Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 16, 15 de marzo de 2003. Majadahonda (Madrid)

Confesiones de un adicto al diccionario


Victoriano Colodrón Denis
 
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La primera vez que mi mujer me vio guardando el diccionario de la Real Academia en el equipaje de las vacaciones, no se lo podía creer. “¿Vas a llevarte eso?”, me preguntó, y en su voz había más asombro que reproche. Habíamos acordado cargar sólo lo imprescindible, evitar el peso y los bultos inútiles. Establecido el principio, lo difícil en esas ocasiones es interpretarlo: ¿qué es inútil y qué no lo es? Los criterios no coinciden, aunque siempre se comparte la regla general de que “las cosas del otro son por naturaleza más descartables que las de uno mismo”. El diccionario, desde luego, no lo era para mí. No podía serlo, teniendo en cuenta que había metido ya en las maletas cuatro libros, entre cuyas páginas se emboscaban, sin duda, decenas de palabras nuevas...

Cuando leo, me gusta tener a mano el diccionario. ¿Cómo avanzar en la lectura sin saber qué significan moheda, cheje, trípili? Sin el libro de las palabras junto a mí -en el sofá, en la mesilla de noche o incluso en la cama-, me siento desamparado. “Eres un exagerado y un maniático”, podrían decirme, “para comprender el sentido general de un texto no hace falta entender todas sus palabras: puedes prescindir perfectamente de las accesorias, de las que no son esenciales, y no pasa nada. Además, siempre tienes el contexto”. Pero el texto está hecho con palabras, y prescindir de una sola de ellas lo desvirtúa sin remedio, equivale a aceptar un desgarrón de sinsentido en el lienzo cabal del significado, a transigir con una mancha oscura en la luz que hilan los vocablos cuando van juntos.

Lo que otros consideran un fastidio insoportable –interrumpir la lectura para buscar en el diccionario la palabra desconocida-, para mí es una necesidad, además de un placer no por modesto menos real. Si ellos pueden llegar a verlo como un tormento al que evitan someterse, una tortura con la que prefieren no castigarse, a mí, en cambio, me cuesta más seguir leyendo sin enterarme de qué es una hallaca, resignarme a no saber qué quiso decir el autor cuando escribió rotería o postergar el momento de conocer el significado de calote (postergarlo hasta quién sabe cuándo: un después que muchas veces se queda en nunca). En realidad no es que me cueste menos, sino que no puedo dejar de hacerlo. Más que de necesidad, tendría que hablar de incapacidad. ¿O tal vez de manía, de compulsión, de prurito, de reacción automática ante un estímulo irresistible -la palabra no sabida? En cualquier caso, de la imposibilidad de seguir adelante sin despejar la duda, con la conciencia nueva de esa nueva ignorancia, antes ignorada: desconocía no sólo su significado, sino incluso que hubiera tal palabra, musuco, o esa otra, invernazo.

Pero dejar de leer a cada momento por una palabra, tener que entrecerrar el libro que veníamos leyendo para abrir el que va a aclararnos su sentido, no puede por menos de resultar irritante. Así el texto se entrecorta, se altera el fraseo, el ritmo se quiebra. Ahora bien, ¿no había quedado ya rota la fluidez del discurso en el mismo instante en que saltó a la vista el término raro? El curso textual no es tan liso como un segundo atrás, la interrupción ya se ha producido, el paréntesis se ha abierto. No hay más que aprovecharlo para satisfacer la curiosidad. (De todas formas, no es necesario hacerlo de inmediato. Se puede esperar hasta el final de la frase, del párrafo, de la página, del capítulo).

Una necesidad, pero también un placer, dije antes. Claro que no el placer del torpe coleccionista que basa su disfrute en la acumulación indiscriminada. No se trata de ir echando palabras en el saco, porque luego siempre resulta que el saco estaba abierto, o roto, y las palabras se iban saliendo de él sin que lo supiéramos: no hemos conseguido retenerlas y se nos han ido olvidando; de nada ha valido nuestro deseo cuando las encontramos (“Ojalá me acuerde de támara, fodolí, zahora... ¡son tan bonitas!”). Es más bien el placer de darle vueltas a la palabra nueva, como a una moneda extranjera o antigua, de mirarla y remirarla, sopesarla, olisquearla y hasta mordisquearla, considerar su perfil y su sonoridad, aventurar un significado y comprobar si coincide con el que le asigna el diccionario, alegrarnos cuando la definición está a la altura del vocablo o desilusionarnos si se refiere a una cosa que no nos interesa para nada, o que es francamente fea, ramplona o vulgar.

El placer de encontrar sin buscar

Pero como sucede en otros viajes, el placer no reside tanto –o no tan sólo- en alcanzar la meta, como en los hallazgos que la propia ruta nos depara. De camino hacia una palabra por la vía del diccionario, el viajero disfruta entreteniéndose con otras, la vista se le queda prendida a cualquiera de las que le llaman desde el cuerpo de la página (“¡Estoy aquí!, ¡mírame!, ¿no quieres saber lo que quiero decir...?”) o, más fácilmente, desde las que ocupan los márgenes superiores, a modo de titulillos para guíar las búsquedas. Cuando vamos tras quilma, haciendo resbalar las páginas con el pulgar, no podemos evitar la tentación de detenernos en vidajena (para descubrir que así llaman en Panamá a quienes gustan de fisgonear a los otros), en timbiriche (que es un tendejón o un chiringuito cubano) o en risería (una risa persistente y grande, en Honduras).

