Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 14, 25 de enero de 2003. Majadahonda (Madrid)

Andrea, estudiante de español


Victoriano Colodrón Denis
 
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A Andrea, que es de Washington, le gustaría hablar tan bien el español que la tomaran por nativa... en todos los países hispanohablantes. “Me encantaría dominar todas las variedades de la lengua. Así, en cada país americano podría cambiar de dialecto para que siempre me creyeran del lugar y nadie se diera cuenta de que soy extranjera”. Le digo a Andrea que es demasiado ambiciosa y la acuso de perfeccionista, pero me callo que a mí me gustaría lo mismo. Lo que pasa es que, en relación con el inglés, yo me conformo ya -y así se lo explico- con entender y hacerme entender, que no me parece poco. Claro que yo no tengo la energía y la vitalidad de esta chica, ni sus veintiún años (“bueno, ya casi veintidós”, le gusta precisar, pero para su cumpleaños faltan todavía más de seis meses).

Andrea sueña con viajar a todos los países hispanoamericanos. Ya conoce un poco México y algo mejor la República Dominicana, donde estudió un semestre en la Pucamayma de Santiago, es decir, la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Si le dieran a elegir, creo que empezaría sus viajes por Argentina. “Es que me encanta el acento que tienen”, me confiesa, “voy a menudo a un bar de argentinos, cerca de la plaza de Olavide, sólo por oírles hablar”. Por eso no me extraña que en otra conversación me describa a su hermana llamándola petisa, ni que se apunte entusiasmada a ir al teatro a ver la versión de Arte, de Yasmina Reza, que Ricardo Darín ha traído de Buenos Aires a Madrid.

Dejando de lado la cuestión de las variedades, Andrea parece obsesionada por el deseo de mejorar su español, y no hace caso de lo que le digo: que todos sus alumnos nos contentaríamos con hablar el inglés la mitad de bien de lo que ella habla nuestro idioma (que ya no es menos suyo). Pero Andrea insiste, se lamenta de que su castellano está empeorando desde que se dedica a dar clases de inglés, se desespera cuando después de pasar las navidades en casa vuelve a Madrid y se da cuenta de que ha perdido fluidez... Y cuando le hablo de un seminario que acaba de convocar la Fundación Ortega y Gasset, y que pienso que le puede interesar, me responde: “Es que esos cursos para extranjeros... ¡Tantos guiris juntos...! ¡Qué patético, todos hablando español con nuestro acento penoso! Pensar que yo también lo pronuncio así me deprime. Ya bastante tengo con oírme a mí misma cuando hablo”.

Andrea, que terminó hace poco sus majors en Latinamerican studies y en Spanish literature, no sabe aún qué hará el próximo curso. ¿Volver a Estados Unidos, a empezar el doctorado en Berkeley? Tal vez podría irse a Francia para trabajar como lectora de inglés. Pero también le gustaría quedarse en España, y por eso ha buscado información sobre un máster de estudios latinoamericanos en Barcelona. En cualquier caso, no continuará con las clases particulares. Andrea tiene tantos proyectos, son tantas las opciones... A veces pienso que le gustaría vivir varias vidas para poder hacer todo lo que quiere. Pero no vidas sucesivas, sino simultáneas, porque se trata de ganar en intensidad, no en extensión: es ahora cuando está deseando viajar por Europa, seguir conociendo gente, estudiar lingüística, leer y escribir...

Un día me anuncia que lo tiene casi decidido: pasará un año en Francia y aprenderá bien francés. “Para mí, estudiar otro idioma significa la posibilidad de comunicarme con todas las personas que lo hablan. Si no hubiera aprendido español, ahora no podría comunicarme con mi tío de Cuba -nos escribimos por correo electrónico-, porque su inglés la verdad es que no es muy bueno”. En una ocasión, Andrea leyó una carta en ese idioma que su tío le había enviado a su madre, y se dio cuenta de que no era lo mismo, de que allí no había la misma calidad de comunicación que ella disfrutaba con él en su lengua. “Mi madre no va a poder tener con él la misma relación que tengo yo, es imposible. A no ser que se pusiera a estudiarlo ahora...”. Pero por el gesto de escepticismo con el que cierra la frase, creo que lo ve poco probable. Aunque su abuela materna es cubana, su madre nunca aprendió español. “¿No te parece curioso que ahora tú puedas charlar con tu abuela en su idioma? ¿A tú madre no le da rabia no entenderos?”, le pregunto a Andrea. El caso es que a la abuela a veces le falla la memoria y no se acuerda de palabras que la nieta sí conoce. “Está perdiéndolo”, me explica con pena, “ahora casi lo hablo yo mejor que ella”.

A los diez u once años, a Andrea la matricularon en un curso de español que se impartía en su colegio como actividad extraescolar. Pienso que tal vez su madre no quiso que perdiera una lengua que ella misma no había adquirido, y al inscribirla en ese curso pretendía legarle un bien que sentía como propio aunque en realidad no lo poseyera, una herencia de familia que nunca había disfrutado. Como si intentara no interrumpir el proceso “natural” de transmisión de la lengua entre generaciones, aun asumiendo que se había saltado la suya. Cuando me atrevo a exponerle a Andrea estas conjeturas, para mi sorpresa no se ríe ni me desmiente. “Puede ser...”, concede, aunque creo que sin mucha convicción, y de hecho, tras un breve silencio añade: “Bueno, me apuntaron a español también porque es cada vez más importante en el currículum, para la carrera profesional...”. Luego, con una segunda pausa por medio, remata: “Para que veas que lo de haberme dedicado al español en realidad no tiene mucho que ver con la familia, fíjate en que siendo medio cubana y medio alemana (por parte de padre), nunca he pensado en estudiar alemán”.

