Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 15, 22 de febrero de 2003. Majadahonda (Madrid)

Pasos y palabras

(de viaje por el Camino de la Lengua Castellana)


Victoriano Colodrón Denis
 
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Lengua y camino son realidades que casan bien, que unidas potencian su fertilidad metafórica y despliegan una especial capacidad de sugestión. Cuando leemos o escribimos, seguimos las líneas que dibuja el texto en la página, igual que cuando, al andar, damos un paso detrás de otro. Las lenguas, además, se encuentran, se mezclan y se propagan por los caminos, que son espacios favorables a los contactos entre personas y a los intercambios de cosas y palabras. En concreto, el español –se ha dicho muchas veces- es un idioma de viajeros y emigrantes, forjado y extendido por gentes andarinas, nómadas de buen grado o a la fuerza. Y la lengua puede ser una excusa como otra cualquiera, o mejor, para echarse al camino, para emprender un viaje y disfrutarlo.

Eso es precisamente lo que propone el Camino de la Lengua Castellana, un itinerario de turismo cultural por varios de los lugares que, entre los siglos X y XVII, resultaron determinantes por un motivo u otro en el origen, el desarrollo y el primer lustre literario del español, y que contribuyeron de manera destacada a asentar sus cimientos como idioma de cultura y de comunicación internacional. La idea surgió a finales de 1997, en el gobierno regional de La Rioja, a raíz de la declaración por la UNESCO de los monasterios de Suso y Yuso, en San Millán, como Patrimonio de la Humanidad por su papel en el nacimiento del castellano escrito. Poco después se iniciaron los contactos entre los responsables políticos de varias ciudades y comunidades autónomas para poner en marcha esta iniciativa de promoción turística basada en el atractivo cultural e histórico de la lengua, y se fijaron los hitos que compondrían el recorrido.

Partiendo de San Millán, donde se originaron algunas de las muestras más tempranas de escritura en romance, la ruta del Camino se dirige al monasterio de Santo Domingo de Silos, en la provincia de Burgos, otro de los principales centros de producción escrita del castellano incipiente. Después se encamina a Valladolid, foco difusor del idioma, en torno a cuya Corte se desarrolló una intensa actividad cultural que dio lugar a un modelo de lengua. El hito siguiente es Salamanca, que dio al idioma rango universitario y sustancia humanística, y de cuyas imprentas salió la primera gramática de una lengua europea, la que Antonio de Nebrija le dedicó al castellano. Tras pasar por Ávila, donde Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz desbordaron los límites expresivos de la lengua, el Camino termina en Alcalá de Henares, ciudad natal de Miguel de Cervantes.

Para la gestión del proyecto, en febrero del año 2000 los ayuntamientos y las comunidades autónomas participantes constituyeron, con el apoyo adicional del Ministerio de Cultura, la Fundación Camino de la Lengua Castellana; pronto se obtuvo también el respaldo de otro ministerio, el de economía, a través de la Secretaría General de Turismo; se inició la difusión de la ruta (las agencias de viajes Maravilla Travel y Ultramar Express lo van a incluir entre sus ofertas de paquetes turísticos); se organizaron viajes promocionales para periodistas extranjeros, en colaboración con Turespaña; se creó una página web, se editaron guías y folletos...

Los responsables de la iniciativa pensaron también en su extensión internacional. De ahí que la Fundación del Camino se propusiera enseguida establecer vínculos con la América hispanohablante (organiza ya en Salamanca unos encuentros hispanoamericanos de poesía, y el año pasado llevó a México, al Museo Nacional de las Culturas, una exposición sobre su recorrido) y que trabajara para darle una dimensión europea a la ruta, vinculándola con las líneas de difusión del judeoespañol por varios países del continente, fruto de la dispersión de los sefardíes expulsados de España. Así, el Camino español tendrá una continuación por el Mediterráneo, uniendo las ciudades de Tetuán, Salónica, Sofía, Estambul y Jerusalén, motivo por el cual fue declarado por el Consejo de Europa, el 25 de junio de 2002, Itinerario Cultural Europeo.

Hasta aquí, se puede hablar de un inteligente y bien ejecutado proyecto de explotación económica de ese recurso intangible y prestigioso -aunque no siempre bien conocido ni respetado- que es la lengua española. Una iniciativa, además, basada en precisas consideraciones mercadotécnicas sobre la mejor forma de “diseñar” un “producto turístico-cultural” para suscitar su “demanda” en el “mercado” (los promotores de la idea no evitan este vocabulario), y que sin duda debió de costar no pocos esfuerzos poner en marcha. Tal vez sólo quien sepa de las pejigueras sin fin que comporta en España la firma de un simple convenio entre un ministerio y una comunidad autónoma, podrá ponderar en su justa medida el valor de este Camino como experiencia de cooperación entre distintas administraciones.