Así se nos llega a olvidar hacía dónde nos dirigíamos. ¿Qué veníamos buscando? Ah, sí, quilma..., que ahora sabemos que se refiere a un costal de tela gruesa. Y ya que estamos aquí, en su página, ¿por qué no quedarnos en ella un ratito? Si no es ahora, puede que no sea nunca, quién sabe si volveremos a visitarla alguna vez. De modo que decidimos no irnos sin antes enterarnos de que quilmay tiene origen mapuche y designa a una planta de flores blancas y raíz medicinal; sin sorprendernos por la riqueza semántica de quillotro (excitación o estímulo, pero también indicio o señal, y amorío, devaneo, requiebro....); o sin disfrutar viendo juntas a la cántabra quima (rama de un árbol) y la colombiana quimba (especie de calzado rústico).

Por cierto, que ese del margen superior es un lugar de privilegio, un escaparate en el que las palabras tienen más probabilidades de ser vistas. Ocupar tal emplazamiento de honor es distinción efímera, que se renueva en cada edición del diccionario. Una feria de las vanidades donde caben el término poético, el latinismo crudo, el vocablo coloquial o de jerga... En la última actualización del DRAE, es el turno, entre otras, de corruco, amiguete, jelengue, pinol, fimbria, guabina o... ¡comemierda!

A veces no hace falta la excusa de una búsqueda con objeto definido para dedicarse a revolotear entre las páginas del diccionario. Actividades que valen también por sí mismas son picotear aquí y allá, de palabra en palabra (como el verderón saltarín que prueba ahora esta ciruela, ahora aquella otra, de una rama pasa a la de al lado, en incansable cala y cata), o practicar esa modalidad del zapeo léxico inevitable cuando en la definición del término que no conocíamos se usa una palabra que también ignoramos. El diccionario, desde la estantería o la mesa, ejerce siempre su poder de atracción. A veces me dejo ganar por él sin más, sin fin alguno, y me doy a su lectura. Aunque quizá no tan a menudo como el inolvidable Bustrófedon, que “siempre andaba cazando palabras en los diccionarios (sus safaris semánticos)”. De hecho, como cuenta Cabrera Infante en Tres tristes tigres, eran los únicos libros que leía, porque los encontraba “mejor que los sueños, mejor que las imaginaciones eróticas, mejor que el cine. Mejor que Hitchcock, vaya”.

Llegados a este punto, hay que precisar. Está la lectura del diccionario aleatoria, caprichosa, desordenada –la que yo practico-, y la lectura sistemática, palabra por palabra, sin saltarse ni siquiera las que dan nombre a las plantas angiospermas y a los peces teleósteos, que son, de lejos, las más aburridas y las más abundantes. Gabriel García Márquez, en Vivir para contarla, recuerda que de niño leía el diccionario que le había regalado su abuelo “como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo apenas”. Estos recorridos exhaustivos por el lexicón, emprendidos con admirable disciplina, ¿no serán asunto de maniáticos, de neuróticos, de fetichistas de las palabras, de gentes con una idea cuando menos pintoresca de qué sea el conocimiento y de la forma de alcanzarlo? Tal vez, pero a mí el vicio inocente de repasar el diccionario de cabo a rabo no deja de parecerme enternecedor, y propio de personas fundamentalmente buenas.

El diccionario que embelesa e irrita

La consulta habitual del diccionario depara con frecuencia sorpresas memorables, maravillas insospechadas. Entre ellas, no se puede dejar de citar el pasmo agradecido que siente uno cuando, para empezar la busca, abre el volumen al azar, por una página cualquiera, ¡y justo en ella encuentra la palabra que perseguía! Quienes no cultiven el husmeo léxico, tal vez no den crédito a esta clase de casualidad feliz, pero con un poco de perseverencia no tardarían en disfrutarla. Como también la fascinación de encontrar esas palabras inverosímiles que significan cosas que jamás habríamos imaginado que tuvieran nombre. ¿De verdad hay términos que designen la “corteza exterior” de la nuez o la “película que separa los cuatro gajos” de ese mismo fruto? Resulta que sí (ruezno y bizna). Tampoco se me habría ocurrido nunca –urbanita irredento- que hiciera falta un vocablo específico para el “pollo débil y enfermizo” o para el “agua sobrante que rebosa de un surco”, y en una de mis exploraciones léxicas di con galpito y acholole. Aunque mi último descubrimiento ha sido camanance, procedente del nahua camac, ‘boca’, y nance, ‘fruto’, y que se emplea en Centroamérica para referirse a los hoyuelos que tienen algunas personas a cada lado de la boca cuando sonríen. ¿No es un prodigio, esta palabra, de delicadeza y simpatía?

