Cuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

n. 13, 16 de diciembre de 2002. Majadahonda (Madrid)

Álex Grijelmo o el placer de las palabras

(entrevista en exclusiva con el autor de Defensa apasionada del idioma español)


Victoriano Colodrón Denis
 
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. “Decidí a los 13 años que sería periodista”.
(Magia y precisión de la lengua)

. “Aprendo mucho español cuando viajo a América”.
(Grijelmo, disfrutón del idioma)

. “Estoy enamorado de mi profesión, y el periodismo tiene como materia prima las palabras”.
(Escritura, oficio y pasión. Y la Academia...)


“Decidí a los 13 años que sería periodista”.
(Magia y precisión de la lengua)

En los últimos años, el periodista español Álex Grijelmo (Burgos, 1956) ha publicado tres libros imprescindibles para los aficionados y los profesionales del idioma. Tres libros de lectura obligada para quienes, como él, trabajan con la lengua, buscan conocerla y emplearla mejor, la sienten como una íntima posesión gozosamente compartida con millones de personas, o se recrean en sus formas, sus acentos y su latido plural. En ellos -en El estilo del periodista, Defensa apasionada del idioma español y La seducción de las palabras-, Grijelmo se ha revelado como un enamorado del español con conocimiento de causa, capaz de aunar inteligencia y sentimiento, pasión y saber, el gusto por el rigor y la propiedad lingüística y una vocación irrenunciable de disfrute con las cosas del idioma. Con la magia y la precisión de las palabras.

Todo ello queda también de manifiesto en esta entrevista, que Grijelmo –asiduo ya de Cuaderno de lengua*- atendió la semana pasada por correo electrónico y en una breve charla en su despacho de Prisa Internacional, en Madrid. En ella evoca el inicio de su relación con la palabra, revela sus preferencias en materia de literatura y periodismo y asegura que el español será el idioma del siglo XXI.

Si pasamos un día envueltos en palabras como problemática, indicador y optimización, y al día siguiente decimos, oímos decir, leemos o escribimos alcuza, páramo, tahona y fresno...
El primero de esos días es frío, no tenemos dónde guarecernos y además carecemos de abrigo. El segundo es cálido aunque tengamos frío.

¿Qué palabras tienen para ti un especial sabor a infancia, a familia, a tu tierra de Burgos?
¡Scalextric! Ésa sí era una palabra mágica. Deseaba un scalextric con todas mis fuerzas. Pero nunca lo tuve. La palabra me parecía tan enrevesada que podía imaginarme dentro de ella la autopista enredada por la que corrían los coches en miniatura. Después me regalaron por Reyes un “Strombecker”, pero no era lo mismo: terminé usando la carretera de plástico del “Strombecker” para organizar carreras de ciclistas... Después, por cierto, escribía la crónica de las carreras emulando a Simón Rufo, que era el periodista del As que hacía las crónicas de ciclismo. Otras palabras de mi infancia son “merengues” (los de la confitería Ibáñez, por supuesto) y “petisús” (en este caso los de Loste). De pequeño me entusiasmaban los merengues, y ahora soy del Real Madrid. A lo mejor la conexión sentimental está en la palabra.

¿Hay algún topónimo por el que sientas un cariño especial o que te parezca particularmente sonoro o evocador?
Me gustan mucho Entrambasaguas (creo que en Cantabria), Castronuño (Valladolid) y Cardeñajimeno y Quintanamartingalíndez (Burgos). Y también Entrambasmestas, pero no recuerdo ahora en qué provincia está. Me van los nombres largos y compuestos. Curiosamente, en Madrid viví muchos años en la calle de Oña (que es un pueblo de Burgos) y en la calle de Caleruega (que es otro), casi esquina con Condado de Treviño. No hay muchos pueblos burgaleses en el callejero de Madrid, pero yo parezco buscarlos todos para vivir en ellos.