El Camino “alternativo”

Ahora bien, ¿no era de esperar que quisieran sumarse a la idea otros pueblos y ciudades con títulos suficientes para albergar esa pretensión? ¿No cabía prever que el éxito de la iniciativa, el prestigio que iba adquiriendo y -por qué no- los beneficios económicos que podía reportarles a los hitos de la ruta, alentarían en otros gobiernos locales y regionales el deseo de integrarse en ella? En realidad, los promotores del Camino sí lo habían previsto, y frente a posibles discrepancias, habían afinado el criterio justificador de su itinerario: el de “enlazar entre sí aquellos lugares en los que escritores e instituciones importantes llevaron a cabo, entre los siglos X y XVII, no antes ni después, una destacada labor en pro del desarrollo, consolidación y proyección de la lengua y la literatura entonces castellanas y después españolas”. Tal vez esto podía descartar a Burgos, pero, aun así, ¿por qué Toledo quedó fuera? ¿Y Sevilla o Madrid? “El Camino de la Lengua Castellana”, escribía en una ocasión uno de sus responsables, “pone en valor, subraya, resalta y presenta seis hitos de entre todos los posibles”.

Todo ello no impidió que el 21 de julio del año pasado, en la sexta edición del Día de las Merindades, celebrado en Villarcayo, el presidente de la asociación de amigos de esa localidad burgalesa, Francisco López Huidobro, afirmara que “la cuna de Castilla coincide con el territorio del nacimiento de la lengua castellana” y que por ello “sería muy justo incluir en el Camino de la Lengua localidades como Valpuesta y Rioseco, ya que el estudio de sus cartularios será cada vez más fundamental para probar que nuestra lengua nació aquí”.

Unos meses después, el 10 de octubre, el filólogo e historiador vallisoletano Jorge María Ribero-Meneses anunció que había “impugnado” el Camino “ante la UNESCO”, por considerar errónea la teoría de que el castellano nació en La Rioja. Para el investigador, que debió de confundir la UNESCO con el Consejo de Europa, el origen de la lengua reside más bien en la cabecera del río Ebro, en tierras de Cantabria, el norte de Burgos y Palencia y el sur de Álava. En apoyo de su tesis, Ribero-Meneses, que tildó de “aberración” al Camino de la Lengua Castellana, adujo la existencia en esa zona de numerosos testimonios escritos del castellano anteriores a las famosas glosas de San Millán.

El filólogo también propuso un trazado alternativo de la ruta, a su juicio “más fiel a los orígenes de nuestra lengua”. Su línea principal uniría Santoña, en Cantabria, con Toledo, y a ella se incorporarían siete ramales procedentes de otros tantos puntos clave del nacimiento del idioma: Oviedo, Ardón (León), Aguilar de Campoo (Palencia), Vitoria, Santo Domingo de Silos (Burgos), Soria y Nájera (La Rioja). Al parecer, el itinierario -una auténtica red de caminos, más que un trayecto único- se complica con tres ramales secundarios, que parten de Santo Toribio de Liébana (Cantabria), San Millán de la Cogolla y Espinosa de los Monteros (Burgos). Otras localidades incluidas en este complejo mapa serían, en Burgos, las de Valpuesta, San Martín de Herrán, Frías, Oña, Briviesca, San Pedro de Arlanza, San Pedro de Cardeña y Aranda de Duero; en las provincias de León y Palencia, Sahagún y Dueñas, además de las capitales; El Burgo de Osma y San Esteban de Gormaz, en Soria; y también Valbuena de Duero, Valladolid, Tordesillas, Toro, Salamanca, Ávila, Segovia y Alcalá de Henares...

Una propuesta con el atractivo y la virtud innegables de dar cabida a muchos parajes y territorios que probablemente desempeñaron un papel esencial en la configuración y la temprana pujanza del romance castellano. Pero también con un pequeño inconveniente, y es que, de querer llevarse a la práctica, resultaría inviable, o al menos mucho más difícil de gestionar y explotar turísticamente que el Camino “oficial”, debido a su extensión y sus ramificaciones y al mayor número de ayuntamientos y comunidades autónomas implicadas. Pero esta objeción no iba a poder ofrecer mucha resistencia ante el potencial intrínseco de la alternativa, ante su fuerza fabulosa (y un punto demagógica): como la ruta planteada dibuja un mapa muy amplio, se multiplican sus posibilidades de captar adhesiones fáciles y entusiastas en pueblos y comarcas tal vez despechados por su ausencia del proyecto inicial. Pueblos y comarcas -y sus políticos- razonablemente deseosos de ver reconocida su participación en la gestación de la lengua, y también de beneficiarse de los réditos económicos que de ello se pudieran derivar. Quien expresara con rotundidad ese reconocimiento, quien lo sustentara con datos y argumentos y exigiera a las autoridades su aceptación, ¿no encontraría un eco inmediato, un apoyo incondicional y hasta ferviente en los lugares afectados?

