la tolerancia y la diversidad étnica y religiosa, y de querer resolver los problemas mediante el lenguaje, y no lanzando bombas”. Otro congresista, un canadiense que enseña inglés en Japón, aseguró que “si más estadounidenses entendieran el árabe y más iraquíes supieran inglés, habría muchos menos conflictos y malentendidos en Oriente Medio”.

Por lo que respecta al español, en otras ocasiones hemos oído formular buenos propósitos similares a los que expresaba la carta a los presidentes Fox y Lagos. El rey de España es bastante dado a ellos (“el español es una lengua al servicio de la cooperación y del entendimiento entre las personas y los pueblos más diversos”, dijo hace unos meses). En general, es asunto que da bien en discursos y alocuciones, como la que Cela repetía en cada congreso internacional del español: “No usemos la lengua para la guerra, y menos para la guerra de las lenguas, sino para la paz, y sobre todo para la paz entre las lenguas”. ¿Pero qué méritos podría acreditar el español, entre todos los idiomas del mundo, para aspirar al título de lengua de la paz? ¿Acaso una hoja de servicios intachable a favor de la concordia, una reconocida trayectoria pacifista o antibélica? ¿Cuáles sus cualidades, sus virtudes, su bagaje para hacerse merecedor de tal reconocimiento?

Las palabras, de todas formas, sirven tanto para negociar y pactar, para congeniar o amistar, como para discrepar y malentenderse, para enfrentarse y hasta para matar. Explica José Antonio Marina que el perfeccionamiento del lenguaje lo convirtió en una herramienta multiuso, que puede ser utilizada para cualquier cosa: “Nacido para expresar y comunicar, puede hacerse el gran posibilitador de la mentira [...]. Siendo un medio de unión, puede cambiar de función y esgrimirse como arma de desunión”. El beligerante D’Annunzio tenía razón -¡ay!- cuando escribió: “Un ordine di parole può essere più micidiale di una formula chimica”. El español, como el resto de las lenguas del mundo, vale lo mismo para la paz que para la guerra.

Y sin embargo, qué hermosa la idea de que los pueblos y los gobiernos de los países hispanohablantes se hubieran unido para expresar una misma oposición a la guerra. Que en español, de forma unánime, se hubiera afirmado la misma voluntad de encontrar otro tipo de soluciones para los problemas, otra manera de evitar las tiranías o luchar contra ellas. Que nuestra lengua hubiera servido sólo para reclamar un marco legal internacional que ninguna gran potencia pudiera saltarse por el mero hecho de serlo y querer demostrarlo a toda costa, sometiendo al resto del mundo al dictado de su fuerza... Pero resulta que esa gran potencia es uno de los países con mayor número de hablantes de español. Y resulta también que entre los escasos apoyos que ha recibido para su exhibición de poderío militar ha estado el del gobierno de otro país hispanohablante, precisamente el que vio nacer en su suelo esta lengua en la que tantas voces se han alzado en contra de la guerra...

Hispanohablantes en Irak

En el silencio de mi mechinal de cronista del idioma ha irrumpido el fragor de la guerra. Ahí fuera, bajo la lluvia, se esponjan agradecidas las magarzas, la jara y la avena loca. Las nubes dejan pasar algún rayo de sol, que entra por el ventanuco. Levanto la vista de la pantalla y pienso en José Gutiérrez, el joven guatemalteco de 22 años muerto en Um Qasar, una de las primeras víctimas mortales del ejército invasor. “Hasta la desgracia se cansa”, escribió Séneca, pero hay vidas, hay historias que parecen empeñadas en desmentirlo. Huérfano, José Gutiérrez fue un “niño de la calle” de la ciudad de Guatemala, hasta que a los nueve años lo acogió una institución benéfica. En 1997 entró clandestino en Estados Unidos. Ahora ya tiene la nacionalidad estadounidense, concedida a título póstumo como distinción honorífica.