“Ternura”, “susurro” y “ultramarinos”: esta fue tu respuesta cuando, hace un año, El Día de Valladolid os preguntó a cien autores de Castilla y León por vuestras tres palabras favoritas. ¿Por qué “ultramarinos”? ¿Qué sugerencias o evocaciones despierta en ti esta palabra, que también eligió en esa encuesta Andrés Trapiello?
Sí, fue curiosa esa coincidencia. No conozco a Andrés, pero un día me gustaría comentarlo con él. Yo veía algo mágico en la tienda “Ultramarinos Casado” cuando acompañaba a mi madre a hacer la compra. Allí se apilaban las mágicas cartillas “Spar” donde ella pegaba los puntos que luego permitían obtener maravillosos regalos... para mí; y los botes de Cola-cao, y los de Cafés La Estrella, que nunca me compraba a pesar del anuncio tan divertido que ponían en la tele (ella sólo compraba Eko). Y otras muchas marcas que aún no salían por aquella pantalla de 19 pulgadas en blanco y negro. Me gustó la palabra ultra-marinos porque se suponía que todo aquello llegaba del otro lado del océano, tan lejano y desconocido para mí. Ahora han desaparecido las tiendas de ultramarinos, y a nadie le parece mágico que algo llegue del otro lado del mar. Se llaman ya “hipermercado” o “autoservicio”. Pero todavía quedan algunos ultramarinos. Hace poco vi ese rótulo en México y me pareció maravilloso: descubrí que también nosotros tuvimos algo que exportar.

¿Qué otras palabras tuviste que descartar para responder esa encuesta?
Descarté “palabra” y “caricia”. En una selección previa más amplia también incluí “mirada”.

¿Cuándo caíste rendido ante la seducción de las palabras? ¿Fue primero el interés por el periodismo?
Decidí a los 13 años que sería periodista, y a los 16 ya estaba escribiendo en La Voz de Castilla, de Burgos, gracias a que me dio trabajo José Apezarena, ahora director de informativos en la COPE. Así que mi relación con la palabra es tan temprana que casi no recuerdo nada. En tercero de bachillerato, con 14 años, hacía una revista para los compañeros de la clase, con dos amigos más. Rellenábamos un cuaderno con fotos pegadas, artículos, chistes, historietas narradas, entrevistas a personajes del colegio... y la crónica del partido del Burgos del domingo anterior, de la que me encargaba yo siempre porque para eso iba al fútbol con mi padre. Al principio la escribíamos a mano, pero luego aprendimos a mecanografiar los textos. Alquilábamos el ejemplar a una peseta a cada compañero, lo íbamos rotando y nos sacábamos unas 20 pesetas a la semana. Eso era un dineral.

¿Hay algún antecedente familiar, algún profesor al que recuerdes especialmente por su capacidad para transmitirte el amor por el idioma, por la lectura...?
Ya entonces me influía mucho mi profesor de lengua, don Luis Munguía. Para mi decepción, hace un par de años lo encontré y le comenté que había aprendido mucho con él, pero ni le dio mayor importancia ni pareció recordar ningún interés especial por mi parte hacia su asignatura. En mi familia no supe de nadie que se ocupara de las palabras... Hasta que conocí la historia de un tal Domingo Grijelmo que viajó a México en el siglo XVIII y ejerció como periodista. Más tarde sabría que la famosa imprenta Grijelmo, de Bilbao, propiedad de un primo lejano de mi padre al que nunca conocí, fue fundada por otro Grijelmo como parte de un periódico donde se contaban las entradas y salidas del puerto.

De La Voz de Castilla, Álex Grijelmo pasó a la agencia de noticias Europa Press. En 1983 entró a formar parte de la redacción de El País, de cuyo Libro de estilo es coautor, y en el que trabajó dieciséis años, diez de ellos como redactor jefe. Tras dejar el periódico, se encargó de la dirección editorial de los diarios locales, regionales y latinoamericanos del grupo Prisa, y desde mayo de este año ocupa, en su división internacional, la dirección general de Contenidos, responsable de la coordinación de los medios que tiene en América este grupo de comunicación.

“Aprendo mucho español cuando viajo a América”.
(Grijelmo, disfrutón del idioma)

El periodista es cordial, cálido y decidor, pero sin riesgo de empalago. Parece gozar de una especial facilidad para el entusiasmo, de una jovialidad contagiosa, y tiene la risa y la sonrisa siempre a punto, como floraciones de un sentido del humor que no excluye la agudeza del análisis o unas gotas de buen acíbar crítico, cuando toca. Un sentido del humor compatible con la seriedad... con la que deben jugarse ciertos juegos, como los del lenguaje. Porque Grijelmo es un disfrutón del español, un degustador de las palabras, un “beodo del idioma” (Azorín) que se recrea en todas sus expresiones y variedades, y en las diferentes circunstancias en las que se puede apreciar, ya sea en la conversación amistosa, en la lectura de unas páginas queridas o encarnado en una voz con fondo de música.