Eso es lo que empezó a suceder con la tesis de Ribero-Meneses. De nada sirvió que el lingüista riojano Claudio García Turza saliera al paso de sus declaraciones, asegurando que “la producción glosística riojana no admite parangón con [la de] otras regiones” y recordando que, en realidad, desde un punto de vista científico, “las lenguas no nacen en ninguna parte”. La propuesta de aquél pronto empezó a encontrar eco en medios locales. El 5 de diciembre, un noticiero electrónico de San Esteban de Gormaz (Soria) titulaba: “Proponen que San Esteban sea incluida en el Camino de la Lengua”. Días más tarde, el presidente del patronato soriano de turismo y alcalde de El Burgo de Osma, Antonio Pardo, prometía apoyar el trazado alternativo del Camino, por incluir “a Soria en una iniciativa en la que siempre hemos considerado que teníamos que estar, como así lo solicitamos en numerosas ocasiones a la Fundación”. En ese mismo acto, Ribero-Meneses había regalado los oídos de los políticos locales sorianos con una conferencia en la que afirmó que “Soria es una de las provincias [...] que ha jugado un papel fundamental (sic) en la configuración de la lengua, sobre todo en las poblaciones de la Ribera del Duero como El Burgo de Osma y San Esteban de Gormaz”.

Después, ya en el pasado mes de enero, la polémica alcanzó tierras burgalesas: tres ayuntamientos del norte de la provincia, los de Frías, Oña y Valle de Tobalina, reclamaron que se reconociera que el castellano nació en el alto Ebro y se adhirieron al Camino de la Lengua de Ribero-Meneses mediante acuerdos aprobados en los correspondientes plenos municipales. El ayuntamiento de Frías, además de pedir apoyo a la Junta de Castilla y León, aseguró que en la comarca existió “un uso generalizado y documentado de nuestra lengua muy anterior al pretendido nacimiento del castellano en La Rioja”. Por su parte, los concejales de Oña reivindicaron “el reconocimiento oficial de que el nacimiento de la lengua castellana se establezca y mantenga en la propia y actual Castilla”, para lo que demandó el respaldo, no ya de las autoridades regionales, sino “de los organismos nacionales e internacionales” competentes.

¿Y quién es este Jorge María Ribero-Meneses que de tal manera ha conseguido encender algunos ánimos? Un historiador que sostiene, entre otras teorías, la de Los orígenes ibéricos de la Humanidad (título de uno de sus ¡más de 80 libros!); la tesis de que el castellano es autóctono de la Península Ibérica, y no una evolución del latín; o la idea de que el eusquera es “la lengua más antigua y más importante del mundo” y constituye el sustrato lingüístico europeo. Pero, al margen del perfil del “impugnador”, el caso es que su intervención ha conseguido convocar en torno al Camino de la Lengua el fantasma de los agravios comparativos, las pulsiones localistas y la tendencia a la mixtificación pseudocientífica, todo ello revuelto con otros ingredientes más puros, como el amor a la lengua, el cariño por la tierra natal y la búsqueda de la verdad histórica, y también con legítimos intereses materiales, con comprensibles expectativas de beneficios económicos fundadas en un bien compartido, como es el español.

Pero hay que entender que el Camino (que no tiene previsto por el momento ampliar su itinerario, aunque sí integrará, en calidad de puntos de interés”, a varias localidades cercanas a sus seis hitos principales) no es sino una iniciativa de promoción turística conjunta de varias administraciones públicas, y como tal, una convención: la única razón concreta de que pase por los sitios por donde pasa –más allá de sus atractivos y de sus “méritos” en la historia de la lengua-, es la de que fueron sus autoridades, y no las de otros pueblos o regiones, las que se pusieron de acuerdo para practicar este brillante ejercicio de fomento del turismo cultural y de interior.

Lengua y camino van bien juntos

Dejando de lado estas cuestiones, puede decirse que el solo hecho de unir la idea del camino con la de la lengua confiere una fascinación particular al proyecto del que venimos hablando. Porque lengua y camino van bien juntos, tienen un maridaje fácil y fértil, son realidades con una densidad semántica y una potencia metáforica propias que unidas se refuerzan, engendrando nuevas sugestiones y correspondencias. Los caminos son, para empezar, vías de comunicación, igual que las lenguas, y también lugares propicios al intercambio, al encuentro y el trato con personas de otras tierras, y por ello espacios favorables al trasiego de palabras, al enriquecimiento y la mezcla lingüística.