A Andrea –que es morena y petisa, con el pelo negro, los ojos oscuros muy grandes y la sonrisa franca- le gusta seguir el hilo y contar las cosas por orden, pero también atender a las posibles ramificaciones del relato. Como en todo, también a la hora de narrar es disciplinada y al mismo tiempo se siente atraída por el encanto del desorden y la espontaneidad. Diríase que le deslumbra la claridad de la razón, pero también le fascina la fuerza del sentimiento; degusta el placer de avanzar por un camino cierto, de meta sabida, y se deja tentar por el placer imprevisto de los desvíos que no conoce.

Andrea lleva unos días rumiando sus planes para el próximo curso. El proyecto de Francia pierde consistencia; en su lugar, parece decidido que el año que viene irá a Berkeley. “Si me dan la misma beca que me ofrecieron el año pasado, seguramente empezaré el doctorado en California”. Tal vez se dedique a cuestiones de lingüística aplicada; también le interesa todo lo que tiene que ver con la lengua española y los hispanos en Estados Unidos. Ahora bien, lo que tiene claro que no le gusta es la disección analítica de obras literarias que se practica en el mundo académico: “Es que cuando me gusta una novela, quiero disfrutarla y basta; no quiero tener que hurgar en ella hasta destriparla para dejar a la luz el mecanismo que tiene dentro y que la hace funcionar”, me explica, resoluta y con la mirada brillante.

Volviendo a su historia de estudiante, dice Andrea que en su high school no aprendió casi nada de español. “No te puedes imaginar qué mal se enseñan allí las lenguas extranjeras. De verdad, es ridículo, parece un chiste. Las clases se dedicaban muchas veces a actividades lúdicas: ‘hoy vamos a cocinar un platillo mexicano...’, no se aprendía nada. Además, hasta que llegué a la Universidad no tuve ningún profesor de español que fuera hispanohablante nativo”. Andrea se indigna con estos recuerdos. “Aquí en España creo que está mejorando mucho la enseñanza de lenguas extranjeras, pero es que allí es terrible, de verdad, no te lo puedes imaginar”.

Cuando tenía quince años, vino por primera vez a España, a una estancia lingüística en Segovia que organiza cada verano un high school de Washington, no el suyo, sino otro, uno muy selecto al que van hijos de senadores y gente así. “Ahí sí que aprendí mucho. Y me enamoré del español”. De vuelta a casa, se puso a estudiarlo con ahínco. Durante dos años atravesó todos los días la ciudad, al terminar su jornada en el instituto, para asistir a su clase favorita. “Cuando me ponía a hacer los deberes”, me cuenta, “siempre dejaba los de español para el final, porque si empezaba por ellos corría el riesgo de no terminar los demás: podía pasarme horas buscando cada palabra que no sabía, lo apuntaba todo, devoraba cualquier cosa que cayera en mis manos sobre los países hispanoamericanos, su política, su cultura..., leía El País casi a diario por Internet...”

Siempre sonriente y con el sentido del humor a punto, Andrea parece dotada, al mismo tiempo, de esa clase particular de seriedad que tal vez sólo es posible cuando se acaba de entrar en los veinte. En cualquier caso, ofrece el espectáculo fascinante de una inteligencia joven en plena ebullición, con un sesgo de madurez sorprendente y una capacidad de entusiasmo que se derrama a diario en todo lo que la rodea, que no es posible ceñir a un solo objeto.

Andrea sigue indecisa. “Todavía no sé qué voy a hacer el curso que viene”, me dice ahora. Sí, la opción de Berkeley parece la más probable, pero... ¡volver a Estados Unidos!: no sabe si aguantará a sus compatriotas... Lleva seis años viviendo casi sólo en español (hasta escribe sus diarios en este idioma, desde su semestre en la República Dominicana), y le pasa lo que a otras chicas de su país que ha conocido en Madrid, que se han dado cuenta de que ya no son puras gringas aunque tampoco son españolas, claro, y a veces tienen la sensación de estar a caballo entre dos lenguas, entre dos mundos, y de no pertenecer del todo a ninguno de ellos. No, no la veo con ganas de volver a Estados Unidos. Además, ahora que acaban de concederle la nacionalidad alemana (“Big news, guys: I’m German!!!”, nos anunció hace unos días, con su gran sonrisa, blandiendo un papel ante nuestros ojos), ahora que también es alemana y no tendría problemas para moverse por Europa, vuelve a pensar en conocer otros países. “¡Podría pedir una beca Erasmus!”.

El próximo curso –al menos eso parece claro-, Andrea no estará ya en Madrid, aunque pienso que, vaya donde vaya, de una u otra manera, seguirá aprendiendo español. “A lo mejor en Berkeley”, le digo, “lo practicas más que este último año aquí”. Ella me escucha pensativa y responde: “Puede ser, porque desde que me dedico a dar clases de inglés, mi español está cada vez peor, ¡y me da una rabia...! Lo que me encantaría sería hablarlo tan bien que en ningún lado se dieran cuenta de que soy una guiri, viajar por América Latina y pronunciarlo en cada país con su acento propio, para que siempre me tomaran por nativa...”

 
 
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