¿Con qué escritores disfrutas más por su dominio del idioma? ¿Qué libros recomendarías por la belleza o la propiedad de su español a un amante de la lengua?
Miguel Delibes y Gabriel García Márquez, por ese orden. En aquella encuesta de El Día de Valladolid voté como mis tres novelas favoritas El amor en los tiempos del cólera, Los santos inocentes y San Camilo (de Cela). Entre los más jóvenes que ellos, Juan José Millás me parece un genio. En poesía, adoro a Gabriel Celaya. Y a Francisco Pino. Y a un poeta maravilloso de las letras y de la vida que se llama Tino Barriuso. En cuanto al ensayo, tengo el punto de mira muy desviado hacia la historia de la lengua, la sociolingüística, la psicolingüística, la comunicación social y el periodismo... no soy nada de fiar. Citaré a Eugenio Coseriu, Walter Porzig, Gerry T. M. Altmann, Fernando Lázaro, Rafael Cadenas, Humberto López Morales, Manuel Alvar, Emilio Lorenzo... Y para quienes se están creyendo esa historia falsa de las lenguas que construyen cada día ciertas autoridades autonómicas y los profesores controlados por ellas, recomendaría leer a Rafael Lapesa, a Juan Ramón Lodares, a Antonio Alatorre...

Si tuvieras que destacar a algún periodista que escriba en español –aquí o en América- por su destreza a la hora de sacarle partido a los recursos expresivos de la lengua...
Destacaría a Joaquín Vidal, que nos acaba de dejar. Sin duda. Y a Juanjo Millás, tanto en sus columnas como en sus reportajes. De los reporteros que escriben ahora en los diarios, hay dos por encima de todos en el universo mundo de habla hispana: Francisco Peregil y Pablo Ordaz. Y también Santiago Segurola, el mejor cronista deportivo del idioma español.

¿Hay algún diario o revista del ámbito del español que consideres que sobresale por su corrección lingüística?
Todos los citados escriben en El País, así que la conclusión general parece clara. Sin embargo, el periódico está lleno de amaneramientos, defectos de lenguaje y de titulación, extranjerismos, clonaciones del inglés, errores de puntuación... Lo que pasa es que los demás aún están peor. Conozco muchos diarios de América también, y el mal se ha extendido por igual. En México, me gustan las columnas de Germán Dehesa.

Háblame también de tus preferencias por lo que se refiere al español... cantado. ¿Qué cantantes crees que dicen bien la lengua, hasta el punto de hacer patente -audible- su belleza?
En España se está perdiendo mucho la prosodia, tanto en locutores y presentadores como en los actores y cantantes. “Hastao muy bien lo cabís cantao ahora”, les decía hace poco el presentador de Operación Triunfo a los muchachos que acababan de actuar, y lo decía tapándose media boca con la mano, en un gesto de muy poca profesionalidad en el que cae con frecuencia. Pero respondo: Alberto Cortez, Facundo Cabral... y casi todos los cantautores latinoamericanos. Y por supuesto, Marcos Mundstock, el portavoz de Les Luthiers.

Lenguaje y música, gramática y solfeo, frases y melodías, palabras y acordes... Con cierta frecuencia has recurrido a esta comparación. ¿La música y la lengua son para ti aficiones o placeres paralelos?
Son placeres que se cruzan, no son paralelos. Las palabras tienen música, y las canciones tienen letra. Es una de mis mayores aficiones, y formo parte de un grupo de música tradicional castellana con unos amigos de Burgos, el grupo Orégano. Hemos grabado dos discos, hace años. Entonces recogíamos por los pueblos canciones a punto de perderse. También componemos letras y músicas nuestras, basadas en ritmos tradicionales castellanos. El grupo se formó en 1977, y aún seguimos los siete fundadores. Estamos preparando ahora un disco con músicas nuestras sobre textos de poetas castellanos.