El contento del husmeador de lexicones puede tener también su punto de malicia, y surgir del sentido crítico y la guasa fina. El ya mentado Bustrófedon se sabía de memoria la definición de perro que daba la Real Academia, cuyo remate degustaba de manera especial (la cursiva es mía): “mamífero doméstico de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas, pero siempre con la cola menor que las patas posteriores, una de las cuales levanta el macho para orinar”. (Por cierto, el perro ya no orina en el DRAE. Dejó de hacerlo entre 1950 y 1956, según se entera uno consultando el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española que tiene la Academia en Internet). Otro ejercicio igualmente sabroso puede ser el de asistir al paulatino cambio de color del limón en las últimas ediciones del tumbaburros académico: en la de 1992, la vigésima primera, este fruto era “siempre de color amarillo” para sorpresa e inquietud de muchísimos hispanohablantes americanos, que sólo lo conocían de color verde, mientras que en la última versión, publicada en 2001, el “siempre” se ha sustituido por un cauto “frecuentemente”, que tal vez no sea la solución definitiva. Quizá en ediciones futuras...

En suma, el catálogo de los hallazgos posibles en el diccionario, o de los momentos gratificantes que puede brindar, sería interminable. Ahora bien, no menos corto resultaría el que pretendiera describir las ocasiones de desconcierto, de frustración o incluso de franca irritación que también procura con frecuencia. Entre ellos, destaca el momento en que descubrimos que la palabra que buscamos simplemente “no viene”. Pero hay otros. En lo que a diccionarios se refiere, un mínimo fastidio repetido muchas veces puede resultar cargante, como se verá a continuación.

El contenido de cada uno de los dos volúmenes de la edición manual del DRAE (a-g y h-z) sólo figura en el lomo, que no suele estar a la vista cuando el diccionario reposa en la mesa de trabajo. Inevitable, pues, tener que girar uno de los tomos, o levantarlo, para comprobar si es el que tenemos que utilizar. Y por lo general escogeremos el que no corresponde. Como las demás, esta variante de la ley de Murphy tampoco suele fallar (“la palabra que buscamos siempre está en el otro tomo”, no en el que hemos cogido primero). Si hace un minuto hemos averiguado qué significa bayuncada, y por tanto el tomo que tenemos más a mano, porque lo acabamos de consultar, es el primero (a-g), lo más probable es que la siguiente palabra que queramos buscar sea macuco, o tameme. Pero para entonces habremos olvidado la búsqueda anterior, y abriremos el mismo volumen, el primero. La única solución es rotular uno mismo cada tomo -tapa y contracubierta, sin olvidarse de los cortes- con la leyenda correspondiente (a-g o h-z), de manera que desde ningún ángulo se nos oculte su contenido.

Las pegas de la edición en dos tomos (que se compensan, claro, con la comodidad del formato) no terminan aquí. Todos sabemos lo enfadosas que resultan las definiciones por remisión: buscamos leónica y, sin más explicación, se nos remite a vena ranina, adonde tendremos que ir a buscar el significado de aquella; nada se nos dice acerca de tamarilla, salvo que mejor vayamos a mirar en jaguarzo. Pero esa molestia se torna cargante de verdad si la palabra a la que se remite ¡está en el otro tomo!: en el segundo, si estamos leyendo el primero (chusbarba nos envía a jusbarba), o en el primero, si es el segundo el que tenemos entre las manos (de taparo hay que ir a güira). El colmo, aunque es verdad que poco frecuente, se produce cuando la remisión nos obliga a dejar un tomo para abrir el otro, y de allí tenemos que volver al primero: de alieto (a-g) a halieto (h-z), y de aquí a águila pescadora (de nuevo a-g).

Los que gustamos de transitar por las páginas de los vocabularios, estamos ya acostumbrados a este tipo de episodios enojosos, y los aceptamos no de buen grado, pero sí con paciente resignación. Sabemos que esos momentos de fastidio son un precio insignificante por la posibilidad de degustar un prodigio renovado cada vez que nos internamos entre lemas y acepciones. Sabemos que merece la pena padecerlos para, a cambio, poder emprender nuestros “safaris semánticos”, en los que nos enteraremos de que porsiacaso alude en Venezuela y el noroeste de Argentina a una “alforja o saco pequeño en que se llevan provisiones de viaje”, y de que amargón es un disgusto grave en Perú; safaris en los que aprenderemos la diferencia entre marginar y margenar, y la distancia que va del filete al quilete, que es el filete vegetal.

Sabemos también que los diccionarios nos permiten disfrutar de uno de los placeres más refinados que existen, el placer del matiz y de la precisión expresados con palabras. Y por todo ello albergamos una inmensa gratitud hacia quienes los hacen, y no podemos dejar de apreciar el lado poético que hay en su tarea, tal y como lo vió el humorista estadounidense Steven Wright: “When I first read the dictionary”, escribió, “I thought it was a big poem about everything”.

 

 
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