No es el único caso. De los 320.000 soldados que han participado en la ocupación del país, unos 60.000 son latinoamericanos o de ascendencia hispana, muchos de ellos sin la condición oficial de ciudadanos de EE.UU. Se alistan precisamente porque les prometen la nacionalidad, y también costearles los estudios universitarios. Los hispanos representan ya el 9% en las fuerzas armadas de EE.UU., en las que ocupan los puestos de menor graduación. Así ha sido en Irak, donde su presencia en la primera línea de combate ha superado con mucho, proporcionalmente, a la que han tenido en los niveles de mando. De ahí el mayor riesgo que corren de caer heridos o muertos. Carlos Montes, portavoz de “Latinos against the War in Iraq”, denunció hace unas semanas que el ejército realiza campañas de reclutamiento con falsas promesas entre los chicos de los barrios humildes de Los Ángeles, y que luego los utiliza como “carne de cañón”.

Mientras la población hispana de Estados Unidos ha sido la más reticente del país a apoyar la guerra, en España algunos han sostenido que había que estar con Bush para ganar influencia en esa minoría, que cada vez tiene más capacidad de compra y mayor peso político. Pero muchos de los latinos estadounidenses andan empeñados en otra lucha: “La única guerra que estamos librando aquí es la guerra contra el hambre”, dijo hace poco una tal Guadalupe Gómez, de 72 años, en un barrio pobre de Los Ángeles. “La llamamos la guerra por el frijol” (“We call it the war for the frijol”). Y es que, como bien revelaba su conciudadana Teresa Franco, “el dinero que se están gastando en la guerra, se lo están quitando a nuestra economía, nuestra sanidad y nuestros colegios”.

¿Lengua de la paz, la española? Por lo pronto, a Irak ha llegado de la mano de un ejército. No creo que nunca antes haya habido en ese país tantos hispanohablantes, aunque por desgracia van armados. Quién se lo iba a decir, años atrás, a los cada vez más iraquíes interesados en aprender nuestra lengua, y que a duras penas podían satisfacer su deseo. Quién se lo iba a decir a Hikmet Alawi, director del departamento de español de la Universidad de Bagdad, quien hace unos meses se lamentaba de las dificultades que tienen los hispanistas de Irak para mantenerse en contacto con este idioma, y declaraba: “Nos faltan oportunidades para hablar con personas cuya lengua materna sea el español”.

Al parecer, el departamento universitario que dirige Alawi –se dice que el mayor de español en Oriente Medio, con sus 1.200 alumnos- recibe cada año más de seiscientas solicitudes de matriculación, de las que sólo puede aceptar unas ochenta. Los medios son muy escasos, y por eso la ONG española Solidarios para el Desarrollo donó a la Universidad de Bagdad el pasado mes de octubre una colección de 1.500 libros. Fueron recibidos con entusiasmo, como “maná del cielo” para hacer frente a la precariedad con la que allí se enseña esta lengua. Por cierto, que los hispanistas locales consideraban injusto que hubiera un Instituto Cervantes en Jordania y faltara en su país.

Me pregunto cómo será el encuentro entre un joven bagdadí estudiante de español en la Universidad y uno de los soldados latinoamericanos o de ascendencia hispana del ejército imperial. El primero, tal vez ávido de palabras, noticias, contactos, y puede que extrañado por esa rara oportunidad de practicar la lengua aprendida; y el segundo, quizá en vías de perderla, como el soldado Armando Medina, hijo de madrileña y mexicano: “Como me paso casi todo el tiempo con mis compañeros, voy olvidando el español”. En cualquier caso, es posible que la charla no fuera muy amistosa, a juzgar por lo que decía a principios de abril el licenciado en filología española iraquí Musa Jalïe: “Sé que han muerto muchos americanos. Ojalá se vayan todos al infierno”.