Hablar, leer y escribir, por otra parte, son como caminar, se avanza paso a paso de la misma manera que se pone letra tras letra y que a una palabra le sigue otra palabra; si en el camino hay encrucijadas, atajos y bifurcaciones, o se desdibujan a veces la huella y los márgenes de la pista, tampoco cuando se habla o se escribe se siguen siempre las sendas marcadas; y echarse en un veril a la sombra de un olmo, interrumpiendo la andadura, vendría a ser como el silencio, como dejar pasar el ángel que visita de improviso la conversación o levantar la mirada de la página para degustar, como un eco callado, las palabras recién leídas... Están también los caminantes que pasean hablando y hacen camino al hablar (la charla en movimiento, oxigenada, no puede ser igual que la de gabinete), y ya se sabe que nuestra mejor novela es precisamente eso, una larga ruta dialogada o un coloquio vivo y en marcha: las voces de don Quijote y Sancho hechas uno con el silencio y la soledad del campo -que es donde mejor suena y resuena una lengua- o mezcladas con las de los demás, en el bullicio de las ventas y los mesones del camino.

Quizá no en vano esto es así, porque si lengua y camino, en general, casan bien, su correspondencia resulta aún más apropiada en el caso del español, que es una lengua de caminantes, hecha y extendida por gentes que no se estaban quietas, viajeros y emigrantes, exploradores y colonos, peregrinos y arrieros, corredores de comercio y pastores trashumantes, refugiados y transterrados, fugitivos de mil exilios y persecuciones. Esto sucede también hoy, cuando los emigrantes son -como ha señalado alguna vez Carlos Fuentes- “el agente más eficaz, más numeroso y más vivo” de la lengua y la cultura en español, un idioma que “no sólo viaja en la cabeza de sus pensadores y poetas, también viaja en los pies y las manos de sus trabajadores”.

En un catálogo completo de los posibles motivos para viajar, para lanzarse al camino, no podría faltar la lengua. Entre los casos más obvios estarían los viajes al extranjero para estudiar otro idioma y las encuestas itinerantes de los dialéctologos (recuérdese a ese gran caminante del español que fue don Manuel Alvar). Y si la ruta escogida recorre algunos de los parajes más significativos en el nacimiento y la expansión inicial del castellano, como hace el Camino de la Lengua, mejor que mejor. En ella encontrará el viajero, además de pueblos y ciudades de gran belleza, una ocasión inmejorable para detenerse a considerar cómo un tosco y equívoco romance fronterizo, de guerreros, pastores y comerciantes, llegó a convertise –circulando por nuevas sendas y tras muchas idas y venidas- en la lengua de comunicación de millones de personas.

 

Notas

El sitio web del Camino de la Lengua Castellana está en http://www.caminodelalengua.com

El autor agradece a Doña Laura Malo Garayoa, Coordinadora General de la Fundación Camino de la Lengua Castellana, la respuesta puntual y precisa a todas las preguntas que le formuló para redactar este artículo, así como el envío de guías y folletos del Camino, y de un ejemplar del primer número de su revista, publicado en el año 2001, de donde se han extraído algunas de las citas aquí reproducidas. Otras proceden de distintas noticias de prensa, entre otras:

. “Día de las Merindades. Amigos de Villarcayo reivindica la comarca como cuna del castellano”, 22 de julio de 2002. En http://www.villarcayo.net

. “El filólogo Jorge María Ribero impugna ante la Unesco la Ruta del Castellano por su origen en La Rioja”. En larioja.com, 11 de octubre de 2002, http://servicios.larioja.com/pg021011/prensa/noticias/Cultura/200210/11/RIO-CUL-079.html

. “García Turza desacredita la teoría de que el castellano no nació en La Rioja”. En larioja.com, 12 de octubre de 2002, http://servicios.larioja.com/pg021012/prensa/noticias/Cultura/200210/12/RIO-CUL-076.html

. “Proponen que San Esteban sea incluida en el Camino de la Lengua”. En Noticia San Esteban de Gormaz, 5 de diciembre de 2002, http://www.sanesteban.com/html/asp/noticia.asp?Id=457

. “Tres ayuntamientos reclaman el nacimiento del castellano en el alto Ebro”. En Wanadoo Actualidad (de un despacho de la Agencia EFE), 30 de enero de 2003, http://actualidad.wanadoo.es/noticias/83508_pr.html

La información sobre Ribero-Meneses se ha extraído, entre otras fuentes, de “El castellano: la lengua de la Keltiberia” (http://usuarios.maptel.es/eirik/iberos2.htm) y de “Los íberos, cuna de la humanidad” (http://www.historia-antigua.com/docs/atlantida/iberos.html).


 
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