¿Eres de los que se recrean oyendo hablar a un ecuatoriano o a un uruguayo, a un mexicano o a un colombiano, sólo por el gusto de apreciar sus acentos, su forma particular de emplear la lengua común?
¡Por supuesto! Estoy de acuerdo en que la lengua española es la suma de todas las maneras de hablarla. El acento de un ecuatoriano también es mío, lo quiero heredar como heredo toda la cultura literaria y vital de Latinoamérica. Siempre digo que aprendo mucho español cuando viajo a América. Y ahora estoy aprendiendo mucho, porque voy con frecuencia por razón de mi trabajo: paso en América una semana de cada mes.

Alguna vez has dicho que te encantan las peculiaridades mexicanas, especialmente sus neologismos. ¿Qué variedades americanas del idioma prefieres?, ¿con cuáles disfrutas más?
Los mexicanos tienen una gracia especial. Son los sevillanos de Latinoamérica. Los adoro. La primera vez que me dijeron “¿qué hubo, buey?” casi me muero de risa. Pero a la vez tienen palabras tan tiernas como “apapachar” o “achicopalarse”; y tan descriptivas y divertidas como “mi pioresnada” para referirse al novio.

Y en España...
Me gustan todos los acentos, incluido el de los catalanes cuando hablan español, que a tanta gente desagrada, pero mi preferido quizá sea el acento canario. Claro que el habla que siento más cercana, por ser la mía, es la de mi tierra, la de Burgos y Castilla.

“Estoy enamorado de mi profesión, y el periodismo tiene como materia prima las palabras”.
(Escritura, oficio y pasión)

Cuando le menciono el éxito que están teniendo sus libros, Álex me cuenta que, además de las reimpresiones españolas y de las ediciones de bolsillo, Defensa apasionada... y La seducción... acaban de imprimirse también en México para atender la demanda que hay en ese país sin tener que llevar ejemplares de España: y es que parece que allí se están vendiendo “como pan caliente”. Pero lo que más le emociona es que El estilo del periodista se use como libro de texto en casi todas las facultades de periodismo españolas e hispanoamericanas.

¿Estás preparando algún nuevo libro?
Estoy ordenando y ampliando unos textos que he publicado durante dos años en varios periódicos regionales. Llevaban por epígrafe La punta de la lengua. Y así se llamará el libro. Son comentarios divertidos (o eso pretendí) sobre diversos errores habituales en el lenguaje de los medios de comunicación. Tengo en la cabeza otro ensayo sobre lenguaje, pero no me atrevo todavía a contar nada porque no estoy seguro de que pueda hacerlo realidad. Debo madurarlo.

El gusto por narrar historias propio de tantos periodistas y el amor por la lengua ¿te han llevado alguna vez a intentar el paso a la literatura, a escribir relatos, poesía...?
He escrito mucha poesía. La sigo escribiendo, pero la escondo. A decir verdad, algún poema mío está en algún cajón ajeno... legítimamente. Pero nunca guardé copia. He empezado una novela, y hace meses que no paso del segundo capítulo. Tengo por delante, en la sala de espera, los dos libros sobre lenguaje a los que me he referido antes. Pero no doy abasto.

“No doy abasto”, repite Grijelmo en la conversación que mantenemos en su despacho de la Gran Vía madrileña, justo enfrente de la Casa del Libro. Cada vez tiene menos tiempo para participar en jornadas, cursos o seminarios, aunque en las próximas semanas volverá a colaborar con la escuela iberoamericana de periodismo de García Márquez. Su cargo, de nueva creación, le exige un seguimiento continuo de los medios del grupo Prisa en Chile, México, Bolivia...: son diarios y revistas, emisoras de radio y cadenas de televisión. Además, están los frecuentes viajes... “La dirección general de Contenidos”, me explica, “debe procurar que haya una coherencia de estilo entre todos esos medios, buscar entre ellos sinergias, promover productos comunes... Ahora estamos preparando tres nuevas cadenas de radio panamericanas”.