Desde mi tabuco de cronista del idioma, atestado de libros, cuadernos y carpetas, se han oído los gritos de guerra, y no hacía falta esforzarse mucho para distinguir que algunos de ellos se proferían en español, una lengua tan válida para eso como para el diálogo y el concierto de pareceres, o para oponerse al ataque a Irak. No hay en esto blanco o negro. En español se pueden defender las ideas más variopintas, a base de meras palabras, y también pueden dictarse condenas a prisión para quienes se empeñan en expresarse libremente, para quienes con esta lengua no quieren sino decir y escribir lo que piensan. Ha ocurrido en Cuba en plena guerra, tristemente, y no ha sido una sorpresa.

Después de lo que ha pasado, de lo que está pasando, sería ingenuo negar que hay motivos para el desánimo y el escepticismo, pero eso no quiere decir que no haya que empeñar a las lenguas, a todas las lenguas, en el trabajo por la libertad, la paz y la justicia. Aunque cuando se produce un fracaso de la inteligencia humana de tal magnitud; cuando el cinismo, la prepotencia y el terror han hecho su obra, tal vez la primera tentación sea el silencio, un poco de silencio esencial, no para dejarle el campo libre a la destrucción y la mentira, sino por pura higiene, y para volver a armarse... de palabras y buenas razones*.

 

Nota

* Las informaciones citadas en este artículo se han tomado de estas fuentes (en orden de mención):

. Aznárez, Juan Jesús, “Premios Nobel, escritores y artistas piden a México y Chile que no cedan ante EE. UU.”. En El País, 7 de marzo de 2003.

. Bowler, Mike, “Language as a ‘vehicle of peace: alternative: many who teach English to non-English speakers feel that understanding and speaking other languages would help eliminate conflict”. En The Baltimore Sun, 30 de marzo de 2003, disponible en http://www.sunspot.net

. Discurso del rey don Juan Carlos en la reunión del patronato del Instituto Cervantes, el 15 de octubre de 2002. Disponible en http://www.cervantes.es. Discurso de Camilo José Cela en el congreso internacional de la lengua española de Valladolid y de Zacatecas (y de Sevilla y...). Disponible en http://cvc.cervantes.es

. Marina, José Antonio, La selva del lenguaje, Anagrama, Barcelona, 1998. ISBN 84-339-0569-4, p.166-167.

. Rituerto, R. M. De, “EE. UU. concede la nacionalidad a un soldado guatemalteco muerto en Irak”. En El País, 28 de marzo de 2003.

. “Información actualizada de José Antonio Sirín Gutiérrez R.I.P.”. En http://www.casa-alianza.org/ES/ultimanoticia/chronologyEs.shtml

. Pew Hispanic Center, Summary of findings: survey of Latino attitudes on a possible war with Iraq. En http://www.pewhispanic.org

. Marrero, Pilar, “View from the Latino side: the war for the frijoles”. En New California Media On Line, 26 de marzo de 2003, disponible en http://news.ncmonline.com

. “An anti-war Latino group wants end to recruiting of young Latinos”. En Eyewitness News Newsroom, 26 de marzo de 2003, http://www.wchstv.com/newsroom/nnews (consultado en la versión caché de Google el 28 de marzo de 2003).

. Cevallos, Diego, “Iraq-Mexico: Mexicans on the Front-Line”. En Inter Press Service, http://www.ipsnews.net/interna.asp?idnews=17296

. “La biblioteca del Departamento de Español carecía de títulos en castellano: la Complutense y Solidarios para el Desarrollo entregan 1.100 libros a la Universidad de Bagdad”. En http://www.campusred.net/campusdiario/20020408/sigue/sigue4.htm (consultado en la versión caché de Google el 31 de marzo de 2003).

. Espinosa, Ángeles, “Una ONG española entrega 1.500 libros a una universidad iraquí”. En El País, 21 de octubre de 2002.

. “El español se abre camino en Irak por encima de guerras, embargos y conflictos internacionales”. En ABC, 28 de octubre de 2002.

. Peregil, Francisco, “La entrada en combate del ‘marine’ Medina”. En El País, 15 de abril de 2003.

. Peregil, Francisco, “Los tiros suenan muy cerca de mi casa”. En El País, 6 de abril de 2003.

 
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