Se le ve ilusionado con su nuevo trabajo, como también lo está con la carta que acaba de recibir de Chile: en ella, un profesor universitario le cuenta que recomienda a sus alumnos El estilo del periodista, y le adjunta un libro suyo que ha mandado encuadernar en tapa dura con esta leyenda: “Ejemplar exclusivo para Álex Grijelmo”. No son pocos los que le consideran un maestro, y muchos se refieren a él de esa manera. Pero alguna vez ha reclamado para sí otra estimación, con cita de Pedro Salinas: “Mis títulos no son de sabio, son de enamorado”.

Haro Tecglen dijo de ti: “Cuando tenga setenta u ochenta años será académico”, y Raúl del Pozo escribió: “Álex Grijelmo, que ya debería ser académico...” ¿Te ves en la Academia algún día?
Cuando me preguntan eso, suelo decir: “Yo ya he entrado en la Academia. Lo malo es que salí dos horas después”. He estado alguna vez allí, charlando con Fernando Lázaro, antes, o con Víctor García de la Concha, ahora. Pero siempre he salido luego. Es la diferencia entre “entrar” e “ingresar”, claro. Pero el diccionario no parece reconocerla, por cierto, porque dice que “ingresar” es “entrar en un lugar” (como si fuera lo mismo ingresar en un hospital que entrar en él). Se me ocurren muchísimos nombres antes que el mío para ingresar en la Academia. Es verdad que apenas hay periodistas (sólo Cebrián y Anson), lo cual resulta paradójico teniendo en cuenta que la Academia se fija tanto en el lenguaje periodístico (sobre todo en el malo, que va incorporando al diccionario, lamentablemente). A mí me gustaría ver en la Academia a Eduardo Haro, a Raúl del Pozo (y no es porque los hayas citado en relación con esto), me habría gustado ver a Joaquín Vidal... Sí creo que hacen falta periodistas ahí. Y claro, también desearía que estuviera Juanjo Millás, por no hablar de Javier Marías o Manuel Rivas o Gustavo Martín Garzo... Y, por su obra, debiera estar Umbral, pero la verdad es que no parecen apreciarle mucho los académicos como compañero de mesa. A algunos de ellos los ha insultado, y eso tiene sus consecuencias.

En tu relación con el idioma tal vez no sea posible separar la consideración profesional del apasionamiento del enamorado...
Todo lo que hago profesionalmente lo hago también con las tripas. No sé separar mis oficios de mis aficiones. Estoy enamorado de mi profesión, y el periodismo tiene como materia prima las palabras. Hasta me aproveché de mi pasión por el fútbol cuando fui redactor jefe de Deportes en El País, o cuando empecé en La Voz de Castilla con José Manuel Páramo como jefe. La única pasión de la que no he sacado provecho profesional ha sido la música: pero me conformo con recordar que se liga mucho, después de cada actuación.

Para terminar, le pido a Álex Grijelmo que describa el idioma español de acuerdo con su historia, su léxico y su fonética, su situación internacional... y también la percepción personal que tenga de él. ¿Cómo es el español? “Rico, matizado, musical, profundo, histórico, claro, sentimental, oloroso, hermoso, resonante”, responde. “Y lanzado hacia el futuro”, añade enseguida. “El español será el idioma del siglo XXI”.

 

Nota

* . en “Lengua y periodismo” (Cuaderno de lengua, n.º 8, 15 de junio de 2002), intervención de Grijelmo en la presentación del Libro de estilo de El País: http://cuadernodelengua.com/cuaderno8.htm

. en “Una mañana en la Real Academia” (Cuaderno de lengua, n.º 9, 7 de agosto de 2002), referencia al artículo de Grijelmo sobre la última edición del Diccionario de la Academia: http://cuadernodelengua.com/cuaderno7.htm

. en “Diario de Valladolid” (Cuaderno de lengua, n.º 3, 11 de noviembre de 2001), reencuentro con Álex Grijelmo en Valladolid, en el II Congreso Internacional de la Lengua Española, y la historia de un viaje a Cartagena de Indias: http://cuadernodelengua.com/cuaderno3-17.htm y http://cuadernodelengua.com/cuaderno3-18.htm

. y una cita de La seducción de las palabras en “Verano del español” (Cuaderno de lengua, n.º 2, 10 de septiembre de 2001): http://cuadernodelengua.com/cuaderno2.htm

 
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